domingo, 7 de agosto de 2011

Un paseo

Cuando a la caída de la tarde subo la cuesta que lleva al monte y observo las hierbas estivales, ya secas, me invade una extraña sensación. Los hipéricos ya no son amarillos, son pardo-rojizos; el té de roca ya florece, las siemprevivas estiran sus flores amarillas al cielo y las demás hierbas del año ya decaen. Antes de ver las sombras del bosque, antes de avistar un pino, antes de llegar a la curva que lleva a los senderos del bosque, ya me llega el aroma de los pinos carrascos combinado con el del tomillo y el musgo. En la curva de la garita, el gran pino espera mi llegada, como alentándome en la ardua subida de la rampa. Ya llego, ya. A mi derecha, todos los pinos aplauden mi subida agitando sus ramas con el viento, y se oye una sinfonía natural cuando toca sus agujas verdes, doradas a esa hora por el sol. Sigo caminando... la carretera sigue hacia arriba tras la curva, pero yo empiezo a internarme en el bosque por uno de los senderos que, como afluentes de un gran río, desembocan en el asfalto. El sol, que al rato tocará la línea del horizonte manchego, alarga las sombras y parece que la noche comienza a extender su ejército. La caminata me lleva hasta un pino caído que permanece unido a la tierra madre con la mitad de sus raíces, mientras que la otra mitad se levanta arqueada hacia la bóveda celeste, creando un agujero entre la base del árbol y la tierra, un agujero como de vergüenza, como de algo íntimo y vergonzoso que no debe ser visto... La copa crea una pared frondosa que me oculta de la severa mirada solar durante un momento. Al llegar al enorme cortafuegos, una enorme avenida terrosa que baja desde la cumbre hasta los riscos naranjas, me detengo a observar los altos cardos, que ya están secos y sólo les cabe esperar que una lluvia, una ráfaga de viento o una nevada los arranque de cuajo. Miro hacia el pueblo y el sol me da de frente. Las plantas, los mosquitos del aire, los árboles, todo tiene una aureola de luz que les da un aspecto como de algo que se acaba, como de un verano que prepara su retirada. Hay libélulas rojas que me rodean y se posan en las pinchudas hojas y me observan, y las lagartijas se retiran a dormir. Todo se apaga en el bosque y los insectos se esconden, a pesar de que al caminar por entre las secas hierbas, decenas de saltamontes saltan para evitar que los aplaste, porque esta es la época de los saltamontes. Sigo el sendero y vuelvo a entrar al bosque; bajo los pinos ya reina lo oscuro, y no hay sombras, porque no hay luz que ensombrezca, y se muestran los árboles tal y como son, con sus negros cuerpos elevándose para captar los últimos destellos y con sus conversaciones sencillas. En un recodo, me encuentro entre el espliego, y doy a mi alma a oler las albas hojas del matorral, donde las lagartijas se esconden. Un último rayo de sol me avisa de que he de irme, pero si por mí fuera, sería una roca negra, caliza, de las que se ensanchan en los tomillares, cubiertas de líquenes y blando musgo como pelo de rata, bajo la que se guarecen sapos, escorpiones, hormigas, lagartijas y miles de extraordinarios seres ignorados, y sería feliz porque formaría parte de la unidad del bosque. Aún no he dejado mis árboles y ya los echo de menos, las agujas del pino caído, que me acarician, sin pinchar, mi cálida mano sienten mi despedida, y yo más la siento. He dejado el bosque, pero volveré, y hasta entonces no puedo dejar de pensar... ¿cuándo sera? ¿Cuándo aspiraré el aroma de los pinos, la roca blanca, el musgo, el espliego, y todos los olores que caracterizan al bosque mediterráneo?

6 comentarios:

  1. Un paseo muy expresivo, con aromas de campo, de monte, flores, insectos... dentro de poco la naturaleza cambiará de color, sentiremos otras sensaciones y otros olores, que viviremos y disfrutaremos.
    Un saludo.

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  2. Hola, Valverde de Lucerna, eso, precisamente, es lo que pretendía: expresividad, hacer sentir a los que leen lo que yo sentí.

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  3. Parece que te fueras a despedir durante una buena temporada de tu querido pinar.
    Sigue dando estos espléndidos paseos y me das un toque, que te acompañaré para buscar al búho chico entre otros animales.

    Esto parece el comienzo de un libro. Ahora faltan los dibujos…

    Saludos.

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  4. No, es que la vuelta del campo se me hace siempre muy ardua. Y la verdad, no estaría mal salir alguna vez al bosque con alguien que entienda la naturaleza de forma similar a como yo la entiendo. Te puedo guiar adonde encontré la pluma del búho chico, tal vez cerca esté el posadero.

    Dibujos habrá, pronto...

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  5. Hola Guillermo. Noto cierto aire de melancolía en tus palabras..., y me la has contagiado. Pero aún queda verano, aún te quedan días de paseos por tus amados campos. Y cuando vengas a Alicante aún se alargará más el estío... (Y recuerda que el bosque está a nuestra disposición todo el año, con sus matices, que lo hacen nuevo cada vez...)
    Me ha gustado mucho escucharte, palabras llenas de poesía, entrega y amor a la Madre... (Y cómo disfrutas!)
    Bravo Guillermo, has conseguido emocionarme, has conseguido plasmar por escrito lo que tantos sentimos cuando nos sumergimos en el bosque, cuando somos capaces de ser uno más, de descubrir al otro... (descubrir la tan perdida faceta animal)
    Gracias y un abrazo.

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  6. Sí, para disfrutar de olores nuestro monte mediterraneo, los diferentes tomillos, romeros, alhucemas nos acompañan incluso hasta la vuelta a casa. Gracias por el paseo.
    Saludos
    Piedra

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