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08 diciembre 2024

May we raise children who love the unloved things

May we raise children
who love the unloved
things – the dandelion, the
worms and spiderlings.

Children who sense
the rose needs the thorn
& run into rainswept days
the same way they
turn towards sun…

And when they’re grown &
someone has to speak for those
who have no voice

may they draw upon that
wilder bond, those days of
tending tender things

and be the ones.

Nicolette Sowder




19 agosto 2019

Canibalismo arácnido

    Realmente, no debería llamar a esto "canibalismo", pues el canibalismo se refiere al acto de alimentarse de miembros de la misma especie. Pero a grandes rasgos, me tomo la licencia de llamar así a esta situación que presencié esta mañana en el patio de casa, en una espina de un gran cactus que tengo y que mide casi tan alto como yo. La verdad es que he observado esto por casualidad, pero ahí estaba. En la foto, he conseguido captarlo todo bastante bien: se trata de una joven araña cangrejo (Thomisus onustus) con su presa, una araña saltarina del género Salticus. Por supuesto, las arañas se alimentan de cualquier artrópodo pequeño que se les acerque y consigan capturar. Y es que la araña cangrejo supera en tamaño al saltícido, lo que le permite hacerse con ella y alimentarse.
    La foto la he sacado como he podido (ambos ejemplares eran minúsculos) y aunque no me ha salido muy enfocada, me ha gustado porque me ha recordado a esos libros que se editaban en la década de los ochenta, con fotos algo pasadas y un poco desenfocadas.

25 diciembre 2017

Un buen año

    Llega el final del año y recapacito sobre mis industrias y andanzas de 2017. Un año curioso, de cambios siempre para bien y de desarrollos, de descubrimientos e inesperados viajes y encuentros. En la vida, uno se encuentra ante situaciones que le abocan a llevar un camino u otro y estoy orgulloso de los senderos que he tomado ante las situaciones que se me han impuesto ya sea por otras personas o por la vida misma. 
    En marzo, viajé a Barcelona, a conocer a unos viejos amigos con quienes compartía (y comparto) una amistad desde 2007, a raíz de un artículo en la revista National Geographic. 
Carl Safina y Patricia Paladines, desde Nueva York a Barcelona. Carl es autor de varios libros y ha dedicado su vida al estudio del comportamiento de los animales y a la protección de la vida salvaje, así como a la divulgación de la naturaleza.
    En el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona se celebró el festival Kosmopolis, donde mi amigo Carl habló sobre conciencia animal, empatía, aprendizaje, imitación y otros tipos de comunicación no verbal entre los animales. Aunque íbamos muy apretados de tiempo, pude ir a verles y darles un fuerte abrazo tanto a Patricia como a Carl y escuchar atentamente la interesante charla de Carl:
    Son personas a las que quiero y admiro, y les agradezco infinitamente sus mensajes de apoyo en tiempos difíciles, pues yo, como muchos otros niños, sufrí acoso escolar y sus palabras siempre me ayudaron. Nunca olvidaré un párrafo que me escribió Carl allá por 2008: "Don't waste time and energy hating your situation or your city, think about how you will educate yourself and get the skills that will allow you to leave and to do more of what you want. Because you see the difference, you will be better motivated to work and better able to appreciate the opportunities that you will open up for yourself". Y es verdad que, haciendo caso de sus palabras, he podido contemplar cambios profundos a medio plazo.
