08 noviembre 2014

Primera cita de Ophrys lutea para la Sierra de Chinchilla

    En la Sierra de Chinchilla, a pesar de su alto grado de deterioro medioambiental, es posible, todavía, encontrar diversas especies de plantas de interés típicas de la región mediterránea, bulbosas como los asfódelos, las merenderas o la escasísima Fritillaria lusitanica. También podemos encontrar dos especies de orquídeas, Ophrys fusca y Ophrys speculum. Hasta hace poco.
    El pasado día 21 de abril de este año, fui a bichear por la sierra. Volviendo ya, a mediodía, nos encontrábamos por un camino cercano a una ladera orientada al SE, a unos 900 msnm, cuando vislumbramos una orquídea común en España, la Ophrys lutea Gouan (Cav.). Se trata de la primera cita para la zona ya que en Orquídeas de la provincia de Albacete, de Rivera Núñez y López Vélez (1987), solo aparecen citadas las otras dos, que son precisamente las más comunes. Intentamos buscar más ejemplares alrededor, pero no vimos ninguno más.
Ophrys lutea

07 noviembre 2014

Cómo distinguir los tres saúcos ibéricos

    Escribo esta entrada a la vista de las estadísticas de mi blog, al cual mucha gente llega navegando por la red en busca de las diferencias entre el saúco, el yezgo, el sauquillo, el binteiro, el canillero, y una larga lista de nombres vernáculos que estas tres especies reciben. Atraídos por el nombre del blog, esperan encontrar respuesta a sus dudas. Pues aquí está:
    En la Península Ibérica contamos con 3 especies de saúco (Género Sambucus), de la familia Adoxaceae: el saúco negro (Sambucus nigra), muy común sobre todo en montañas y zonas húmedas y toda la Iberia atlántica, el sauquillo o yezgo (Sambucus ebulus), una herbácea más común en la zona mediterránea, en zonas de ramblas, bordes de ríos, acequias, etc. pero que también alcanza el norte; y finalmente, el saúco rojo (Sambucus racemosa), que tiene preferencia por las zonas más frías y es más común en los Pirineos y en algunas otras zonas del Norte, en compañía de hayas, abetos y sauces. En esta entrada no se tratan las variedades de las tres especies, que son muchas, sino las que podemos encontrar en el campo.

Clave rápida para distinguir los saúcos ibéricos:

1. a) Inflorescencias en corimbos aplanados, frutos negruzcos, plantas herbáceas, arbustivas o arbóreas.............................................................................................................................2
 b) Inflorescencias en panículas cónicas amarillentas, frutos rojizos, plantas arbustivas o arbóreas................................................................................................3. Sambucus racemosa
2. a) Flores casi siempre blancas, anteras oscuras, planta herbácea levemente ramificada en su base, rizoma subterráneo, fructificación erecta, hojas con 7-11 foliolos......2. Sambucus ebulus
  b) Flores blancas o amarillentas, anteras amarillas, arbusto o árbol de un o o más troncos, fructificación colgante, hojas con 5 a 7 foliolos.........................................1. Sambucus nigra

1. Saúco negro o común (Sambucus nigra)
Otros nombres: sauquero, sabugo, sabuguero, sahúco, sambuco, canillero, bintero. 
    El saúco negro o simplemente saúco, es el más común de los tres que se describen en esta entrada. Es un árbol o arbusto que no suele superar los 4 ó 5 metros de altura, aunque en condiciones ideales puede superar esas medidas. Se utiliza como seto y muchas veces se le considera una 'mala hierba' que se ha de eliminar. Vive prácticamente en cualquier sitio (incluyendo grietas de edificios y árboles) y tipo de suelo, pero en bosques húmedos y montañas en la Iberia mediterránea.
¿Cómo distinguirlo de los demás?
Flores: blancas o amarillo claro, en corimbos densos. Aparecen entre abril y junio, aunque en las sierras de Albacete lo he llegado a ver floreciendo en pleno julio.
Frutos: racimos colgantes de pequeñas bayas moradas o negras, con tallos rojo vino. Muchas veces, el árbol pierde las hojas y quedan los frutos.
Tronco: de corteza suberosa, curvado y con chupones, ramas 'en forma de 5' con ramillas delgadas y verticales con pocas divisiones excepto en los extremos altos, lo cual hace que a veces presenten aspecto 'llorón'. En invierno pierde las hojas.
Hojas de saúco (Sambucus nigra). Obsérvese que crecen de una rama que va endureciéndose poco a poco.
Flores de saúco común (Sambucus nigra). Cinco pétalos blanquecinos y cinco estambres amarillos.
Aspecto general de un saúco (Sambucus nigra) de tres años de edad.
Este es el que planté en mi patio en el año 2010. La fotografía es de mayo de 2013.
Tiene tres troncos principales y una altura de unos 4 ó 5 m, aunque cada año va a más. Este crece sobre suelo calizo.









