viernes, 26 de agosto de 2011

Piso arbustivo not found (Actualizado)

Aviso: esta entrada se me ha descolocado un poco, no sé cómo arreglarlo, pero intentaré hacerlo lo antes posible. Recomiendo no leerla xD


Durante la segunda mitad del siglo XX, son conocidos los intentos repoblacionales de bosques de coníferas en la mayor parte de España. La provincia de Albacete no se quedaría atrás: en las estribaciones del sur de la Cordillera de Montearagón, al lado de Chinchilla, hicieron una replantación con cientos de pinos carrascos (Pinus halepensis). Esta repoblación ocupa las zonas comprendidas entre el Cerro de San Cristóbal y El Morrón, pasando también por el Alto de la Almazara y extendiéndose hacia el Norte. El pino carrasco es un pino mediterráneo muy resistente a las sequías y a las heladas (cuando se acostumbran, claro está) que se adapta en seguida y que tiene muchas propiedades: su corteza se utiliza para curtir pieles, la resina se utiliza para hacer aceites y la madera, aun siendo de baja calidad, se utiliza para construir muebles.
Antes de la replantación, el cerro debió ser un erial pedregoso, tal y como demuestran varios grabados antiguos, pero se supone que en una época muy antigua, debió estar cubierta por masas boscosas, aunque la memoria del hombre lo haya olvidado. Si observamos el siguiente grabado del siglo XIX, que representa una "vista en Real segun el Plan Geometrico dela Ciudad y Castillo de Chinchilla por la parte del Mediodia" y "por la parte del Norte", y hacemos caso al dibujante decimonónico, tampoco habría arboledas hace más de cien años en el Cerro de San Cristóbal:
30 de Mayo de 1811

 
La zona de la que hablamos en esta entrada, en una fotografía de antes de 1975 (teniendo en cuenta que la antena no está) desde Chinchilla.
La antena, recién construida en 1975, sobe el Cerro de San Cristóbal. Nótese el tamaño de los pinos.

Vista aérea de la zona en la actualidad. Se observa parte de Chinchilla en la parte inferior de la foto, que corresponde a la zona oeste. A los pies del cerro (parte inferior de la foto), se observa el destrozo de la Rambla del Cañaveral.


Vista actual del Alto de Almazara desde el castillo.

El Cerro de San Cristóbal, en Invierno (antes del destrozo de la Rambla del Cañaveral). Foto obtenida del Rincón Manchego

Un amigo del pueblo me mostró, hace unos meses, un gran enebro de la miera (Juniperus oxycedrus) con sus característicos frutos globosos de color rojo oscuro, en una zona alta del cerro, casi en la cumbre, escondido en un roquedo anaranjado. Este gran enebro, algo achaparrado, es el Enebro número 1. No sabemos cómo llegó allí, tal vez ya estaba antes de la replantación de pinos, o quizás fuese un sobreviviente de la época en que había más árboles en la zona, cientos de años atrás.    Como en muchos de los bosques replantados con coníferas en el siglo XX, tampoco en este cerro se ocuparon de añadir un piso arbustivo que completase el ecosistema, lo cual generaría alimento para gran variedad de seres, en especial aves. Hoy, existen hierbas primaverales y otoñales, y hasta hace poco tiempo no encontrábamos otra especie arbórea que el pino carrasco. No se plantaron encinas, tan típicas de la zona; los olmos, muy abundantes en los llanos, no han conseguido conquistar las alturas, que, en el punto más alto de la zona, llegan a los 900 m.; y nada de romeros ni retamas. Por el contrario, hay tomillos, espliego, hierbas como el té de roca (Jasonia glutinosa), de pegajosas hojas y aromáticos tallos; semiarbustos, como el Phlomis lychnitis, de velludas hojillas alargadas, y muchos cardos (Onopordum acanthum, Eryngium campestre). Sin embargo, en algunas laderas oscuras crecen coscojas (Quercus coccifera) muy pegadas a los troncos de algunos pinos. Todavía no producen bellotas y tienen una altura de un metro y medio aproximadamente todas ellas. La primera vez que las vi, me llamó la atención lo pegadas que estaban a los ahumados troncos de los pinos.

