jueves, 19 de junio de 2014

El Charco Azul (Valdeganga) y recuerdos del incendio de mayo

    El Charco Azul es un paraje de interés natural que se forma en una zona de unión entre el río Valdemembra y el Júcar a unos kilómetros al Oeste de Valdeganga. En esa zona se construyó una piscifactoría que en la actualidad se encuentra en desuso. En el año 2008, la zona se adaptó al esparcimiento con la construcción de pasarelas de madera que conectaban varias zonas sobre el agua y carteles informativos sobre la naturaleza del lugar, sin embargo, este pasado invierno, una avenida de agua procedente del Valdemembra ha destruido parte de una pasarela, haciendo prácticamente imposible el acceso directo a una parte del paraje. Más de seis meses después, la zona sigue igual. 
    Hace más de un mes, el pasado 6 de mayo de 2014, se declaraba en una zona muy cercana un trágico incendio que se cobró la vida de un hombre mayor que intentaba apagar restos de poda, como se puede leer en Internet. En el incendio ardieron unas 30 ha de ambas orillas del río. Más de un mes después, he visitado la zona y en esta entrada voy a contaros lo que he visto, si bien solo he observado la zona afectada por el incendio desde el coche y de lejos.
Dedalera negra (Digitalis obscura)
    En realidad, el propósito de nuestra visita era buscar algún ejemplar de dedalera negra (Digitalis obscura) (fam. Plantaginaceae) en plena floración que fotografiar, ya que suelen hacerlo, en esta zona del mundo, a finales de primavera. El Charco Azul es una de las localizaciones más cercanas a la capital donde he encontrado esta especie, sin contar con las Sierras de Alcaraz y Segura, aunque es común en los montes ibéricos y debe de haber en más sitios de la provincia. Descubrí este sitio el año pasado, cuando me sorprendí con la floración de decenas de ejemplares en una ladera dominada por grandes pinos piñoneros y bojes, tras las copiosas lluvias primaverales. Las flores tubulares de color naranja herrumbroso y amarillo, cubiertas de una fina vellosidad, brillaban fantasmagóricamente en la penumbra del pinar. Sin embargo, hoy era diferente. No me ha costado encontrar las matas de dedalera, pero sí me ha costado ver flores. Solo un ejemplar estaba en plena floración, pero con una espiga más corta, y las otras matas tenían flores secas o ni siquiera tenían espigas florales. Sin duda, la sequía ya hace de las suyas, a pesar de que el monte intenta seguir adelante como puede, ya que por eso está adaptado a la falta de agua que no es rara en la cuenca mediterránea. Mientras tanto, el bosque de ribera seguía como siempre, con sus característicos ruiseñores comunes y cetias ruiseñores reclamando, y el soniquete de algunos páridos, además de jilgueros, verdecillos y abejarucos.
Comunidad de Sambucus ebulus, muy abundante en la zona, en plena floración.
Hay también álamos blancos
(Populus alba).
Imagen de una zona del pinar de los alrededores del Charco Azul, con sus imponentes piñoneros.
    Los puentes y las construcciones de la antigua piscifactoria constituyen un soporte para algunas plantas que gustan de grietas y roquedos, como la sorprendente boca de dragón (Antirrhinum litigiosum), fácil de ver floreciendo en la parte superior de puente de la zona. De uno de los ejemplares he recogido semillas, de las cuales producen miles y miles. En la parte del puente más cercana a donde el agua se agita brutalmente (el Júcar es un río salvaje y engañoso, rápido y furioso), las frondes del culantrillo de pozo (Adiantum capillus-veneris) se sacuden.
Antirrhinum litigiosum
    Los enjambres de pequeños insectos flotaban bajo los grandes tallos inclinados de la invasora Arundo donax, la caña brava, lo cual hacía bastante incómodo caminar por la zona. Las flores de zarza y de clemátide atraen hordas de himenópteros y dípteros polinizadores que andan atareados durante todo el día volando de aquí para allá, cosa que las aves insectívoras no dejan de aprovechar. Incluso las lagartijas delatan su presencia con el crujir de las hojas de las alamedas a su paso. Otros depredadores que prefieren esperar a que sus presas caigan en sus redes son las arañas. Tejiendo sus telas en la vegetación que cubre algunas acequias, muchos araneidos aguardan pacientemente.
Larinioides sclopetarius con una presa.
    Volviendo ya, a Jess le ha llamado la atención algo reluciente que yacía a un lado del camino. Era una criatura con cierto parecido a un pez, pero en realidad era un ejemplar de eslizón ibérico (Chalcides bedriagai), muerto. Este es el primero que veo en tierra firme, anteriormente lo conocía de Isla Grosa, donde aparece abundantemente. La cita ya la he subido al SIARE.
Chalcides bedriagai
    Finalmente, nos hemos dirigido de vuelta al coche, no sin antes recolectar alguna Pallenis spinosa para el herbario. A la vuelta, ha sido cuando he podido observar y fotografiar los estragos del incendio, que si bien no son tan visibles, el daño se nota si se observa con atención. No ardió mucho, pero poco siempre es mucho.
Se observa monte bajo y pinar quemado en la parte superior de la colina.
Otra zona afectada, ya volviendo a Valdeganga. Ardieron bancales, donde se observan ya nuevos brotes de caña, y monte bajo (sobre todo espartales y romerales, algunos pinos y árboles cercanos al agua. 