Frutos de saúco (Sambucus nigra).
Saúco (Sambucus nigra).
2. Sauquillo (Sambucus ebulus)
Otros nombres: yezgo, ébulo, saúco hediondo, saúco menor, sahuquillo 
    El sauquillo es una planta herbácea provista de un rizoma reptante del que crecen largos tallos verticalmente. En otoño, estos tallos se secan, permaneciendo el rizoma latente en la tierra. Viven en cerca del agua, junto a acequias, ríos y otras zonas húmedas de interior, también en fondos de barrancos. Su presencia indica riqueza de nutrientes. Su distribución abarca desde la Península Ibérica hasta Oriente Medio. Pueden superar los 2 metros de altura.
¿Cómo distinguirlo de los demás?
Flores: actiniformes, de pétalos puntiagudos, blancas, en inflorescencias corimbiformes. Los estambres son de color púrpura. Las flores aparecen en verano, entre junio y agosto.
Frutos: racimos similares a los de la especie anterior, pero no son colgantes, sino que se agrupan en la parte superior del tallo. Aparecen a finales de verano y en otoño.
Tronco: no presenta tronco; los tallos nunca se endurecen.
Rodal de sauquillos (Sambucus ebulus) en El Charco Azul (Valdeganga, Albacete), en el río Júcar.
Flor de sauquillo (Sambucus ebulus).
Sauquillos (Sambucus ebulus) fructificando.
3. Saúco rojo (Sambucus racemosa)
    Este es el saúco más escaso de la Península Ibérica. En España, solo aparece en la zona pirenaica y parte de Navarra, así como en algunos enclaves del Moncayo. Huye de los suelos calizos y crece junto a abetos y hayas, y cercano a ríos. Es un árbol, igual que el primero de esta lista, del que se distingue por la estructura de sus flores y frutos.
¿Cómo distinguirlo de los demás?
Flores: blancas o amarillentas, en panículas de aspecto cónico. Aparecen en verano.
Frutos: rojos, brillantes. Aparecen a finales de verano y en otoño.
Tronco: de corteza suberosa, curvado y con chupones. En invierno pierde las hojas.
Flores de saúco rojo (Sambucus racemosa). Fuente: stumpfarm.com.
Racimo de frutos de saúco rojo (Sambucus racemosa). Nótese la estructura cónica de la panícula.
Engolasters (Andorra), 2022.
Saúco rojo (Sambucus racemosa) en Encamp (Andorra), 2022.

    El género Sambucus se encuentra en todos los continentes. La historia del hombre ha estado ligada a la del saúco, pues de ellos se obtienen diversas materias primas, desde madera y tintes, hasta remedios para enfermedades. Los frutos del saúco común se pueden utilizar para hacer mermeladas y postres, así como vino y zumos; y las aves aprecian los frutos de todos ellos. El humano antiguo le adjudicó propiedades mágicas (buena y mala suerte) que hoy en día se siguen recordando en algunos lugares recónditos de la Tierra.

