lunes, 27 de julio de 2015

Rivetina baetica (Rambur, 1839)

Hembra adulta de Rivetina baetica (Rambur, 1839), encontrada en la Sierra de Chinchilla, el pasado día 23 de julio de 2015, al atardecer. Hembra adulta de Rivetina baetica (Rambur, 1839), encontrada en la Sierra de Chinchilla (Albacete), el pasado día 23 de julio de 2015, al atardecer.

Microcosmos en el patio (I)

Estos días estivales de tan altas temperaturas, los sofocos al salir a la calle pueden llevarle a uno a pensar que las planas tierras manchegas están al borde de la deshidratación, que las hierbas ruderales se secarán en nada, agostando los campos antes de tiempo. Lo cierto es que esto no es así, que las plantas que habitan las llanuras y sierras de estas latitudes están adaptadas a lo extremo: gran escasez de agua y altas temperaturas durante varias horas al día.
IMG_8601
Incluso en el patio, me sorprendo de la capacidad de las plantas de aguantar bajo el sol del mediodía. Dos jardineras alargadas, junto a la pared, contienen plantas autóctonas de la zona, como romero, jara blanca, romero macho, santolina, y en otras macetas crecen otras que no lo son tanto, aunque sí son de origen cercano, como la adelfa, el lentisco, el olivo o la higuera. A pesar de no regarlas todas las noches (ya que es por la noche cuando se debe hacer), aguantan estoicas, agradeciéndolo únicamente la adelfa, dando grandes inflorescencias de flores rosadas, y la higuera, que ya fructifica. Para las otras, hace ya demasiado calor, así que emplean sus tácticas específicas para aguantar la deshidratación: defoliación, curvatura de las hojas... Las demás plantas que poseo por la capacidad de sus flores de atraer gran cantidad de insectos no reciben tanto sol directo: la budleya o arbusto de las mariposas, la lantana o bandera española, el jazmín chino o la madreselva. Incluso el saúco, sin flores pero ya con racimos de frutos aún verdes en su copa, sigue haciendo gala de sus facultades albergando una pequeña familia de gorriones comunes, tras haber conseguido librarse de la plaga de pulgones (Aphis sambuci) que lo asolaba. Parece que las fuertes temperaturas atraen todavía más fauna al patio, en busca de alimento en las plantas y agua en los rincones húmedos.
Aphis sambuci Aphis sambuci

Los insectos son los grandes actores del patio, y sus protagonistas, sin duda, son los himenópteros: en el suelo, varias especies (por lo menos, tres distintas) de hormigas que no he sabido identificar (Lasius? Messor? Plagiolepis?) corretean en filas y en busca de cualquier pedazo vegetal o de origen artrópodo que caiga al suelo. Estos días 06.07.2015, algunos adultos alados emergían de sus nidos.

¿Lasius niger? Lasius niger

Podéis ver que hay Bullicio fórmico de las hormigas Lasius.

Con su típico ir y venir, las hormigas negras (Lasius niger), de velludo abdomen, parecen tomarse turnos de día y de noche, según el individuo, para explorar todos los rincones del patio. Conocida es la plaga de los áfidos o pulgones, en sus diversas formas, todas ellas aprovechadas y pastoreadas por estas mismas hormigas: en el alto saúco, los pulgones negros del saúco (Aphis sambuci); a su lado, en el espino albar, los verdes de las rosáceas (Macrosiphum rosae); y en la adelfa, aunque escasos (la larva de la crisopa, dotada de grandes mandíbulas agudas, da buena cuenta de ellos), los naranjas (Aphis nerii). Las hormigas han sabido aprovechar el líquido azucarado que segregan estas minúsculas chinches chupadoras de savia: los pastorean, cuidan y protegen, con sus acodadas antenas tamborilean los regordetes abdómenes de los pulgones, respondiendo éstos con una gran gota almidonada que ellas beben. A cambio, las Lasius los protegen de posibles depredadores. Simbiosis en estado puro: yo hago algo que tú aprovechas, y tú, a cambio, me proteges.