martes, 17 de junio de 2014

Breve historia natural de las hormigas león (Neuroptera: Myrmeleontidae)

   En algún claro arenoso de uno de nuestros interesantes espartales, una fila de pequeñas hormigas negras del género Camponotus se desplaza con parsimonia hacia su cuartel general subterráneo. Caminan sin prisa pero sin pausa, sienten en sus pequeños cuerpos una suerte de primitivo poder predictivo que las pone manos a la obra para proteger la colonia de una lluvia inminente. Estamos a finales de julio, y estas tormentas veraniegas son comunes. Los obreros llevan semillas y restos de animales muertos, así como hojas, ramitas y tierra nueva que van introduciendo en el hormiguero. Los soldados, de amplias cabezas, vigilan que la operación ocurra sin problemas y deambulan alrededor de la marabunta, cerca de la entrada del hormiguero. Como si la escena estuviera cronometrada, poco después de que la última hormiga desaparezca en la oscuridad del reino subterráneo, la lluvia empieza a caer.
    Un par de días después, el sol, cuyos rayos volvieron a calentar la tierra a la mañana siguiente de la tormenta, ya ha secado el suelo. Las hormigas vuelven a la superficie con sus quehaceres. Sin descanso, colaboran para hacer más grande y rico el imperio al que pertenecen. A un metro o dos de allí, a los pies de una gran roca erosionada, algo se mueve. Un pequeño bulto de arena y la marca que va dejando delata su presencia, aunque se mueve a unos milímetros bajo el suelo. Se trata de un depredador que aprovecha el factor sorpresa para atacar a sus víctimas y alimentarse. Aquí vive una joven larva de hormiga león. Las lluvias recientes han destruido su trampa y tan pronto como se ha secado la arena, se ha puesto manos a la obra.
Aspecto de la larva de Myrmeleon formicarius.
GGSS
    La hormiga león, a pesar de su nombre, no es una hormiga típica (Hymenoptera: Formicidae), sino un neuróptero, como las beneficiosas crisopas, los ascálafos o la famosa Nemoptera bipennis, símbolo de la Asociación Española de Entomología. El aspecto (monstruoso si midieran 3 m) de las larvas les otorgó ese nombre (Myrmeleon, el género que da nombre a la familia, significa, literalmente, hormiga león). Son pequeñas criaturas poco más largas que las hormigas normales, de aspecto jorobado, con un abdomen de gruesa cutícula que les protege de las altas temperaturas que alcanza el suelo en los veranos mediterráneos, una cabeza alargada dotada de dos largas estructuras a modo de mandíbulas de aspecto feroz y dos pares de patas dirigidos hacia delante y el otro hacia la parte trasera del abdomen. Tienen un característico modo de locomoción, pues se desplazan siempre hacia atrás por medio de convulsiones abdominales, facilitando su enterramiento. 
    Como decía, nuestra hormiga león se dispone a construir un nuevo centro de caza: desplazándose en círculos cada vez más cerrados y expulsando arena mediante rápidos movimientos de la cabeza, va creando una especie de embudo en la arena, una trampa, en el fondo del cual permanece tras haberlo construido (1). Al cabo de unas horas, a pocos centímetros de nuestra larvita, van apareciendo más embudos de otras larvas hermanas. Es curioso, pero por lo general, las larvas que construyen su embudo en sitios alejados de zonas más cubiertas por vegetación lo hacen con un menor diámetro, mientras que el de nuestra larva, que se encuentra en una zona más expuesta, es mayor (2).