    Dejando atrás el oscuro invierno, la primavera siguió soleada y poco lluviosa, aunque llena de flores, sobre todo orquídeas. Recorrí varios puntos de la provincia de Albacete con mi amigo Juan Pablo López Aracil, con quien descubrí varias joyas botánicas interesantísimas.
Algunas observaciones botánicas de interés con mi amigo Pablo: de izq. a der. Cistus creticus, Neotinea maculata, Ophrys sphegodes, Himantoglossum hircinum, Ophrys scolopax.
    En primavera, estuve varios días en Madrid, haciendo un poco de ilustración científica con los de Il·lustraciència. Aprovechando la visita, me pasé varias mañanas en el Real Jardín Botánico, donde me lo pasé pipa.
    A lo largo de los meses siguientes, visité también otros lugares de mi provincia, algunos con paisajes espectaculares y especies que nunca había visto, sorprendentes todos ellos. Y no sólo en Albacete, sino también de otras provincias y regiones. El verano llegó como lo esperaba, lleno de "bicheo" a raudales, solo, con compañeros de Fauna y Flora de Albacete o con otros amigos que también aman la naturaleza. 
    En el patio de casa, he notado un gran cambio, pues nunca había visto tal cantidad de animales nuevos visitando mis plantas. Hasta he tenido un nido de mirlo en el saúco a la vez que uno de gorriones en un hueco del tejado y otro de golondrinas (las de todos los años).
Sarcophaga sp.
Chrysotoxum intermedium
Menemerus semilimbatus
    También en la costa pude bichear bien, como escribí en esta entrada de julio. Lo pasé (pasamos) en grande. Y finalmente, me fui a Galicia, a ver a mi amigo Alfonso. Eso sí que fue una aventura, una buena andanza. Posteriormente, junto a María del Mar, hemos seguido explorando la Tierra, lo que nos han permitido los estudios y el trabajo.
Domingo, mi nuevo amigo.
    Poquito a poquito, he conseguido hacer de este año uno muy especial. Las piezas del "destino", o como queramos llamarlo, las voy poco a poco encajando unas con otras, conformando el camino empedrado por el que he de transitar por la vida, fijándome siempre en la naturaleza, intentando protegerla y compartir su belleza con todos. Además, este año, he recolectado más bellotas que nunca, de las tres quercíneas más extendidas por la provincia de Albacete. En ARBA estamos que nos salimos.
    De lo que más orgulloso estoy este año es de la cantidad de paseos que me he dado por la Sierra de mi pueblo, donde he encontrado nuevos registros de plantas la mar de interesantes, tanto solo como con María del Mar y con Pablo. Olé.
Con las Colutea hispanica.
Con el olmo viejo del Rincón de Haro (Sierra de Chinchilla).
    Gracias a todos mis amigos, a María del Mar, Marta, Nuria, Alfonso, Pablo, Ismael, Alberto, Fanny, Debbie, María (Meri Yeinn), Jose, Patri, a todos los del grupo de Fauna y Flora de Albacete i als meus pares i germana perquè sense vosaltres no sería qui soc, y a todos aquellos que me habéis acompañado y os habéis portado conmigo como verdaderos amigos, que no os nombro porque si no no tengo suficiente espacio en el blog. Feliz 2018.