La avispa papelera (Polistes dominula), siempre sedienta, atraída por el agua goteante de la manguera o de la palangana donde crecen algunas plantas lacustres, recorre el aire en gran número, haciendo bastante incómodo permanecer en el patio durante más de unos minutos. Me sorprende observar que bastantes ejemplares presentan el abdomen algo deformado, abultado o incluso con los anillos descolocados, y creo que se trata de hembras de insectos llamados estilópidos (del orden Strepsitera, “alas retorcidas”) que parasitan estos himenópteros. Las hembras de estilópido viven en el cuerpo de la avispa (dependiendo de la especie, pueden atacar cucarachas, mantis, saltamontes o abejas), en la cual se desarrollan, los machos, por el contrario, pueden volar y viven solamente unas horas, en ese tiempo han de encontrar una hembra a la que fecundar. La hembra, encajada en el abdomen de su hospedador, muere consumida por sus propias larvas, que salen en busca de una avispa que les lleve a un panal. Allí terminan su estado larvario y las hembras se introducen en el cuerpo de la avispa. Por medio de una enzima, consiguen atravesar el tejido del hospedador y consiguen que éste segregue una especie de saco en el que se acurruca apretadamente el estilópido. Un parásito digno de admirar.

Avispa papelera (Polistes gallicus) estilopizada. Obsérvese el abdomen deformado. Avispa papelera (Polistes dominula) estilopizada. Obsérvese el abdomen deformado.

A pesar de la abundancia de avispas papeleras, todavía otros himenópteros encuentran espacio, como la avispa alfarera Eumenes que a simple vista puede confundirse con la especie anterior, pero es de tamaño menor y de vuelo más directo. Este insecto construye un nido de barro en forma de vasija, amasando tierra húmeda con las mandíbulas, e introduciendo en su interior pequeñas orugas paralizadas, de las cuales se alimentará su larva. El color de estos nidos es exactamente del mismo del mortero de la pared, así que a veces resultan casi invisibles, pero si se mira con atención es posible verlos: pequeños montículos del tamaño de un garbanzo de color arena clara.

El macho de la abeja solitaria Anthidium florentinum, de llamativo abdomen amarillo con bandas negras, elige y defiende una planta florida frente a otros machos e incluso otros insectos, hasta que llega una hembra. (07.07.2015) Me ha sorprendido observar un macho que se había encaprichado con la budleya. Una mariposa del geranio (Cacyreus marshalli) que había llegado a libar las perfumadas flores ha corrido la mala suerte de cruzarse en vuelo con el macho de Anthidium, que se ha dirigido hacia ella a toda velocidad hasta golpearla con genio. La mariposa parece haber ignorado el golpe, porque ha seguido volando hacia otro racimo de flores más alejado de la zona controlada por la abeja. Esta especie es muy común en verano y la más llamativa de las abejas solitarias.

Anthidium florentinum, libando flores de budleya. Anthidium florentinum, libando flores de budleya.

Anthidium florentinum en pleno descanso, sobre una hoja de baladre. Anthidium florentinum en pleno descanso, sobre una hoja de baladre, el pasado 12 de junio de 2015.

El 11.07.2015, he visto la primera abeja carpintera (Xylocopa violacea) del año. Un ejemplar de gran tamaño, tal vez era una hembra, se afanaba en libar las rosadas flores del arbusto de las mariposas. Tiene gracia, una planta llamada así, que lo que más atrae son himenópteros y no lepidópteros, en fin, cosas más inverosímiles se han visto en la historia de la vida, como los cantos de las salamanquesas, de los que hablaré en otro momento, y que pocos han llegado a tener el placer de escuchar. La abeja carpintera, de color negruzco con toques violáceos y de alas pardas con dejes eléctricos, de vuelo directo, puede recordar de un vistazo a una cetonia. Su presencia impone respeto en el patio, el zumbido que producen sus alas es profundo, grave, vibrante, más que el de cualquier otro insecto, y uno podría llegar a temerlas, pero en realidad son poco agresivas, mucho menos que las avispas papeleras mencionadas hace un momento. Poco después, pasadas las seis de la tarde, este ejemplar había desaparecido; en su lugar apareció una pareja de Xylocopa en plena cópula, que ha venido a posarse sobre una pínula del saúco. Una especie digna de admirar.

Cópula de Xylocopa violacea. Cópula de Xylocopa violacea.

Todos estos animales tienen siempre su función en la naturaleza, sin ellos, muchos de los procesos que a simple vista son difíciles de ver, pero con la debida observación minuciosa son alcanzables hasta para los ojos menos acostumbrados a la contemplación de los seres vivos, no podrían realizarse y los ecosistemas colapsarían.

