04 enero 2015

Tour fotográfico casero

    Hoy, antes de comer, a la hora de la siesta del borrego, decidí desenfundar mi cámara y explorar mi propia casa, desde la terraza hasta el patio, a ver qué me encontraba. Es sorprendente la cantidad de vida que uno puede encontrar alrededor, incluso en los lugares más inverosímiles, y por esto, un naturalista nunca dejará de sorprenderse con las idas y venidas de los estorninos del tejado, tanto como si se tratasen de buitres leonados congregándose en torno a un cadáver de cuadrúpedo en un muladar. Incluso en invierno es posible encontrar seres sorprendentes muy cerquita de nosotros, en nuestro propio hogar.
    Desde la ventana de mi habitación, hoy he podido contemplar un grupo de gorriones comunes (Passer domesticus) que merodea siempre en torno a mi casa, porque saben que siempre pueden encontrar comida, agua y refugio en el patio. Había dos machos, con su espléndido plumaje de invierno, asoleándose al borde del tejado de la casa de al lado, acompañados de algunas hembras.
Gorriones comunes (Passer domesticus), machos.
Gorrión común (Passer domesticus), hembra.
Gorrión común (Passer domesticus), hembra.
    De mi habitación he subido a la terraza, a ver si pillaba algún estornino con la cámara, pero no ha habido esa suerte. De hecho, lo único que he visto han sido los gorriones y he oido una lavandera blanca reclamando. Sin embargo, me he entretenido con los líquenes que crecen sobre las tejas...
No estoy muy puesto en líquenes, pero puedo distinguir al menos tres o cuatro tipos diferentes en la imagen.
    Los líquenes crustáceos, es decir, aquellos que crecen fuertemente unidos al sustrato (roca, madera, etc.) son, muchas veces, los primeros colonizadores visibles en cualquier estructura expuesta a los elementos. Crecen de forma marginal, extendiéndose y cubriendo amplias zonas. En ocasiones se solapan varias especies, creando un espectáculo visual a pequeña escala digno de admirar. 
    Sobresaliendo entre el mar de tejados de mi alrededor, pude observar varias especies de árboles, como el olivo (Olea europaea), la higuera (Ficus carica), el almendro (Prunus amygdalus), el árbol del paraíso (Eleagnus angustifolia), el pino carrasco (Pinus halepensis), que es el árbol más plantado en esta zona de Albacete, y el piñonero (Pinus pinea).
Semillas de ailanto (Ailanthus altissima).
Joven pino piñonero (Pinus pinea) asomando tras los tejados.
    Hacía un poco de fresco y aparte de líquenes no había mucho más que ver, así que me he dirigido al patio. En el ramaje del joven olivo del patio, una langosta mediterránea o anacridio (Anacridium aegyptium) tomaba el sol. Este mismo anacridio, lo rescatamos el otro día de la puerta de la calle, llevaba varios días allí y antes de fin de año lo metimos al patio para que no muriera aplastado en caso de ser descubierto por algún transeúnte insensible.
El anacridio es de los pocos saltamontes observables en esta
zona de Albacete en pleno invierno.
    Algunos arbustos de floración invernal como el romero o el durillo ya abrían sus capullos y algún zumbido distraido de moscardón ya sonaba bajo el sol de enero. Entre ellos, los frutos del arrayán (Myrtus communis), también llamado mirto o murta, que llevan maduros desde verano casi, pero ahí siguen. 
Frutos de arrayán (Myrtus communis).
    Finalmente, en una parte más sombría, he descubierto dos caracoles, ambos bastante comunes en zonas urbanas.
Eobania vermiculata 
Caracol común de jardín (Helix aspersa).
    Tal vez hoy no era el mejor día para "bichear", y a lo mejor si hubiera salido a la calle, habría encontrado más especies, pero simplemente me apetecía mostraros que incluso en nuestro hogar, en pleno invierno, junto a nosotros, encontramos decenas de especies bastante comunes que puede que lleguemos a minusvalorar. ¿Quién no está acostumbrado al incesante gorjeo de los gorriones? ¿Quién no ha observado alguna vez los caminitos plateados que dejan los caracoles a su paso por paredes, macetas y suelos por la noche? La naturaleza está ahí y debemos aprender a observar y entender, no solo a mirar. Solo así podremos entender que todo está conectado, todas y cada una de las especies del planeta Tierra estamos conectadas en el tejido de la vida.