Un encuentro desafortunado con la Crataerina hirundinis

    En mayo, ya habían vuelto los aviones comunes (Delichon urbicum) a Gran Bretaña. Una noche (18/5/2014), volvía de dar un paseo cuando encontré un avión en medio de la calle, con la cabeza debajo del ala. La escena no tenía el mejor aspecto, más que nada, porque un avión común en el suelo en medio de la noche, es un avión condenado. 
El animal no presentaba el mejor aspecto, y yo sabía que le quedaban pocas horas de vida.
    Para evitar incidentes, pensé que lo suyo sería dejarlo en un pequeño callejón que comunica el jardín con la calle, así que eso hicimos, aunque con pocas esperanzas... Lo cogí y lo entré a casa para dejarlo en dicho lugar. El avión era consciente de todo, pero no se movía mucho, y tenía los ojos muy abiertos. Lo dejamos en el suelo, pero se me ocurrió que era mejor acercarlo más a la puerta, que tiene una rendija por la cual podía salir y encontrarse con el resto de aviones de la colonia que anida en la casa. Tocarlo fue un error.
    Unos minutos después, un insecto de extraño aspecto me sorprendía bruscamente agarrado a mi mano, aunque yo prácticamente no podía notarlo. Su apariencia no era muy... mmmh... agradable, digámoslo así, así que al verlo ahogué un grito y restregué mi mano contra la colcha (lo primero que vi cerca) para deshacerme de aquel parásito y fui corriendo a lavarme las manos. Después, con una pequeña cajita de plástico transparente, volví en busca de aquella mosca que no recordaba haber visto nunca.
    ¡Qué bicho más raro! Era como una mosca amarillenta, sucia, aplanada, con patas ultradesarrolladas que le daban un leve aspecto arácnido. Las alas estaban reducidas a simples estructuras alargadas semitransparentes, parduscas y brillantes. Dentro de la cajita, se desplazaba rápidamente, como reptando. Era una mosca parásita, concretamente, una Crataerina hirundinis.
Crataerina hirundinis. © Paul Beuk
   Crataerina hirundinis es un ectoparásito, perteneciente a la familia Hippoboscidae (es un díptero, como las moscas normales y corrientes) especializado en aviones comunes por lo general, aunque, en menor medida, también puede atacar a demás hirundínidos y vencejos. Es hematófago, y sus patas están adaptadas a caminar sobre el plumaje de sus huéspedes, a los que se sujetan incluso en vuelo. 
    Al día siguiente, encontré al avión común muerto al otro lado de la puerta, es decir, en la calle, en un rincón. Otra mosca piojo, como se les llama vulgarmente, permanecía sobre el obispillo del pájaro mientras lo observábamos. Creo que fue inevitable expresar algo de repulsión sobre este animal. Lo que más llama la atención es su tamaño con respecto a su víctima. Un avión común, desde la punta del pico a la cola, puede llegar a medir unos 15 cm. La Crataerina no llegaba a un centímetro. Es como si una persona estuviera parasitada por un bicho del tamaño de un buey de mar.
El avión común, ya muerto, con una Crataerina hirundinis todavía sobre él.
    Crataerina hirundinis no pone huevos directamente, sino que, a finales de verano, pare larvas vivas que pupan poco después de nacer dentro del nido de barro de los aviones. Pasan el invierno en forma de crisálida y, con la vuelta de los aviones en primavera, emergen los adultos, y el ciclo continúa. La aparición de los adultos tal vez tenga que ver con el aumento de temperatura en el nido, ya que, no lo olvidéis, las aves también son de sangre caliente. La cópula tiene lugar en el nido.
Crataerina hirundinis
    ¿Habéis tenido alguna vez un encuentro con esta interesante especie de mosca? Si es así, podéis relatar vuestra experiencia en los comentarios.

18 septiembre 2014

El güertín de güelita, por Ignacio Abella

Entre todos los paraísos perdidos de nuestra niñez, existe uno que ocupa un lugar especial en el recuerdo. En cada casa de cada pueblo, había un pequeño jardín de paisana que pertenecía al universo de nuestros abuelos. Rodeado de un muro de piedra, con su portillo de madera, era la imagen exacta del carácter de la familia. Durante todo el verano, se dejaban sentir los aromas de los alhelíes y los rosales antiguos que se cuidaban con esmero por el simple placer y el orgullo de crear un espacio hermoso y bienoliente. Y el aire se encargaba de pregonar los efluvios, en los días de vientos sur, como si una bendición anduviera merodeando las callejas, entre caserías, cuadras y pajares.

    En aquel espacio mínimo, había un lugar para cada mundo. Allí se cultivaban los crisantemos para honrar a los muertos de la familia en el cementerio, el día de difuntos. Las calas, azucenas y gladiolos se ponían al pie de santos y altares y en la iglesia se colocaban especialmente los días de fiesta. La casa se vestía también con ramilletes de flores y siempre había algún lilar, matricarias o julianas para dar una nota de aroma y color al propio huerto. Por los rincones se mezclaban estas plantas ornamentales, con las culinarias (perejil, menta, orégano…) y medicinales (ruda, salvia, melisa…) y había una hierba para cada cosa: una regla dolorosa, una mala digestión, una gripe o catarro… También había remedios para los animales y plantas útiles para atar (formio), para ahuyentar a los topos (tártago) y para otros mil usos y necesidades.