Fin de la primera parte.

martes, 21 de julio de 2015

En el Charco Azul con mis amigos

El otro día (18.07.2015), fuimos al Charco Azul, un paraje que se forma en la desembocadura del río Valdemembra en el Júcar. Ya he hablado de este sitio en El Saúco, cuando visité la zona tras el lamentable incendio de mayo de 2014, como podéis ver haciendo click aquí. Esta vez, estuve con unos amigos en una parte que no había pisado nunca, que siempre he visto desde la otra orilla, pero no sabía cómo acceder hasta allí. Mientras mis amigos pescaban cangrejos, yo me entretuve mirando la zona.

Alameda junto al agua.
Alameda junto al agua.
Al llegar allí, me sorprendí con una planta que jamás había visto. Era bastante alta, de 1,10 m de altura, las hojas basales eran enormes, acorazonadas, alargadas, verde oscuro. Del centro de la planta salían unos altos ramilletes de flores espinosas, con pinchos largos, curvados en su punta. Se trataba del lampazo (Arctium minus), una compuesta que crece en esta zona, en los bosques de galería que rodean las aguas azul pastel del Júcar y sus afluentes.
Arctium minus
Había también insectos, sobre todo avispas (y no de las más tranquilas), pero también moscas cernidoras y caballitos del diablo:
Todavía no la he identificado.
Platycnemis latipes, macho.
Fue una mañana muy interesante. Yo nunca había pescado cangrejos (obviamente después nos los comimos), pero nuestros amigos, que tenían licencia, lo habían hecho varias veces. Me pareció sorprendente la cantidad ingente de estos crustáceos que había en la zona. Se les podía observar a través de las turbias aguas, acercándose poco a poco hacia el cebo.
El cubo se iba llenando poco a poco...
Tras la alameda, había un prado con cardos marianos. Entre las hierbas secas, se oía el canto de las chicharras.
De aves, la cosa fue más o menos tranquila, algún cetia ruiseñor (Cettia cetti) y oropéndolas (Oriolus oriolus).

Populus alba
Esta entrada no habría sido posible sin mis amigos Alex, Mariadel, Marta, Nuria y por supuesto mi querida Jess.

Consideraciones sobre la Sierra de Chinchilla

No se puede proteger lo que no se conoce, y si lo que no se conoce no se ama, entonces tenemos un problema de conservación. Eso es lo que pienso cada vez que veo los errores que se están cometiendo con respecto a determinadas zonas naturales. Es el caso de la Sierra de Chinchilla, donde me he empeñado en actuar a pequeña escala, con la ayuda de la Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono (ARBA), desde hace relativamente poco tiempo, y con mi blog. Para mí, la principal ayuda para la regeneración de sus masas vegetales autóctonas (aunque no todo sean bosques, ojo), pasa por concienciar sobre la importancia de las pequeñas cosas.

"La creación de mil bosques está contenida en una bellota"                                                                                               (Ralph Waldo Emerson)

Con esta famosa frase quiero ilustrar el ejemplo que supondría el plantar cientos de pequeñas bellotas de encina, año tras año, perseverando, en lugares adecuados, de esta singular serranía. Pequeños bosquetes-isla de encinas podrían aumentar todavía más la biodiversidad y riqueza paisajística de la Sierra. Los pinares existentes en la zona, como todos sabemos, plantados, tienen fecha de caducidad: prácticamente no existe regeneración natural de pinos en la Sierra. De encinas, algo más, pero son escasos los pequeños plantones que podemos encontrar, y crecen con lentitud. Además, hay más: está la "seca", que de momento no ha llegado a la Sierra de Chinchilla, por no hablar de los jabalíes y roedores que se zampan todo lo que pillan, y los ataques de curculiónidos que se ceban con las bellotas verdes todos los otoños. Estos pequeños gorgojos depositan sus huevos dentro de las bellotas cuando ni siquiera han caído del árbol y sus larvas se alimentan del interior carnoso. Yo mismo he recogido kilos y kilos de bellotas estos últimos años, y me he quedado estupefacto al darme cuenta de cuantísimas de ellas estaban parasitadas por larvas de gorgojo. La solución a esto no pasa por enviar escuadrones de aviones que vomitan insecticida sobre los campos, ni por las fumigaciones controladas (que no lo son). La solución al control del gorgojo está en favorecer el control biológico de la propia sierra.