Estos son los sitios donde se han posado mis pies este año: dos países y miles de kilómetros recoridos. ¿Qué me deparará el 2018?

19 abril 2017

Una mañana de abril en el patio

    Salgo al patio cuando todavía el sol no lo ilumina, aún está al otro lado de la tapia. Deben de ser las once menos cuarto de la mañana. Me siento en una silla en medio del patio, corre el aire, la temperatura no llega a los 15C. Me fijo en las plantas, muchas parecen dormidas aún. La jara blanca ya ha abierto decenas de grandes flores rosadas. Las otras jaras aún están desperezándose, hasta que no les dé el sol, no abrirán sus flores blancas, como es el caso del Cistus salviifolius. Las flores de los alhelíes, los tulipanes, las lobularias, el carraspique y de los pensamientos parecen apagadas. No se oye ningún zumbido, pero sí los gorjeos de los estorninos negros, los cantos de las golondrinas, que llegaron hace un mes y surcan los cielos de Chinchilla a toda velocidad, y el griterío de los gorriones. Algún vencejo vuela en lo alto. Veo llegar a un gorrión y meterse a toda velocidad en una grieta bajo el techado. Segundos después, las crías a las que alimenta emiten sus agudos y apagados silbidos.
    Observo el recorrido de la luz del sol, que va iluminando ciertos rincones poco a poco, mientras las plantas van desperezándose y los primeros insectos comienzan a hacer acto de aparición. Los más rápidos en llegar son los dípteros: moscas y moscardones del género Calliphora. Aparece también algún enorme Sarcophaga, de enormes ojos rojos y rayado tórax. Las hormigas llevan horas atareadas. En el patio hay muchas Lasius cinereus que granjean los pulgones que atacan mis plantas, aunque yo les dejo hacer lo que quieran (sólo cuando me encuentro ramas enteras cubiertas de estos chupópteros es cuando actúo en su contra, sin veneno, eso sí). Esta vez, las hormigas y los pulgones se encuentran sobre las flores de Sedum palmeri, que también visitan las primeras Eristalis, creo que E. tenax. También llegan otros sírfidos o moscas cernícalo, que permanecen quietas en el aire, como si dudasen qué flor visitar. Observo una Episyrphus balteatus cerca de mí.
    Por fin llegan los primeros himenópteros, algunos de ellos van directos al hotel de insectos. Les oigo vibrar mientras construyen sus celdillas en los túneles de la madera. Otros van a las flores. Alguna avispa papelera también va llegando, aunque son más heliófilas y no es hasta el mediodía cuando invadirán el lugar.
    Las jaras floridas son las estrellas de esta época. Atraen más insectos que ninguna otra planta del patio, así que centro mi atención en ellas: moscas e himenópteros aprovechan sus flores como nadie, y deben darse prisa, porque duran solamente un día, aunque éstas son profusas durante varias semanas. Llegan a visitarla 4 ó 5 ejemplares de Rhodanthidium sticticum, que se especializan en las flores de las jaras, y estoy contento de que vengan. El zumbido de una Vespa me pone algo alerta mientras la observo curioseando en las ramas del saúco, que, este año, florece muy pronto, desde este mes de abril, cuando lo normal es que lo haga a partir de mediados de mayo hasta junio. Otro zumbido capta mi atención, es la enorme Xylocopa violacea, que viene a curiosear. 
    Finalmente, llegan los lepidópteros. Tres especies de mariposas cuando el sol ya está alto aparecen en busca de flores: la blanca de la col, la podalirio y la mariposa de los muros. Esta última es la que más tiempo se queda, llegando incluso a posarse en el suelo.
    Qué agradecido es el mundo de los insectos cuando se le favorece colocando unas cuantas plantas que les sirvan de alimento o refugio. Es maravilloso que haya llegado la primavera... esto solo acaba de empezar.
Eristalis tenax sobre Sedum palmeri.
Tulipán, no sé qué variedad es. Vi unos parecidos en el Real Jardín Botánico, pero se me olvidó mirar qué nombre tenían.
Asteriscus maritimus
Iberis sempervirens
Tulipanes, también desconozco la variedad.
Lasius cinereus sobre flores de Sedum palmeri.
Cistus albidus
Sambucus nigra


Cistus albidus 
Eristalis tenax libando flores de Sedum palmeri.

08 noviembre 2016

Cómo pasa el tiempo

     No parece que fuera ayer cuando inició su andadura este blog, al contrario de lo que se suele decir: soy muy consciente de los años que pasan y de la edad de todas mis industrias, del tiempo que ha pasado desde el momento de su creación. Hace unos días, el blog de El Saúco cumplió seis años, al menos, esta versión, ya que creé un esbozo de blog tiempo antes en WordPress, hacia 2007. Si bien muchas veces he sido bastante inconstante a la hora de subir mis observaciones naturales, por lo general he escrito y añadido fotografías de casi todas las excursiones dignas de mención. Muchas etapas ha visto este blog, Inglaterra, Alicante, Albacete, y espero que siga viendo muchas más y, por supuesto, que siga recibiendo visitas y comentarios de todos aquellos interesados en las curiosidades de la naturaleza. Me llena de ilusión encontrarme a gente que me dice cosas como: "Sigo mucho tu blog" o "Qué curioso aquello que visteis en Alcaraz" o "No sabía yo que hubiera tanta vida salvaje en Gran Bretaña". (Re)conocer gente en persona con la que solo me he comunicado a través de este blog me alegra sobremanera. Ver que muchas personas realmente aprenden al leerme. Conocer a gente maravillosa a través de él. Llegar a los 199 seguidores. Todo ello hace que este blog tenga razón para existir. Por eso sigo pensando que escribir un blog es una experiencia muy grata y lo recomiendo a todo el mundo que tenga ganas de contar cosas.