Gálbulos de enebro de la miera (Juniperus oxycedrus)
A partir de ahí, encontré otros enebros, mucho más pequeños y que aún no han alcanzado la edad suficiente para empezar a fructificar. Observando con más calma, al inicio de uno de los senderos más transitados por los paseantes, descubrí un pequeño enebro a los pies de un delgado pino. Es el primero que se divisa al entrar al bosque y el más fácil de ver, mide unos 30 centímetros de altura. A este pequeño enebro lo llamé Enebro número 2. Es muy difícil hacer que brote un enebro de las semillas, que se encuentran en los frutos, pero siempre puede intentarse. Los frutos se recolectan preferiblemente entre junio y octubre, aunque en realidad la época no importa: los frutos deben estar del color rojo característico. Primero se extraen las semillas del fruto, para lo cual se retira la cubierta externa, y después se puede proceder a plantarlas. Se pueden almacenar en un lugar frío durante unos meses, aunque también podemos plantar las semillas directamente tras su extracción del fruto: se hunden en una mezcla de turba y arena de río durante el otoño. La semilla puede tardar entre cinco meses y dos o tres años, así que no desesperéis. Yo lo estoy intentando para repoblar el bosque un poco. Con esto llegamos al Enebro número 3, de un tamaño entremedias del Enebro número 1 y el Enebro número 2. Como veis, nombré a los enebros por orden de "descubrimiento". Este nuevo enebro, que encontré este año, está también a los pies de otro pino carrasco cercano a un amplio pedregal y dentro de muy pocos años, imagino, será capaz de producir gálbulos, que son los frutos del enebro. No muy lejos de este último Juniperus, encontré al Enebro número 4, pequeño y achaparrado. El total de enebros localizados suma cuatro, pero están demasiado dispersos entre ellos como para formar un piso arbustivo uniforme, y dudo que haya más, aunque nunca se sabe los secretos que ofrece un bosque, aunque sea replantado. Me llamó la atención que, al igual que las coscojas, los enebros estaban a los pies de algún pino; no crecían en medio del bosque. Tal vez algún animal tenga algo que ver.
Enebro número 2

Enebro número 3
Enebro número 4
Últimamente pienso en lo importante que es un bosque cuando hay vegetales de determinado tipo en cada piso. El piso herbáceo ofrece la mayor parte de alimento a insectos como los saltamontes y demás presas potenciales de pajarillos, reptiles y otros insectos depredadores, además de anfibios como el sapo corredor (Epidalea calamita), el más común en la zona, y el sapo partero (Alytes obstetricans). El piso arbustivo, por su parte, también ofrece alimento a muchos insectos, pero también proporciona frutos para aves y mamíferos. Muchos micromamíferos, como el lirón careto (Eliomys quercinus) o el ratón de campo (Apodemus sylvaticus), precisan bayas y otras golosinas para guardar en sus despensas subterráneas y así pasar los duros inviernos y los secos veranos ibéricos. En todo el cerro, únicamente he encontrado una zarza, y está plantada intencionadamente, ya que está rodeada por una muralla de pequeñas piedras que alguien colocó para protegerla y cerca hay otras plantas dispuestas de similar manera. Como signo de aprobación, coloqué unas piñas alrededor, espero que la persona que las "cuida" se haya dado cuenta. En el piso arbóreo se ofrece refugio a aves y ardillas, y muchas especies desarrollan frutos "aptos para consumo animal".
Al llegar a un claro del bosque, mi mente se vacía de lirones, ratones, sapos y pajaruelos. El sol ilumina la alfombra de agujas de pino, porque no hay otra cosa que iluminar. Sólo algunos grupos dispersos de esparto (Stipa tenacissima) decoran la soledad del suelo silvano.