Hace unos meses, uno de los partidos que pretendían la alcaldía de Chinchilla me pidió ayuda para redactar una serie de ideas que podrían llevarse a cabo para la mejora del medio ambiente en la zona. Uno de los puntos que se me había ocurrido, hacía ya tiempo, y que incluí en dicha lista, fue el de elaborar un plan de construcción y colocación de cajas nido para aves insectívoras en la Sierra. Estas cajas nido favorecerían el anidamiento de muchas aves que están presentes en la zona, pero no en gran número. Por ejemplo, el carbonero común, un ave muy versátil que anida hasta en grietas del castillo. Este pequeño y colorido pájaro se alimenta de insectos, muchos de ellos dañinos. El problema radica, de nuevo, en que la escasez de arbolado antiguo con huecos y agujeros no ayuda a estas aves a encontrar lugares de nidificación. Podemos concluir en que favoreciendo la expansión de pequeños pájaros insectívoros colocando cajas nido de forma semimasiva, por decirlo de algún modo, estaríamos ayudando a la regeneración del bosque autóctono. Del mismo modo ocurre con los murciélagos forestales, que no se encuentran fácilmente en la Sierra, debido a la ausencia de lugares de resguardo.

Fabricar cajas nido no es difícil. En internet, libros, manuales y revistas, es fácil encontrar los planos de construcción de estos nidales. Ahora, ¿cómo fomentar la construcción de estas cajas, si no se enseñan esos pequeños problemas que suceden en la Sierra?

Y así es como volvemos a lo que comentaba al principio del texto: no se puede proteger lo que no se conoce, y si lo que no se conoce no se ama, tenemos un problema de conservación. Es importante enseñar lo que hay en la Sierra, más que nada, sus valores naturales: su pequeña fauna, impresionante a pequeña escala, y su flora, tan sorprendente como la de cualquier otro sitio, o incluso más, por tener que hacer frente a unas condiciones adversas dignas de temer. Uno de los primeros pasos necesarios para empezar a proteger la Sierra Procomunal de Chinchilla, es el de comprender y favorecer a los pequeños habitantes que la habitan, ya sean animales, como los carboneros o los murciélagos forestales, o plantas. Y digo plantas, porque incluso ellos, los pequeños "matojos" de aspecto enmarañado y feúcho, juegan un papel importantísimo en la regeneración de las encinas en la Sierra.

Todos hemos visto las "reforestaciones", ahora variadas, con encina, enebro, sabina, coscoja y pino de algunas laderas que de lejos parecen desérticas, en roca viva, que se han hecho en la zona. Si uno camina entre ellas, observará que la tierra está revuelta, pedregosa, volteada una y otra vez, sin estructura ni ley que lo sostenga. Por suerte, lo que se ha plantado agarra bien y en seguida hunde las raíces en busca de agua del subsuelo; otras muchas plantas acaban muriendo bajo el sol. Así no es como se hace, destrozando el suelo y plantando masivamente. Todo este proceso ha de llevarse a cabo a mano, poco a poco, y con cuidado. Esos matojos enmarañados y antiestéticos para algunos, pueden dar sombra y formar suelo para las bellotas que enterraremos. Así no morirán bajo el sol del verano una vez broten y, por decirlo de algún modo, tendrán refugio junto a los arbustos, ya que no estarán tan expuestos a los depredadores.

A su vez, es imprescindible enseñar a amar la Sierra de Chinchilla, hay que enseñar a protegerla correctamente y a regenerarla, entendiendo que lo que se hace es por el bien del propio medio ambiente. Se han de potenciar las ganas de ayudarla sin esperar a recibir nada a cambio, porque aquel que planta árboles sin esperar a disfrutar su sombra, ha comenzado a comprender el sentido de la vida.

En El Torcío

El otro día (11.07.2015) estuve explorando, junto a unos amigos, las orillas del río Júcar a su paso por el término municipal de Albacete, en el paraje conocido como El Torcío. Para llegar hasta allí desde Albacete, ha de dirigirse uno por la carretera que lleva a Los Pinares, junto a Romica, y en uno de los desvíos se llega hasta el pequeño paraje, atravesando repoblaciones de pinos carrascos y piñoneros, con buenos sotobosques de romeros y coscojas en algunas zonas, y algunos nogales y encinas solitarios.