    ¿Y ahora qué? Ahora, a esperar. Pueden pasar horas, minutos o segundos, pero tarde o temprano, una hormiga procedente del hormiguero cercano pasará por allí. Ya sea un obrero en busca de comida que llevar al hormiguero o un soldado explorando el terreno circundante, una hormiga caerá al embudo y comenzará la acción. La hormiga intentará salir de la trampa, pero la larva de hormiga león zarandeará la cabeza, lanzándole arena para que caiga, a la vez que las paredes del embudo de arena comenzarán a desmoronarse. Y así ocurre. La hormiga acaba presa de las piezas bucales de la larva de hormiga león, que atraviesan su exoesqueleto inyectando un líquido disolvente que destruye el interior de la hormiga, matándola. Es una muerte cruel pero necesaria. Nuestra larva absorbe su jugo hasta que no queda de la hormiga algo más que una crujiente piel seca. Las presas de las hormigas león no son siempre hormigas, en realidad, cualquier pequeño invertebrado que caiga en su trampa es susceptible de ser su presa, desde arañas de pequeño tamaño hasta isópodos (cochinillas de la humedad o ‘bichos bola’). Cuando la larva ha terminado, con un rápido movimiento de la cabeza, lanza el cuerpo seco de su presa por encima de su embudo para no estorbar, y después lo reconstruye.
Las hormigas león pueden permanecer hasta 3 años en forma de larva, dependiendo de la especie. Pasan las semanas y llega un día en que la larva siente que está preparada para dar el paso: construye un pequeño capullo redondo con granos de arena que une con una especie de seda y se acurruca en su interior. Algunos días después, la larva ya se ha transformado en una criatura amarillenta de grandes ojos que no es ni larva ni adulto (imago), sino crisálida, y permanece prácticamente inmóvil mientras, en su interior, sus tejidos se redistribuyen y van formando futuros órganos. 
Crisálida de Myrmeleon sp. GGSS
    Tras unas pocas semanas, el imago ya está completamente formado y surge de la arena, estirando lentamente sus cuatro alas transparentes. En su último estadio de vida, se parece lo mismo a su larva que una mariposa a su oruga. Su pequeña cabeza es triangular y está dotada de dos enormes ojos de color característico y un par de antenas capitadas, acabadas en un pequeño mazo. El abdomen es largo, otorgándole aspecto de caballito del diablo. Vuelan bastante torpemente al atardecer en busca de un individuo del otro sexo con el que aparearse. Nuestra hormiga león emprende su primer vuelo, que no estará exento de peligro, en busca de pequeños insectos y polen. Puede ser capturada por cualquier ave insectívora, salamanquesa o insecto depredador, como las mantis, aunque no obtendrán mucho alimento debido a la delgadez del imago.
Imago de hormiga león (Myrmeleon formicarius). GGSS
    Muchas veces, las hormigas león adultas son atraídas por las luces de la ciudad. Es fácil verlas en las noches de finales de verano revoloteando alrededor de luces de escaparates y farolas, mientras que por el día permanecen con las alas plegadas escondidas o sobre troncos o hierbas. Nuestra hormiga león resulta ser una hembra y, tras haberse apareado, encuentra otra zona arenosa donde depositar sus huevos, que coloca individualmente en la arena. Los adultos sólo tienen un cometido, el de la reproducción. Así que, a los pocos días, muere. Así se repite el ciclo biológico de las hormigas león, un insecto fascinante que pasa desapercibido casi siempre y cuya existencia ignoran la gran mayoría de los humanos.

