jueves, 15 de diciembre de 2011

Finis autumni

Parque de Abelardo Sánchez (Albacete)
Díxenlle á rula: Pase miña señora!
E foise polo medio e medio do outono
por entre as bidueiras, sobre o río.
O meu anxo da garda, coas azas sobre o brazo dereito,
na man esquerda a calabaciña da auga,
ollando á rula irse, comentóu:
-Calquera día sin decatarte do que fas
dices: Pase miña señora!
e é a alma tua á quen despides como un ave
nunha mañán de primavera
ou nun serán de outono.

                                                 Álvaro Cunqueiro.

viernes, 9 de diciembre de 2011

El encuentro

Estaban demasiado cerca de mí. Conseguí extender el zoom hasta la cabeza de un individuo cercano, tras una hilera de espartos. Habría como unas siete. Las más cercanas no dejaban de mirarme, nerviosas. Al rato, debieron de pensar que yo no suponía un peligro y varias siguieron caminando y otras miraban hacia otro lado. Había una hembra, sin embargo, que no me quitaba ojo, y la notaba nerviosa. Notaba sus ojos ámbar clavados en mí, perturbados. La miré. De repente, emitió un sonido que me atravesó, ¡¡PSÍÍÍÍUH!! como una especie de silbido venido de las entrañas de las cumbres mediterráneas, gobernadas por la hembra cabría. Era una advertencia. "Es hora de irme", pensé, pero yo no quería irme, aunque continué el camino. Luego, más adelante, pude observar otra vez al grupo desde otra zona más alta. Estaban tranquilas, silenciosas, ramoneaban. Descendí unos metros por la ladera, para acercarme más a ellas, bajo las copas de los pinos, a la sombra del atardecer. Todavía no me veían, pero me escurrí y una de ellas levantó la cabeza. Creo que me vieron, pero yo silbé como lo había hecho la hembra para advertirme de que no me acercara más. Al oír el silbido, varias levantaron las recias cabezas, algo torcidas, coronadas con la ancestral cuerna ibérica. Seguí sentado en una roca, casi petrificado por la presencia de aquellos seres, con la cámara con el zoom al máximo en una mano y con los prismáticos en la otra. Gracias a estos últimos pude observarlas con mayor detenimiento, sobre todo a las que cada vez estaban más lejos. Yo no me esperaba una aparición así en un lugar como aquel, pero allí estaban. Las observé durante un rato más, seguían descendiendo, se paraban a pastar y después seguían. El cabritillo no se separaba de la madre, que era de color beige y tenía la mirada típica de las cabras, la mirada ocre y horizontal, salvaje y ausente, de quien ha atravesado las cárcavas y los cerros ibéricos para criar a aquel cabritillo. Había un macho joven que permanecía con la mirada fija en el cielo que se teñía de oro por las últimas luces del día. De repente, un pequeño grupo de pájaros sobrevoló los pinos y levanté la mirada. Fue una milésima de segundo, pero volví a mirar y ya no estaban. Como el humo, se habían ido, me habían dejado con un leve sentimiento de soledad y una alegría infinita, capaz de hacerme ignorar los comentarios de aquellos que piensan que ver una cabra montés en el monte es una vivencia de lo más normal del mundo.

"tenía la mirada típica de las cabras, la mirada ocre y horizontal, salvaje y ausente, de quien ha atravesado las cárcavas y los cerros ibéricos"