El Júcar, a su paso por el paraje de El Torcío. El Júcar, a su paso por el paraje de El Torcío.

Uno de nuestros amigos, amante de la pesca sin muerte, se entretuvo a la orilla del agua, intentando pescar alguna carpa, y mientras, fuimos a dar un paseo para explorar la zona. Alejándonos de la orilla del Júcar, las áridas laderas de las lomas aparecían cubiertas de vegetación mediterránea como romeros, coscojas, pinos carrascos y piñoneros, encinas y algunas zarzas y espinos albares, así como retamas y cardos. Las uvas de pastor (Sedum sediforme) alzaban sus amarillas inflorescencias entre los tomillos y las rocas. Muchas hierbas ya hacía días que andaban agostadas, pero los insectos se encuentran en su salsa en esta zona: calor y sol es lo que necesitan para concluir sus ciclos. Vimos varias especies de hemípteros (chinches), muy abundantes en el monte por estas fechas:
Carpocoris mediterraneus
Carpocoris mediterraneus
Carpocoris mediterraneus
Graphosoma lineatum
Jess tuvo la suerte de ver un insecto que jamás he visto, yo me lo perdí, pero al menos le hizo una foto. Se trata de una Stictocephala bisonia, una chinche saltadora de la familia Membracidae, procedente de Norteamérica, que se ha extendido mucho por el sur de Europa.
Stictocephala bisonia Stictocephala bisonia

Una de las chinches que vi y que fotografié me sorprendió horas más tarde, al comprobar la foto, ya que su escutelo servía de hogar a un pequeño grupo de ácaros parásitos chupadores de hemolinfa.

Chinche verde (Nezara viridula) parasitada por ácaros. Chinche verde (Nezara viridula) parasitada por ácaros.

Agalla de la avispa parásita Diplolepis eleganteriae sobre un foliolo de rosal silvestre (Rosa sp.). Agalla de la avispa parásita Diplolepis eleganteriae sobre un foliolo de rosal silvestre (Rosa sp.).

También hubo tiempo para la observación de aves. Las oropéndolas europeas (Oriolus oriolus) no dejaban de cantar desde los altos álamos plateados, incluso conseguimos ver una hembra; pero, sin duda, la estrella de la tarde fue un jovencito alcaudón común (Lanius senator) que se mostró muy dispuesto a ser observado por nuestros curiosos ojos, mientras devoraba una abeja. El canto de los jilgueros resonaba por el vallejo y las golondrinas rozaban el agua a toda velocidad con sus cortos picos para saciar la sed.

Alcaudón común (Lanius senator), joven. Alcaudón común (Lanius senator), joven.

La flora de la zona también tiene interés científico. Un espino albar (Crataegus monogyna), con los frutos todavía verdes, resistía implacable la insolación veraniega de media tarde, junto al camino, a unos metros del río, donde la zona perdía esa humedad característica de los bosques de galería.

Espino albar (Crataegus monogyna) Espino albar (Crataegus monogyna)

Los árboles que crecen en la orilla forman un paisaje característico. Los álamos blancos (Populus alba), de follaje plateado, parecen de purpurina cuando el viento voltea las hojas y muestra su envés blanquecino. Otros árboles comunes en la zona son el fresno (Fraxinus angustifolia), los sauces (Salix sp.) y el olmo (Ulmus minor), que no es raro por el Júcar albacetense. En las orillas, los carrizos (Phragmites australis), las cañas (Arundo donax) y las eneas (Typha domingensis) hacen imposible el acceso a las salvajes aguas del Júcar, formando un ambiente sombrío y húmedo que aprovechan los invasores peces mosquito (Gambusia holbrooki) para resguardarse y alimentarse. Estas zonas remansadas son óptimas para ellos, ya que no se aventuran al centro del cauce, donde el agua podría llevárselos, y porque se alimentan de pequeñas larvas de insectos que viven entre los tallos de estas plantas palustres.

Bosque ripario en El Torcío. Bosque ripario en El Torcío.

Fue una tarde de exploración y descubrimientos naturales en compañía de mis amigos Alex, Mariadel, Marta, Nuria y mi Jess, acompañados por el fluir de uno de los ríos que hidratan las secas tierras de nuestra zona, el Júcar.