    Había gente con “mano verde” y había un trasiego continuo de esquejes, plántulas y semillas que se pedían y regalaban entre los vecinos. “Me lo dio de buena mano” se decía si alguien te había dado un plantón y había prendido bien, pues era una señal de que te lo habían dado de corazón. El huerto y sus alrededores eran lugar y objeto de largas conversaciones sobre el tiempo y las témporas y los mil y un trucos para cultivar que incluían un refrán para cada ocasión. “Perejil en mayo para todo el año” se decía para recordar la mejor época de siembra, o “La patata y el pumar quieren ver al paisano marchar”, para indicar que se siembran muy someros (otro día haremos quizá un pequeño compendio del refranero hortelano).

    Siendo muy niño, recuerdo haber desgranado las semillas de caléndula, haber ido al huerto a por perejil o una hoja de laurel o haber pasado horas incontables literalmente en la higuera, comiendo de cuando en cuando los higos que se abrían de puro maduros y estaban señalados por la picada de un pájaro. También recuerdo que había un espacio, junto al pozo, especialmente dedicado a los niños, en el que el abuelo cultivaba unas fresas deliciosas y fragantes que saboreábamos con indescriptible deleite.

    El abuelo tenía también un trocito dedicado al vivero en el que sembraba nueces y manzanos y tenía plantones para hacer los injertos y preparar los arbolillos que irían a formar setos, pomaradas o arboledas. El huerto se extendía de esta forma al paisaje, repoblando y culturizando los montes y los setos que se cerraban con sanjuanines (aligustres), saúcos, espinos albares y otros árboles y arbustos que proporcionaban leña, flores medicinales, frutos, protección, cerramiento…

    Pero antes de nada, este huerto primoroso, tenía la función de alimentar a la familia y siempre había alguna cosecha particularmente generosa. Entonces nos mandaban a los niños con una lechuga, unas ciruelas o una coliflor a la vecina de al lado, o a familiares y amigos que participaban asiduamente de la generosidad de este cuerno de abundancia en el que se practicaban todas las formas conocidas de solidaridad, intercambio, amistad y generosidad. También se usaban todos los restos de la cocina y hasta las malas hierbas para el compost o para dar de comer a conejos, cerdos y gallinas. Ortigas, pamplinas y murajes… todo tenía un uso y un sentido en este verdadero Arca de Noé en el que infinidad de especies se alojaban. Y allí crecía una extraordinaria diversidad de variedades de frutas y de legumbres, con nombres propios y locales, fruto de siglos de sabiduría, selección y cultivo amoroso. Plantas perfectamente adaptadas al lugar y a la cultura… y cada una llevaba consigo todo su bagaje de conocimientos, milenarios quizá, sobre cómo cultivarla, conservarla, cocinarla... Mi madre cuenta que los huertos de su pueblo albergaban toda suerte de frutas de sabores paradisíacos: peras, manzanas, melocotones y abridores (albaricoques), nísperos (el europeo), pomas, ciruelos, cerezos y guindos, nogales, avellanos, vides y parras de moscatel, olivos… Tan sólo en cuestión de peras, podían contarse un sinfín de variedades que maduraban desde San Juan hasta el invierno y que se consumían crudas o en compota o se conservaban largo tiempo en los desvanes, según la clase. Lo mismo podía decirse de las verduras: cardos, borrajas y acelgas, ajos, alcachofas y vainas… y otras incontables; y aunque apenas llegamos a vislumbrar aquel momento álgido de nuestra cultura, aún hemos llegado a probar los sabores inenarrables de los racimos maduros de la antigua parra de la casa. Que yo sepa, nunca en el mundo entero ha existido ni existirá un sabor tan sublime.

    Y en el mismo huerto se cierran magistralmente los círculos, cuando dejamos florecer las más hermosas cebollas, berzas o lechugas, las más grandes y sanas, para obtener las semillas con las que volver a empezar, o cuando recogemos y revelamos los secretos de jardinero que van pasando de generación en generación, a través de una larga cadena que se remonta a un tiempo inmemorial.

    Es difícil explicar cómo en un espacio tan pequeño puede crecer tanta inteligencia y tanta cultura, tanta intensidad de gestos, nombres, significados, alimentos y medicinas, símbolos y ornamentos… Como un agujero blanco, el pequeño huerto es capaz de alimentar todos los universos, de irradiar en todas las direcciones elementos nutricios que atañen al cuerpo, la mente y el alma. Y aunque hayamos perdido una gran parte de esta tradición, siempre estamos a tiempo de recrear esa cultura en la que los paisanos aprendemos a hacernos cargo de nosotros mismos, cuidando al mismo tiempo nuestra salud y la de nuestros hijos. Practicando la economía cabal y la dignidad de vivir en un planeta que nos requiere el regreso a la tierra por todos los caminos posibles. Decía Gandhi que nuestro mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero demasiado pequeño para saciar la ambición de unos pocos. En el güertín de güelita se ha venido demostrando este hecho durante siglos y generaciones incontables.