    Sin embargo, cuando me interno de nuevo en la "espesura" (por llamarlo de alguna manera) para llegar al final del bosque, observo los amplios campos que recuerdan a los de Pelennor. Unos tubos negros de rejilla sobresalen de las hiebras secas y amarillas: replantaciones. Me acerco a mirar. En el primer tubo no hay nada, solamente telarañas. En el segundo, hierbas del año. En el tercero, un pino de agujas ligeramente diferentes a las del pino carrasco asoma tímidamente por el borde del plástico. En el cuarto y en los siguientes, encuentro encinas y arbustos aromáticos como el romero. Algo es algo, el hombre blanco ya empieza a darse cuenta de la importancia de la variedad floral en nuestros campos para que la variedad faunística sea mayor. La biodiversidad de una zona debería ser motivo de orgullo para sus habitantes, pero en La Mancha algo falla.
La soledad del paisaje sin árboles. El límite del bosque que se extiende sobre el Cerro de San Cristobal termina aquí, en las Muelas y Corredores ibéricos de la Serranía de Montearagón. Se trata de vastas praderas cubiertas por esparto (Stipa tenacissima) y arbustos muy espinosos cuyo nombre desconozco, pero un pinchazo en el dedo es aviso suficiente para no tocarlos. No faltan los cardos (Onopordum nervosum & Eryngium campestre) y abundan las perdices y los conejos.

Estoy más a favor que nadie de las replantaciones con árboles autóctonos. Estoy de acuerdo (y lo sé de primera mano) con que ofrecen refugio a bastantes animales. Pero no creo que la manera que el hombre ha tenido de replantar nuestros campos sea la adecuada. Cuando uno mira un bosque, no debe ver los árboles como un ejército: no hay cosa más artificial que un bosque con todos los árboles en fila india. Un bosque no es un parque ni un bulevar. En una ocasión, el gran Félix dijo: "El bosque auténtico son los árboles tal y como Dios les puso: desordenadamente ordenados, mezclados con arbustos, rodeados de los cadáveres de los gigantes que abatió el rayo, dando sombra a su vez a los pequeños hijos de estos árboles que buscan la luz y que quieren perpetuarse en esa unidad fantástica, maravillosa, que se llama el bosque de hoja caduca, el bosque caducifolio". Albacete no es tierra de bosques de árboles caducifolios: es más de encinares, enebrales y pinares; pero se puede, de igual manera, adecuar estas importantes palabras a nuestros bosques sudorientales. Regenerar un bosque son palabras importantes. Las mismas gentes del lugar deberían impregnarse de la alegría de crear un nuevo superorganismo que da alegría y verdor a una tierra llana, seca pero con potencial. ¿Y si diésemos diez bellotas de encina y varios plantones de diferentes especies autóctonas y se les encargase plantarlas en una zona determinada, habiéndose informado antes de las cualidades de cada planta? ¿Y si, en vez de terminar de destrozar la Rambla del Cañaveral, se repoblase con encinas, pinos, almendros, retamas, enebros, sabinas y olmos y álamos la zona destruida? ¿Y si los políticos hiciesen algo? Está claro que hace falta un cambio de mentalidad. El bosque necesita ser repoblado con diferentes especies (siempre de aquí, no lo olvidéis) que puedan generar belleza y alegría a nuestros campos. Una vez, hace mucho tiempo, el hombre destruyó los campos que le vieron encender y controlar el primer fuego. Nosotros, como descendientes de esos primeros hombres, tenemos el deber de regenerar la vida perdida.
Actualizado: en tres últimos paseos, he encontrado varios enebros, demasiado pequeños todavía para producir gálbulas. El total de enebros observados supera la decena, pero están demasiado alejados los unos de los otros como para formar un sotobosque general. Algunos se encuentran en lomas desnudas cercanas a replantaciones (no cuento los replantados) de otras plantas. En otra zona, bastante alejada del bosque del que hablo (muy a las afueras, en dirección a El Rincón, hacia el este) en un campo de cultivo abandonado, he encontrado, esta misma mañana (31/8/11), un enebro de más de medio metro de altura, pero sin ninguna gálbula. Ya no tiene sentido seguir llamándolos "enebro 5", "enebro 6"... Cerca del enebro, había varias encinas, dos de ellas repletas de bellotas, todavía verdes; y alguna que otra coscoja, con bellotas de poco tiempo, también verdes. Más adelante iré a recolectar bellotas de encina y coscoja, para plantarlas en zonas más cercanas al pueblo. Como digo, todo está demasiado pequeño y "repartido" por la zona como para formar una masa boscosa uniforme, con piso arbustivo de buen nivel. Otro pequeño enebro, cercano a estas encinas, también crece lentamente a la sombra de un pino, y tiene pocas gálbulas verdosas.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Al-karawan