06 diciembre 2014

Una visita inesperada

    Hace ya cuatro años, una tarde, andaba yo distraído por mi habitación, consultando libros sobre no sé qué suerte de diplópodo (milpiés) que había observado horas antes en el monte. No conseguía dar con la especie y en todos mis libros aparecían siempre júlidos similares, pero no la especie que yo había visto. Días después descubriría que se trataba de Ommatoiulus rutilans, un milpiés muy común en zonas de matorral mediterráneo y que no aparece en muchas guías.
    Era ya tarde, llovía fuera. Me recosté en el sillón con los ojos cerrados. Podía oir el repiqueteo del agua que bajaba lamiendo las tejas y el estruendo que producía al caer al patio, organizando un concierto cuyo sonido siempre me ha tranquilizado mucho. Tras permanecer un rato así, abrí ligeramente los ojos, enfocando directamente a las oscuras vigas de madera, y a los blancos revoltones, que hacen que el techo parezca una gran tarta de nata. Me di cuenta de que, en uno de esos huecos redondeados del techo, había una pequeña criatura que proyectaba una ligera sombra sobre la pintura blanca. Me levanté, para ver de qué se trataba. Cuál sería mi asombro al descubrir que se trataba de una araña que yo conocía muy bien pero que nunca había visto, era sin duda una araña escupidora (Scytodes velutina delicatula).
El ejemplar de Scytodes velutina, pocos segundos después de encontrarlo.
    ¡Qué alegría! Esos revoltones del techo son el lugar ideal para que varias especies de arañas establezcan sus zonas de caza, ya sean redes o simplemente como lugar de acecho. ¡Qué digo! No solo los revoltones, sino toda la casa. Desde que me interesan estos temas y tengo capacidad de identificar especies, he contado bastantes géneros, solo en mi casa, entre ellos: Pholcus, Holocnemus, Steatoda, Araniella, Araneus, Philaeus, Heliophanus, Salticus, Menemerus, Tegenaria, Misumena, Thomisus... y con esta, también Scytodes.
¡BU!
    Al verla, rápidamente la capturé con cuidado, colocándola sobre mis manos con cariño, y la puse sobre un folio en la mesa, con luz. El adorno de su prosoma, que era más grande que el opistosoma, me sorprendió, parecía una máscara de luchador mexicano. Sus patas, delgadas, translúcidas, con dos anchas bandas oscuras en las tibias, la delatan para diferenciarla de su prima hermana S. thoracica, que cuenta con cuatro bandas en cada tibia.
     Cuando se vio en peligro, la arañita se encogió en una pequeña bola, haciéndose la muerta, como se observa en la imagen inferior.
Cuando se ve en peligro, las arañas escupidoras se hacen las muertas.
    La vida y costumbres de estas arañas es entretenida. El nombre en castellano, araña escupidora, hace referencia a su manera de cazar. Estas arañas no construyen ninguna tela. Simplemente, se dedican a pasearse por la noche por rincones olvidados, techos, paredes..., a ver qué se encuentran. Son incapaces de corretear, se mueven lentamente, con el primer par de patas palpando el terreno. Muchas veces, lo primero que se encuentran son pequeñas hormigas, otras arañas, cochinillas, pececillos de plata... Una vez que se encuentra a una distancia decente de la presa, la araña dispara un chorro de seda pegajosa en zig-zag con los quelíceros, como una red, que adhiere la presa al suelo y la deja bien sujeta. Así, la araña puede devorar la presa lentamente sin necesidad de saltar o corretear detrás de ella ni construir una gran tela. Podéis ver este comportamiento en este clip de la serie de televisión "El jardín viviente".
    Según leo en un interesantísimo libro que me regalaron esta semana (The world of spiders, de W. S. Bristowe), el cortejo es casi inexistente en este grupo de arácnidos. Simplemente, cuando un macho dispuesto a aparearse encuentra a una hembra, se dedican al acto en sí mismo, con algunos tocamientos tímidos previos con las patas. Además, los machos no muestran hostilidad entre ellos. Al contrario. A veces, incluso, uno puede intentar cortejar a otro durante un rato (what? ¿homosexualidad invertebrada?), pero finalmente el cortejado acaba hartándose y le lanza una pequeña cantidad de telaraña para deshacerse de él, aunque sin ánimo de enzarzarse en lucha. El apareamiento tiene lugar durante todo el año, si bien las puestas suelen realizarse en verano.
Hembra de Scytodes con un saco de huevos sujeto a las espineretas y sujeto por los palpos.
Extraído de The World of Spiders, de W. S. Bristowe (1958).
    Una vez emergen las jóvenes arañitas, tras unas dos semanas, la madre deshace los hilos que envuelven y mantienen unidos los huevos, y permanecen junto a la madre durante unos diez días más.
    Las arañas escupidoras se desarrollan lentamente, pueden llegar a vivir unos cinco años y mudan hasta seis veces antes de alcanzar la madurez. Cuando la Scytodes siente que sus días en este mundo se acaban, se vuelve menos activa, su cuerpo oscurece y su abdomen encoge. Puede también escupir telaraña, pero como mera defensa, ya que dejan de comer hasta morir. Dicho así suena muy triste, pero así es la naturaleza. Su forma de morir me recuerda bastante a las de las mantis, el quedarse quietas, como desganadas, esperando el final hasta amanecer sin vida...
    Tras un rato de observación y toma de fotografías, dejé a la Scytodes velutina delicatula en un rincón escondido. He seguido viendo varios ejemplares de Scytodes desde entonces en diversos lugares de la casa y siempre me alegro de verlas por ahí, encogidas o paseándose por el techo, con su caracerístico movimiento de patas, en busca de algún pequeño animal que llevarse a la boca.