    Muchas gracias a todos por todos estos años y por seguirme.
Una pareja de escarabajos del romero (Chrysolina americana), hace unos días en la Vía Verde de La Pulgosa (AB),
con mi amigo Antonio Muñoz "Asalto".

18 septiembre 2014

El güertín de güelita, por Ignacio Abella

Entre todos los paraísos perdidos de nuestra niñez, existe uno que ocupa un lugar especial en el recuerdo. En cada casa de cada pueblo, había un pequeño jardín de paisana que pertenecía al universo de nuestros abuelos. Rodeado de un muro de piedra, con su portillo de madera, era la imagen exacta del carácter de la familia. Durante todo el verano, se dejaban sentir los aromas de los alhelíes y los rosales antiguos que se cuidaban con esmero por el simple placer y el orgullo de crear un espacio hermoso y bienoliente. Y el aire se encargaba de pregonar los efluvios, en los días de vientos sur, como si una bendición anduviera merodeando las callejas, entre caserías, cuadras y pajares.

    En aquel espacio mínimo, había un lugar para cada mundo. Allí se cultivaban los crisantemos para honrar a los muertos de la familia en el cementerio, el día de difuntos. Las calas, azucenas y gladiolos se ponían al pie de santos y altares y en la iglesia se colocaban especialmente los días de fiesta. La casa se vestía también con ramilletes de flores y siempre había algún lilar, matricarias o julianas para dar una nota de aroma y color al propio huerto. Por los rincones se mezclaban estas plantas ornamentales, con las culinarias (perejil, menta, orégano…) y medicinales (ruda, salvia, melisa…) y había una hierba para cada cosa: una regla dolorosa, una mala digestión, una gripe o catarro… También había remedios para los animales y plantas útiles para atar (formio), para ahuyentar a los topos (tártago) y para otros mil usos y necesidades.

    Había gente con “mano verde” y había un trasiego continuo de esquejes, plántulas y semillas que se pedían y regalaban entre los vecinos. “Me lo dio de buena mano” se decía si alguien te había dado un plantón y había prendido bien, pues era una señal de que te lo habían dado de corazón. El huerto y sus alrededores eran lugar y objeto de largas conversaciones sobre el tiempo y las témporas y los mil y un trucos para cultivar que incluían un refrán para cada ocasión. “Perejil en mayo para todo el año” se decía para recordar la mejor época de siembra, o “La patata y el pumar quieren ver al paisano marchar”, para indicar que se siembran muy someros (otro día haremos quizá un pequeño compendio del refranero hortelano).

    Siendo muy niño, recuerdo haber desgranado las semillas de caléndula, haber ido al huerto a por perejil o una hoja de laurel o haber pasado horas incontables literalmente en la higuera, comiendo de cuando en cuando los higos que se abrían de puro maduros y estaban señalados por la picada de un pájaro. También recuerdo que había un espacio, junto al pozo, especialmente dedicado a los niños, en el que el abuelo cultivaba unas fresas deliciosas y fragantes que saboreábamos con indescriptible deleite.

    El abuelo tenía también un trocito dedicado al vivero en el que sembraba nueces y manzanos y tenía plantones para hacer los injertos y preparar los arbolillos que irían a formar setos, pomaradas o arboledas. El huerto se extendía de esta forma al paisaje, repoblando y culturizando los montes y los setos que se cerraban con sanjuanines (aligustres), saúcos, espinos albares y otros árboles y arbustos que proporcionaban leña, flores medicinales, frutos, protección, cerramiento…