"¿Tú? Tú tienes ojos amarillos como los alcaravanes; te llamaré Alfanhuí, porque este es el nombre con que los alcaravanes se gritan los unos a los otros... al-fan-huí, al-fan-huí"
Industrias y andanzas de Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio


No pude evitar pensar, al ver un pequeño grupo de alcaravanes revoloteando el otro día en unas tierras de cultivo cercanas a La Felipa, en lo que le dijo el maestro de Alfanhuí al conocerlo. Era una de esas tardes de agosto en que el cielo está cubierto por una capa impenetrable para el sol de nubes de todos los tonos posibles de gris. El calor reinaba aquel día y la humedad lo envolvía todo. La característica tierra rojiza de La Mancha absorbía con deseo el agua que, a intervalos, caía de las nubes. Vi un zorro muerto en la carretera, tenía los dientes fuera y los ojos cerrados como con fuerza; es el segundo que veo este año. Cerca de él, y esto me llamó la atención, había un alcaudón común (Lanius senator) al que pude fotografiar sin que se espantase. Los alcaudones, según he observado en dos especies (L. senator & L. meridionalis) en la misma zona, son pájaros confiados que permiten que los humanos se acerquen (aunque siempre con una prudente distancia). No muy lejos de donde estaba el zorrillo muerto, un cernícalo inmaduro y anillado descansaba en un poste de alta tensión. Acaso ambas aves estuvieron alimentándose del cadáver antes que yo llegara, quién sabe. Los cernícalos vulgares son rapaces generalmente comunes en esta zona de Albacete; a veces se les observa cirniéndose y mirando hacia el suelo en medio de los campos recién segados, quietos en el aire, con espasmos en las alas; nosotros no podemos verlo, pero quizá haya un ratón o un topillo que ha movido una pata en la inmensidad del campo, y el cernícalo lo ha visto... 
Más adelante, a las afueras de la pedanía chinchillana, un aleteo llamóme la atención. Estaban lejos, cerca de unos húmedos almendros. Al principio pensé que se trataba de un grupo de sisones (Tetrax tetrax), porque vi que parte de las alas eran blancas como la nieve, pero no. Los sisones, pequeñas avutardas comunes aquí, tienen las alas blancas completamente, con manchas negras muy dispersas. Éstas aves, aparte de ser más delgaduchas, tenían la parte superior de las alas mimética con la tierras en barbecho. De repente, dejaron de volar todas excepto una, y parecieron desaparecer en la tierra. Sin duda el plumaje las camuflaba. Aguzando la vista, divisé al último ejemplar en el aire, que se precipitó al suelo y se quedó de pie, expectante ante mi presencia, que ya la habían notado. Al posarse, también desapareció, pero en un último intento de avistar al animal con el zoom de la cámara, conseguí localizarlo. En la pantalla de la cámara apareció un ave zancuda de plumaje castaño y cabeza fea, con el ojo amarillo como una moneda de oro y un bigote negro. Era un alcaraván (Burhinus oedicnemus). Caminó unos pasos y me hizo gracia su forma de hacerlo, con la cabeza gacha hacia delante. No me lo podía creer, siempre había deseado ver uno, y yo sabía que por aquí hay, porque el hábitat es el apropiado, ¡y por fin..! Sólo pude hacerle dos fotos que, aunque de pésima calidad, me hacen recordar el momento; pero preferí hacer un dibujo. Estaba ilusionadísimo y la alegría me dura hasta hoy. 