24 noviembre 2014

Harwich: dientes de tiburón y vuelvepiedras confiados

    Este fin de semana lo he pasado en Harwich (Essex), una pequeña ciudad costera donde se encuentra uno de los mayores puertos internacionales de Europa.
    El sábado por la mañana, bien pronto, tras haber consultado el horario de mareas (no olvidemos que esto es el Gran Atlántico Norte, y las mareas son bestiales), fuimos directos a una pequeña playa, junto a un paseo, donde un pequeño grupo de vuelvepiedras zascandileaba en busca de pequeños invertebrados y restos de peces, y más cerca de la orilla, algunos ostreros se afanaban en encontrar su desayuno. Entre la grava pulida y las acumulaciones de algas (Fucus y Laminaria), vi muchísimos ejemplares de ostra de gran tamaño  y de sus restos, incluso recogí varias valvas aún enteras, pero sin inquilino. También encontré conchas de otros moluscos como bígaros (Littorina littorea, L. obtusata), alguna que otra lapa y la invasora Crepidula fornicata, introducida desde América del Norte.
    En esta playeta, nos dedicamos a hacer lo que muchos han hecho desde hace casi 300 años: buscar pequeños fósiles procedentes de la Arcilla de Londres, sobre todo, dientes de tiburones del Eoceno (hace 55 millones de años, aproximadamente). A las 8.45 am ya estábamos en cuclillas, revolviendo la gravilla, observando minuciosamente cada pequeña piedra oscura que se daba la vuelta al pasar la gran valva de ostra que usábamos para remover la arena.
    Mientras nos afanábamos en la busca de estos pequeños tesoros sacados al exterior por la fuerza maremotriz, perdíamos la noción del tiempo. La temperatura era inferior a 7 C, pero nos sentíamos extrañamente cómodos junto a las turbias aguas del Mar del Norte, mientras nos sobrevolaban algunas gaviotas.
Algunos de los dientes de seláceos del Eoceno fosilizados que encontramos.
A la izquierda del todo, ni idea, posiblemente (según me han dicho), podría tratarse de una púa de erizo de mar del terciario; a su derecha, en segundo lugar, un cilindro con un agujero interno (¿belemnites?). Las tres estructuras grandes y oscuras sí pueden ser trozos de belemnites pulidos. A la derecha de la moneda, ni idea de lo que puede ser, pero "algo" parece.
    Uno de los tesoros que encontré fue un huevo de raya. No me lo podía creer. Son relucientes, oscuros, del color del alcohol que duerme almacenado y olvidado durante décadas en un armario de los abuelos. Me aseguré de que estuviera hueco (la pequeña raya ya había nacido, pues la estructura tenía una apertura en uno de sus extremos) y lo recogí.
El huevo de raya, ya seco. En inglés se le llama "Mermaid's purse", que significa "monedero de sirena".
    Más tarde nos dirigimos al muelle de Ha' Penny, paseando. Las gaviotas, tranquilas, descansaban sobre las empalizadas, mientras algunos vuelvepiedras comunes (Arenaria interpres) merodeaban por la zona. Nos dio la impresión de que querían acercarse, pero recelaban ligeramente, así que me incliné y estiré la mano, aunque no tuviera nada, para ver cómo reaccionaban. Para mi sorpresa, el animalito vino corriendo, estirando el cuello para ver si de verdad llevaba algo que darle. Probamos con unas miguitas de pan que nos dieron en una caseta y hasta las gaviotas se interesaron.
Gaviota argéntea (Larus argentatus) de primer invierno.
Uno de los confiados vuelvepiedras (Arenaria interpres) del muelle.
    Después de comer decidimos regresar a la playa. La marea se estaba retirando decenas de metros, dejando al descubierto pequeñas charcas y recovecos llenos de mejillones, bígaros y otros moluscos marinos. Las limícolas y gaviotas no dejaban pasar la oportunidad de darse un banquete, y agachados en un rincón de la playa, las aves se acostumbraron a nosotros. Tras un rato de observación ornitológica, continuamos hacia la otra zona de la playa donde habíamos buscado los fósiles.
Ostrero euroasiático (Haematopus ostralegus) en los bajíos.
Vuelvepiedras común (Arenaria interpres) alimentándose de los restos de un gádido (tal vez un bacalao o un eglefino).
    En esta segunda búsqueda de tesoros marinos y geológicos, reliquias del paso de la vida por la tierra, seguí recogiendo otras cositas que el mar traía o desenterraba. Entre ellas (aparte de más dientes), huesos fósiles, seguramente de algún mamífero; caparazones de cangrejos, caracolas... Un grupo de barnaclas carinegras (Branta bernicla bernicla) pasó volando a toda velocidad hacia el sur.
Trozos de huesos de mamíferos fosilizados.
Arriba: caparazón de buey de mar (Cancer pagurus).
Abajo: caparazón de cangrejo verde europeo (Carcinus maenas).
    Fue un fin de semana bastante fructífero en lo que a recolección de especímenes se refiere. Pasear por la playa en busca de tesoros que deja el oleaje (beachcombing) es una actividad que he vuelto a hacer en Inglaterra; anteriormente, lo había hecho mucho en las costas del Mediterráneo hasta que, por cuestiones de la vida, dejé de hacerlo. Pronto publicaré una entrada sobre este tema.