    Pero antes de nada, este huerto primoroso, tenía la función de alimentar a la familia y siempre había alguna cosecha particularmente generosa. Entonces nos mandaban a los niños con una lechuga, unas ciruelas o una coliflor a la vecina de al lado, o a familiares y amigos que participaban asiduamente de la generosidad de este cuerno de abundancia en el que se practicaban todas las formas conocidas de solidaridad, intercambio, amistad y generosidad. También se usaban todos los restos de la cocina y hasta las malas hierbas para el compost o para dar de comer a conejos, cerdos y gallinas. Ortigas, pamplinas y murajes… todo tenía un uso y un sentido en este verdadero Arca de Noé en el que infinidad de especies se alojaban. Y allí crecía una extraordinaria diversidad de variedades de frutas y de legumbres, con nombres propios y locales, fruto de siglos de sabiduría, selección y cultivo amoroso. Plantas perfectamente adaptadas al lugar y a la cultura… y cada una llevaba consigo todo su bagaje de conocimientos, milenarios quizá, sobre cómo cultivarla, conservarla, cocinarla... Mi madre cuenta que los huertos de su pueblo albergaban toda suerte de frutas de sabores paradisíacos: peras, manzanas, melocotones y abridores (albaricoques), nísperos (el europeo), pomas, ciruelos, cerezos y guindos, nogales, avellanos, vides y parras de moscatel, olivos… Tan sólo en cuestión de peras, podían contarse un sinfín de variedades que maduraban desde San Juan hasta el invierno y que se consumían crudas o en compota o se conservaban largo tiempo en los desvanes, según la clase. Lo mismo podía decirse de las verduras: cardos, borrajas y acelgas, ajos, alcachofas y vainas… y otras incontables; y aunque apenas llegamos a vislumbrar aquel momento álgido de nuestra cultura, aún hemos llegado a probar los sabores inenarrables de los racimos maduros de la antigua parra de la casa. Que yo sepa, nunca en el mundo entero ha existido ni existirá un sabor tan sublime.

    Y en el mismo huerto se cierran magistralmente los círculos, cuando dejamos florecer las más hermosas cebollas, berzas o lechugas, las más grandes y sanas, para obtener las semillas con las que volver a empezar, o cuando recogemos y revelamos los secretos de jardinero que van pasando de generación en generación, a través de una larga cadena que se remonta a un tiempo inmemorial.

    Es difícil explicar cómo en un espacio tan pequeño puede crecer tanta inteligencia y tanta cultura, tanta intensidad de gestos, nombres, significados, alimentos y medicinas, símbolos y ornamentos… Como un agujero blanco, el pequeño huerto es capaz de alimentar todos los universos, de irradiar en todas las direcciones elementos nutricios que atañen al cuerpo, la mente y el alma. Y aunque hayamos perdido una gran parte de esta tradición, siempre estamos a tiempo de recrear esa cultura en la que los paisanos aprendemos a hacernos cargo de nosotros mismos, cuidando al mismo tiempo nuestra salud y la de nuestros hijos. Practicando la economía cabal y la dignidad de vivir en un planeta que nos requiere el regreso a la tierra por todos los caminos posibles. Decía Gandhi que nuestro mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero demasiado pequeño para saciar la ambición de unos pocos. En el güertín de güelita se ha venido demostrando este hecho durante siglos y generaciones incontables.


Escrito por Ignacio Abella, el cronista de árboles, en El Correo del Sol.

12 mayo 2013

Escapar dibujando o morir

    En una época en la que las situaciones, personas y comentarios te superan, encontrar una vía de escapada es el único modo de seguir adelante. Cada papel en blanco, no importa la calidad, es un universo por crear, un horizonte por descubrir, y cualquier garabato, un amigo con el que sentirse a gusto.
    Las imágenes en estos papeles se agrupan, solapándose sin orden ni concierto, pero ayudándome a crear. Los recuerdos de excursiones al campo que duermen en el fondo de mi mente afloran en esos momentos en que doy rienda suelta a mi mano, conectada por tendones a los músculos, esclavos del cerebro creador.
    El problema surge cuando no hay papeles en blanco a mano y el único modo de aguantar es respirar hondo y dar un paso al frente, sin mirar atrás, como cuando vuelves del monte a oscuras prácticamente, después de haber estado escuchando la llamada del Gran Duque.