Escrito por Ignacio Abella, el cronista de árboles, en El Correo del Sol.

28 agosto 2014

Una tarde en la Laguna de Ontalafia

Sympetrum fonscolombii
    Después de casi un mes sin publicar nada, vuelvo a las andadas. El verano se me está pasando rápido aunque con pocas salidas al campo, así que eso se traduce en pocas entradas. Hoy, sin embargo, hemos salido unos amigos y yo, y nos hemos dado un paseo por la zona de Ontalafia, a ver qué veíamos. 
    Tras atravesar las planicies de campos de cultivo, olivares, pinos y encinas dispersos, ya tarde, hemos llegado a la aldea de Abuzaderas, que lleva a la zona de la laguna. Este año, a pesar de las trombas dispersas, ha sido bastante seco, y sobre todo este mes de agosto, así que el nivel de la laguna ha bajado bastante, con lo que las aves quedaban bastante lejos. Con los prismáticos hemos conseguido divisar anátidas, fochas (Fulica atra), tres aguiluchos laguneros occidentales (Circus aeruginosus), garzas reales (Ardea cinerea) y garcetas. A esta laguna es recomendable ir equipado con un buen telescopio. Lo que más me ha llamado la atención ha sido la cantidad de libélulas que volaban.
Dardo rojo (Sympetrum sp.), con alas deterioradas.
    Me ha llamado especialmente la atención una especie tipo Aeshna, que volaban a toda velocidad, y muy agresivamente, se empujaban en el aire, enzarzándose en pequeñas luchas y persiguiéndose. Volaban entre las retamas de olor muy ruidosamente, haciendo vuelos de exhibición.
    En el camino, hemos descubierto el cadáver de una pequeña culebra viperina (Natrix maura) atropellado. El ejemplar medía unos 20 cm. y debía de llevar un día y pico muerto.
Culebra viperina (Natrix maura).
    Las masas boscosas (de aspecto más o menos natural) que crecen en las zonas visibles de las fincas en torno a la laguna de Ontalafia son de interés. En particular, por sus grandes ejemplares de pino carrasco (Pinus halepensis), que adoptan esa estructura globosa típica de los individuos añosos, asemejándose a los pinos piñoneros (Pinus pinea), que también crecen por la zona, por el aspecto de paraguas que presentan. En estos pinares en los que también se alternan zonas vestigiales de encinar, abunda el sotobosque de romeros, jaras y enebros, según he podido ver a través de la valla.
Ejemplares añosos de pino carrasco (Pinus halepensis).
Pinos piñoneros (Pinus pinea).
Interior del pinar.
Una encina (Quercus ilex) solitaria, ya llena de verdes bellotas.
    Sobre nosotros, una enorme nube de vencejos en el cielo del atardecer se ponían ciegos de mosquitos, mientras los mosquitos se ponían ciegos a nuestra costa. He visto moscas salteadoras al acecho de moscas y libélulas con pequeños insectos atrapados entre las patas. Y de repente, allí, a lo lejos, muy alto en el cielo, dos sombras afiladas de halcón veloz nos han llamado la atención. Volaban en amplios círculos sobre las nubes de mosquitos. Uno de los halconcitos, muy oscuro, nos ha hecho pensar que se trataba de dos halcones de Eleonor (Falco eleonorae). Su porte, más grande y menos "vencejoide", la manera de volar y lo oscuro del otro ejemplar, nos obligan a identificarlos como halcones de Eleonor y no como alcotanes. #ACTUALIZACIÓN: en Facebook, un grupo se inclina a pensar que se trata de alcotán (Falco subbuteo). A pesar de eso, no se explica la presencia del otro ejemplar, de morfo más oscuro, como grisáceo oscuro, del que no pudimos obtener fotografías por estar lejos del alcance de nuestras cámaras. Lo dejaremos en misterio, supongo.
El ejemplar de alcotán, anteriormente indentificado como halcón de Eleonor (Falco eleonorae). Foto de Rafa Torralba.
El mismo que el anterior.
    Tras tan agradable observación, nos dirigimos de vuelta al coche, no sin antes deleitarnos con el vuelo de unas garzas reales y las nubes que se posaban tras de la sierra que vigila la laguna de Ontalafia.