19 noviembre 2014

La ventana indiscreta: gato doméstico intentando cazar tórtolas turcas

    La ventana de mi habitación en Hull da a un patio trasero bastante cutre donde aparcan los coches los vecinos. Rodeándolo, hay unas verjas oxidadas y paneles de metal ya anaranjado, y detrás de estas pequeñas murallas, algunos arbustos y árboles sobresalen. 
    Si me siento en la cama, puedo ver un alto espino albar que todavía tiene hojas y frutos rojos y relucientes. En el alféizar de la ventana he dejado un pequeño cuaderno con un lápiz para ir apuntando las aves que veo cuando miro a través de ella. Empecé a apuntar el día 13 de noviembre y de momento llevo varias especies: tórtola turca (Streptopelia decaocto), gaviota reidora (Chroicocephalus ridibundus), gorrión común (Passer domesticus), petirrojo europeo (Erithacus rubecula), corneja negra (Corvus corone), jilguero europeo (Carduelis carduelis) y grajilla (Corvus monedula). Por la calle, cerca de casa, oigo otras especies de gaviota y páridos, pero no los he apuntado, porque no los he visto 'desde la ventana indiscreta'.
    Hoy me he asomado y he buscado el grupo de tórtolas turcas que veo siempre. Acuden a un fresno que hay junto al espino albar, y bajan al suelo, donde algún vecino les deja alimento. 
Tórtolas turcas (Streptopelia decaocto).
En Inglaterra son un ave típica de ciudad, pero no son tan comunes como en algunas zonas de España.
Tórtolas turcas (Streptopelia decaocto)
    Hoy estaban en el fresno tan tranquilamente, sin hacer nada, cuando el maldito gato del vecino, que le deja andar por donde quiere (un día lo cojo y le pongo un cascabel en el cuello), se ha puesto a trepar por el tronco del árbol, acercándose poco a poco a una de las tórtolas, más alejada del grupo principal.
El gato trepando hacia su presa, mientras el resto mira.
    El felino se desplazaba lentamente, sin perder de vista a la tórtola, hasta que ésta ha revoloteado y se ha posado en otro arbusto. Las tórtolas no son idiotas, por muy simples que sean a veces, así que el gato se ha quedado con cara de póker, mirando a su alrededor, mientras el grupo de tórtolas que quedaba a su lado alzaba el vuelo también. Finalmente, el minino ha bajado del árbol, hoy no desayunará tórtola.
¡JÁ! Hoy te quedas sin comer algo que no haya salido de una lata. Y diles a tus dueños que te pongan un cascabel al cuello.
Tórtola turca (Streptopelia decaocto)
    No olvidéis que los gatos domésticos que pululan por ahí son una de las principales causas de muerte de aves en zonas urbanas. Si tienes un gato y lo dejas andar por donde quiere, hazle un favor a la naturaleza: ponle un collar con dos o tres cascabeles. Así los pequeños animales que puedan ser presa del gato lo oirán antes y podrán huir a tiempo.