07 agosto 2011

Un paseo

Cuando a la caída de la tarde subo la cuesta que lleva al monte y observo las hierbas estivales, ya secas, me invade una extraña sensación. Los hipéricos ya no son amarillos, son pardo-rojizos; el té de roca ya florece, las siemprevivas estiran sus flores amarillas al cielo y las demás hierbas del año ya decaen. Antes de ver las sombras del bosque, antes de avistar un pino, antes de llegar a la curva que lleva a los senderos del bosque, ya me llega el aroma de los pinos carrascos combinado con el del tomillo y el musgo. En la curva de la garita, el gran pino espera mi llegada, como alentándome en la ardua subida de la rampa. Ya llego, ya. A mi derecha, todos los pinos aplauden mi subida agitando sus ramas con el viento, y se oye una sinfonía natural cuando toca sus agujas verdes, doradas a esa hora por el sol. Sigo caminando... la carretera sigue hacia arriba tras la curva, pero yo empiezo a internarme en el bosque por uno de los senderos que, como afluentes de un gran río, desembocan en el asfalto. El sol, que al rato tocará la línea del horizonte manchego, alarga las sombras y parece que la noche comienza a extender su ejército. La caminata me lleva hasta un pino caído que permanece unido a la tierra madre con la mitad de sus raíces, mientras que la otra mitad se levanta arqueada hacia la bóveda celeste, creando un agujero entre la base del árbol y la tierra, un agujero como de vergüenza, como de algo íntimo y vergonzoso que no debe ser visto... La copa crea una pared frondosa que me oculta de la severa mirada solar durante un momento. Al llegar al enorme cortafuegos, una enorme avenida terrosa que baja desde la cumbre hasta los riscos naranjas, me detengo a observar los altos cardos, que ya están secos y sólo les cabe esperar que una lluvia, una ráfaga de viento o una nevada los arranque de cuajo. Miro hacia el pueblo y el sol me da de frente. Las plantas, los mosquitos del aire, los árboles, todo tiene una aureola de luz que les da un aspecto como de algo que se acaba, como de un verano que prepara su retirada. Hay libélulas rojas que me rodean y se posan en las pinchudas hojas y me observan, y las lagartijas se retiran a dormir. Todo se apaga en el bosque y los insectos se esconden, a pesar de que al caminar por entre las secas hierbas, decenas de saltamontes saltan para evitar que los aplaste, porque esta es la época de los saltamontes. Sigo el sendero y vuelvo a entrar al bosque; bajo los pinos ya reina lo oscuro, y no hay sombras, porque no hay luz que ensombrezca, y se muestran los árboles tal y como son, con sus negros cuerpos elevándose para captar los últimos destellos y con sus conversaciones sencillas. En un recodo, me encuentro entre el espliego, y doy a mi alma a oler las albas hojas del matorral, donde las lagartijas se esconden. Un último rayo de sol me avisa de que he de irme, pero si por mí fuera, sería una roca negra, caliza, de las que se ensanchan en los tomillares, cubiertas de líquenes y blando musgo como pelo de rata, bajo la que se guarecen sapos, escorpiones, hormigas, lagartijas y miles de extraordinarios seres ignorados, y sería feliz porque formaría parte de la unidad del bosque. Aún no he dejado mis árboles y ya los echo de menos, las agujas del pino caído, que me acarician, sin pinchar, mi cálida mano sienten mi despedida, y yo más la siento. He dejado el bosque, pero volveré, y hasta entonces no puedo dejar de pensar... ¿cuándo sera? ¿Cuándo aspiraré el aroma de los pinos, la roca blanca, el musgo, el espliego, y todos los olores que caracterizan al bosque mediterráneo?

01 mayo 2011

Mayo

Calandria
Que por mayo era, por mayo,
cuando face la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecica
que me cantaba el albor...
Matómela un ballestero
¡déle Dios mal galardón!

Anónimo, s. XV-XVI

10 abril 2011

El zorro muerto

Hoy está el cielo azul y el sol brilla con fuerza, las amapolas se abren como con vergüenza, y las aves llenan la brisa de sutiles cantos primaverales. Pero hay un deje de tristeza en La Mancha, porque esta mañana, había un zorro muerto a un lado de la carretera. Estaba inmóvil y con los ojos cerrados, la cabeza hundida en una mata de tomillo, aspirando un olor eterno, el olor de la muerte imprevista, y el aire hacía bailar su mata de pelo dorado de la cola. El raposo, muerto para siempre, inerte como un peluche naranja. Incluso en la voz de los pájaros se percibe esa nostalgia por la vida de otro ser del bosque. No le dio tiempo a apartarse, se quedó inmóvil o calculó mal el tiempo para cruzar la calzada. Nunca lo sabremos. Las patas de terciopelo negro están encogidas debajo de su cuerpecillo de acero, como si durmiera dulcemente, y las orejas, como aleteando, parecen moverse en no sé qué bailoteo de alegría. Pero este zorro ya no se alegrará más. Porque lo han matado y nadie puede traerlo de vuelta. Ya no correrá tras de las perdices, ni olisqueará al erizo, ni chillará de impotencia porque no puede atrapar al lirón que corrió tras el tronco.