domingo, 7 de agosto de 2011

Un paseo

Cuando a la caída de la tarde subo la cuesta que lleva al monte y observo las hierbas estivales, ya secas, me invade una extraña sensación. Los hipéricos ya no son amarillos, son pardo-rojizos; el té de roca ya florece, las siemprevivas estiran sus flores amarillas al cielo y las demás hierbas del año ya decaen. Antes de ver las sombras del bosque, antes de avistar un pino, antes de llegar a la curva que lleva a los senderos del bosque, ya me llega el aroma de los pinos carrascos combinado con el del tomillo y el musgo. En la curva de la garita, el gran pino espera mi llegada, como alentándome en la ardua subida de la rampa. Ya llego, ya. A mi derecha, todos los pinos aplauden mi subida agitando sus ramas con el viento, y se oye una sinfonía natural cuando toca sus agujas verdes, doradas a esa hora por el sol. Sigo caminando... la carretera sigue hacia arriba tras la curva, pero yo empiezo a internarme en el bosque por uno de los senderos que, como afluentes de un gran río, desembocan en el asfalto. El sol, que al rato tocará la línea del horizonte manchego, alarga las sombras y parece que la noche comienza a extender su ejército. La caminata me lleva hasta un pino caído que permanece unido a la tierra madre con la mitad de sus raíces, mientras que la otra mitad se levanta arqueada hacia la bóveda celeste, creando un agujero entre la base del árbol y la tierra, un agujero como de vergüenza, como de algo íntimo y vergonzoso que no debe ser visto... La copa crea una pared frondosa que me oculta de la severa mirada solar durante un momento. Al llegar al enorme cortafuegos, una enorme avenida terrosa que baja desde la cumbre hasta los riscos naranjas, me detengo a observar los altos cardos, que ya están secos y sólo les cabe esperar que una lluvia, una ráfaga de viento o una nevada los arranque de cuajo. Miro hacia el pueblo y el sol me da de frente. Las plantas, los mosquitos del aire, los árboles, todo tiene una aureola de luz que les da un aspecto como de algo que se acaba, como de un verano que prepara su retirada. Hay libélulas rojas que me rodean y se posan en las pinchudas hojas y me observan, y las lagartijas se retiran a dormir. Todo se apaga en el bosque y los insectos se esconden, a pesar de que al caminar por entre las secas hierbas, decenas de saltamontes saltan para evitar que los aplaste, porque esta es la época de los saltamontes. Sigo el sendero y vuelvo a entrar al bosque; bajo los pinos ya reina lo oscuro, y no hay sombras, porque no hay luz que ensombrezca, y se muestran los árboles tal y como son, con sus negros cuerpos elevándose para captar los últimos destellos y con sus conversaciones sencillas. En un recodo, me encuentro entre el espliego, y doy a mi alma a oler las albas hojas del matorral, donde las lagartijas se esconden. Un último rayo de sol me avisa de que he de irme, pero si por mí fuera, sería una roca negra, caliza, de las que se ensanchan en los tomillares, cubiertas de líquenes y blando musgo como pelo de rata, bajo la que se guarecen sapos, escorpiones, hormigas, lagartijas y miles de extraordinarios seres ignorados, y sería feliz porque formaría parte de la unidad del bosque. Aún no he dejado mis árboles y ya los echo de menos, las agujas del pino caído, que me acarician, sin pinchar, mi cálida mano sienten mi despedida, y yo más la siento. He dejado el bosque, pero volveré, y hasta entonces no puedo dejar de pensar... ¿cuándo sera? ¿Cuándo aspiraré el aroma de los pinos, la roca blanca, el musgo, el espliego, y todos los olores que caracterizan al bosque mediterráneo?

martes, 2 de agosto de 2011

El reptil costero

La salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus) es un gecónido ampliamente distribuido por la región mediterránea. Con esta me encontré hace unas semanas en Alicante, bajo una gran piedra, y acompañada de decenas de cochinillas de la humedad. Son animales rápidos que saltan si se ven en peligro, y se dice que viven más ligados al hombre que la salamanquesa común (Tarentola mauritanica). Me costó mucho fotografiarla, ya que corría a esconderse cuando se veía descubierta, hasta que, al final, lo conseguí; al acercarse la hora del crepúsculo, la luz no era buena, pero apta para que este pequeño reptil comenzase su actividad. En la foto inferior se puede observar un ejemplo de hábitat de la salamanquesa rosada, y aunque normalmente viven cercanas a edificios, también ocupan tomillares y pedregales.
Soy de los que acudían a salvar, en el colegio, una salamanquesa a punto de morir bajo el escobazo de una monja ignorante de las costumbres reptilianas, que tanto nos favorecen sin que nos demos cuenta. Más de una vez pude salvar salamanquesas, que soltaba en lugares más seguros. Aquellas salamanquesas no eran como ésta, porque aquí es más normal observar a la mauritanica. Todas las noches calurosas, las farolas se cubren de gecos en busca de mosquitillos y polillas que comer.