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(1) En la serie documental El Jardín Viviente, en el capítulo titulado Amantes de la arena, hay una secuencia donde aparece una larva de hormiga león construyendo su nido a alta velocidad. No os la perdáis.
(2) Según Hakan Bozdoğan, Cengiz Bahadıroğlu y Sevil Toroğlu en Some behavioral observations on larvae of Antlion, Myrmeleon formicarius Linnaeus, 1767 (Neuroptera: Myrmeleontidae) in forest and non-forest areas of Kahramanmaras Province, Turkey (Journal of Zoology, 2013).

Avispa cuco (Chrysis ignita)

Este bonito ejemplar de Chrysis ignita apareció ayer tras una tormenta veraniega en Chinchilla,
sobre una barandilla de hierro, en busca de algo de sol. Parasita a otros himenópteros solitarios.

domingo, 1 de junio de 2014

El Gran Bosque | Distrito de los Lagos

    Ayer tuve la oportunidad de visitar el Lake District, uno de los Parques Nacionales británicos más famosos. Nunca había estado tan al Norte y tras atravesar campos y terrenos similares a las Tierras Altas, con muretes de piedra grisácea en vez de setos de plantas, llegamos a esta zona tan cercana a la frontera con Escocia. Desde la carretera se ven grandes y alargados lagos de aspecto profundo entre escarpadas laderas cubiertas de brezo y bosques, en cuyos bordes se erigieron hace cientos de años castillos y torres vigía para vigilar a los rebeldes escoceses que, de vez en cuando, hacían incursiones agresivas más allá del Muro de Adriano. 
    Allí nos acercamos al Gran Bosque (Great Wood), y justo al llegar, nos recibió un busardo ratonero (Buteo buteo), que estuvo planeando durante unos minutos sobre nosotros en el claro del bosque que se utiliza como aparcamiento. 
Busardo ratonero (Buteo buteo)
    En aquel claro, me llamó la atención una zarza iluminada sobre la que revoloteaban algunos caballitos del diablo de la especie Pyrrhosoma nymphula, que aprovechaban para asolearse o copular. La borrasca de la que habíamos huido estaba pasando por Yorkshire en aquel momento, pero por Cumbria ya había pasado todo y el sol brillaba con fuerza, cosa de la cual animales y plantas no dejaban de sacar partido. Las primeras dedaleras (Digitalis purpurea) ya florecían en esta zona. La dedalera es una planta muy querida y se utiliza mucho en jardines y parques, si bien es bastante venenosa. No le gustan los terrenos calcáreos (al contrario que a su prima Digitalis obscura, la típica dedalera de la mitad oriental ibérica). Como veis, os comparo las naturalezas británica e ibérica para que os hagáis una idea. La dedalera prefiere crecer en bosques de coníferas y fagáceas húmedos.
Flores tubulares de la venenosa dedalera (Digitalis purpurea). 
Caballitos del diablo rojos -en inglés, ´Large Red Damselfly´- (Pyrrhosoma nymphula)
     El Gran Bosque se llama así porque es la zona boscosa más grande que queda en Borrowdale. En realidad es un fragmento de bosque atlántico de quercíneas, donde predominan los robles comunes y albares, pero también aparecen fresnos comunes y hayas, y los alóctonos alerces europeos, que se han plantado en extensas zonas de Gran Bretaña. A pesar de todo, este tipo de bosque bastante puro no es muy común, y en esta zona, como es tan lluviosa, los troncos están cubiertos de musgos y helechos epífitos como el polipodio. Se le designó como Special Area of Conservation (SAC), lo cual indica que este bosque está en otro nivel ecológico. El organismo que se encarga de la gestión de esta zona es la National Trust, que por cierto, está trabajando bastante bien intentando unir los fragmentos de bosque que quedan mediante reforestaciones a modo de corredores biológicos, y están eliminando las repoblaciones antiguas de alerce. 
Alerces (Larix decidua), de una reforestación de hace años. En la actualidad, se están eliminando para dejar paso al bosque autóctono de robles, aunque también cumplen su papel alojando otras especies de insectos y aves.
En el bosque abundan los robles de las dos especies británicas (Quercus robur y Q. petraea), conformando un típico bosque atlántico parecido a muchos que encontramos en la mitad norte de la Península Ibérica.
    Sobre las húmedas frondes de los helechos, encontramos algunos insectos, como la mosca escorpión (Panorpa communis), en concreto un ejemplar hembra que volaba bastante torpemente.
Ejemplar hembra de mosca escorpión (Panorpa communis).
    Jess y yo contamos al menos cinco especies de helechos, entre ellas estaba el lonchite (Blechnum spicant), amante, al igual que la dedalera, de suelos ácidos. El lonchite crece en bosques de fagáceas que crean ambientes húmedos y nemorosos en su interior. Sus frondes son alargadas y fasciculadas.
Hoja nueva de lonchite (Blechnum spicant).
    El aspecto tan fantástico del bosque sin duda invitaba a soñar o a imaginar historias de elfos y otros seres mágicos del bosque, ¿quién no podría imaginar un enorme trasgo caminando por entre los troncos de los robles de las fotos de esta entrada?
   El Gran Bosque es famoso también por otra razón: la leyenda de Lady's Rake, que cuenta que la Condesa de Derwentwater escapó corriendo y subió la vertiginosa ladera de dicha quebrada, tras haber lanzado todas sus joyas a un lago cercano, después de que su marido fuera arrestado por haber participado en el levantamiento jacobita de 1715.
    No puedo evitar salir con una extraña sensación cada vez que salgo de un bosque, ya sea británico o ibérico, que son los únicos por los que he caminado. Dicho sentimiento no sé a qué se debe exactamente, la verdad. Puede que se trate por la mezcla de especies o por ellas en sí en un modo científico, todas nuevas pero conocidas, gracias a mis libros, para mí, o por sentirme realmente en mi ambiente, por sentirme vivo. Me temo que el sendero llega lejos y todavía no llego a entender a mi espíritu y su relación con las comunidades boscosas al cien por cien, tal vez sea algo ininteligible, algo que simplemente 'es' sin que haya que buscarle los tres pies al gato. Es algo incomprensible.