Las aves, con tristeza, se alejan en el horizonte.

10 febrero 2011

Desde la ventana

Mi clase está en el último piso. Me siento al lado de la ventana, cerca del radiador. Por la mañana, me gusta observar cómo se eleva el sol sobre los tejados de las afueras de la ciudad, mientras la escarcha que los cubre intenta deshacerse. A veces, un estornino negro se posa sobre ella y, asustado por el gélido suelo, se aleja emitiendo chillidos de desdén, sin duda, aunque yo no los pueda oír, porque ya está [...] A lo lejos, el Monte se eleva como quitándose las sabanas de la niebla nocturna y, aunque está a 15 kilómetros de mí, sigue estando majestuoso, alto y tan replantadísimo como siempre.

Muchas veces, en una antena cercana, un colirrojo tizón se posa, ahuecando las alas. Me entretengo observando cómo unos estorninos se pelean como hienas por un trozo de alimento. Pero eh, que yo hago esto si no hay profesores explicando, si los hay, les miro a ellos, aunque muchas veces sea más interesante lo otro.

El año pasado construyeron un edificio en el patio del instituto y trasplantaron (¿no debería ser "transplantar"? Siempre lo he pensado) un montón de moreras al exterior, las cuales fueron podadas monstruosamente (¡joder, qué manía con podarlo !). En su lugar pusieron este edificio del que os hablo, sobre el que se muere la escarcha por la mañana y sobre el que los estorninos se pelean siempre por una piña que lleva en ese suelo una eternidad y media. 

Terminan seis horas de clase, recojo mis cosas, miro una última vez a la antena sobre la que se posan todos los pájaros de Albacete y me marcho. De camino a casa, un agateador común serpentea ascendiendo por el tronco de un pino del parque...

Queridos todos: últimamente mi vida se reduce a estas líneas.



15 enero 2011

Descubrir libros

Lo admito. Me encanta cotillear, churripetear, fisgonear, husmear. Hay un lugar en el que me encanta hacer esto y ese lugar es la casa de mis abuelos. Allí hay una habitación con libros por todos lados. A veces, entre dos libros alargados y oscuros, aparece uno de principios del siglo XX sobre animales. Éso es lo que yo busco en casa de mis abuelos. Según me han contado, a mi bisabuelo le gustaban también mucho los animales, así que tenía libros sobre ellos, lo malo es que nadie se preocupó de esos libros y a veces aparecen así, sin más. Recuerdo que me cansé de que aparecieran sin más y desde entonces he encontrado muchos librillos, algunos de notable calidad, como una trilogía de Fabre que trata sobre los insectos en general y que es de el año 1920; otro de Maeterlink sobre las abejas de 1909 y varios más. Pero de todos esos libros, los que más sensación han causado en mi casa, sin duda, han sido los que forman la enciclopedia de la Fauna, de Felix Rodríguez de la Fuente. Aparecieron un día, cuando corrí un sillón que estorbaba. Apareció ahí la enciclopedia entera, con ese olor (estoy seguro de que todos los españoles que tengan esta colección saben cuál es) tan característico y sus letras doradas. No me lo creía, pero imaginaos lo que sentí. A pesar de no tratarse de libros muy antiguos (son de los años 70), sin duda eran el premio gordo. Además yo, por aquel entonces, estaba acostumbrado a encontrarme libros de los años 10, 20 y 30 como mucho y unos tan nuevos como éstos me parecía raro que no hubiesen sido encontrados antes. Pero ahí estaban, esperando que yo los cogiera y los leyese.