martes, 6 de diciembre de 2011

Empieza la repoblación

    Por una entrada que escribí hace unos meses, ya conocéis mi obsesión por hacer del bosque de la Sierra de Chinchilla un bosque típico de clima mediterráneo continentalizado, un bosque como dios manda, añadiendo al pinar replantado de pino carrasco algunas especies arbustivas y arbóreas localizables en bosques cercanos. Lo que se conseguiría con esto es una mayor biodiversidad típica de esta zona de Albacete, tan maltratada por la oscura mano del ser humano. Como sabéis, el bosque que cubre la parte sur de la Sierra de Chinchilla, concretamente el Cerro de San Cristóbal, el Alto de Almazara y el Alto de la Mina hasta el Morrón, es un pinar replantado en los años 1960-1970. En aquella época, las replantaciones sólo se hacían de una especie, con lo cual se olvidaban del piso arbustivo. Es cierto que zonas que han sido replantadas en los últimos años ya varían más en las especies utilizadas (Juniperus oxycedrus, Pinus sp, Rosmarinus officinalis, Quercus ilex, etc.), pero, por desgracia, aquellas replantaciones antiguas no contienen mucha variedad botánica si antiguamente fueron arrasadas, con lo cual los arbustos aparecen deslocalizados o directamente no hay, lo que origina una menor variedad faunística, que es lo que importa conseguir aquí también.
    Pues bien, el otro día conseguí unas cuantas bellotas de quejigo (Quercus faginea) en el Parque Periurbano de La Pulgosa. También conocido como roble carrasqueño, se trata de un árbol muy abundante en las Sierras de Segura y Alcaraz, que son uno de los ejemplos a seguir en esta... "operación". El quejigo es un árbol marcescente (es decir, que las hojas, tras secarse en el otoño, permanecen en el árbol hasta la siguiente primavera) que alcanza los 20 m de altura y habita las zonas centro-sur de la Península, hasta el N de África. Tras la mala experiencia que tuve con unas bellotas de encina, que resultaron estar todas parasitadas por gorgojos, las de quejigo no contenían larvas en su interior. Hoy he salido al monte a plantarlas, observando cuidadosamente qué zonas serían las mejores e imaginándome ya árboles centenarios junto a los pinos carrascos, pero peco de inocente. En total he plantado unas 12 bellotas de quejigo y 2 de coscoja (Quercus coccifera), pero no me ha quedado más remedio que recordar, muy a mi pesar, que cerca hay cabras que podrían zamparse los brotes, por no hablar de los conejos y de los ratones de campo; pero oye, están en todo su derecho de comerse tan exquisitos manjares. Sólo queda acordarse (gracias, Lu) del Hombre Que Plantaba Árboles para darme cuenta de lo que consiguió hacer durante su vida. Durante el paseo en busca de lugares propicios para la plantación de estos árboles, me he encontrado con estos agradables seres:




     Algunas parecían dormidas bajo la alfombra de acículas y las había de todos los tamaños. No conozco el nombre de estos hongos, así que si alguno de vosotros los conoce, agradecería mucho su intervención. La verdad es que de micología no he entendido mucho nunca, conozco algunas especies, pero luego me cuesta bastante relacionar la seta que estoy observando con la que aparece en la ficha de la guía de campo. El suelo estaba repleto de musgos verdes, casi fosforescentes, y de hierbecillas. Había también una especie de... no sabría como describirlo, pero disculpad mi vulgaridad: era como un escupitajo de babosa blanco y con burbujas, ni idea de qué podría ser, pero he visto varios, envolviendo palos y acículas secas.
Volviendo al tema de las repoblaciones, he de decir que todavía queda lo mejor, porque con 14 bellotas no se soluciona mucho. Este verano planté también algunas semillas de Juniperus oxycedrus (me encanta este nombre científico) por la zona, queda bastante tiempo para que germinen, ya que necesitan un tratamiento largo, laaaargo... y lo mismo germinan en seguida, que están mucho tiempo bajo tierra sin hacer nada; además, los enebros crecen lentamente. Tengo pensado plantar, más adelante, romeros, porque no hay ni uno en toda la sierra y cuando las flores primaverales se han secado, ya no queda ninguna planta melífera para satisfacer la demanda polinífera de los insectos (empiezo a hablar como un banquero, si es que se contagia ). Los romeros se pueden conseguir cortando ramillas de unos 10 cm y clavándolas en tierra, manteniendo la humedad, eso sí. Utilizar para esta empresa alveolos ecológicos sería una buena idea; pero eso os lo contaré en verano, cuando lleve a cabo esta idea. Hasta entonces, esperemos que al menos la mitad de las bellotas se salven y crezcan pronto.
No os dejéis confiar: las bellotas de las dos especies son de igual tamaño, solo que la fotos están hechas a diferente altura.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El espino albar



"[...] De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar.
La reina, llena de envidia,
a ambos los mandó arrancar;
El zagal que los cortaba

no dejaba de llorar.
De ella naciera una garza,
de él un fuerte gavilán,

juntos se van por el cielo,
juntos se van a posar."
(Romance del Conde Olinos)

* * * * *
¡Por fin puedo publicar! Llevo varios días con problemas con el blog, no podía publicar entradas bien; al final he descubierto que se debía a un plug-in que tenía instalado: "Troll Emoticons". ¡Me estaban trolleando! Y tengo varias cosas publicables (decid esta palabra exagerando un acento catalán inventado, os reiréis) acumuladas. Bueno, solucionado el problema, vayamos al tema.
Desde principios de otoño podemos disfrutar de los frutos del espino albar (Crataegus monogyna). Esta mañana, por casualidad, en una caminata, me he encontrado, en un campo abandonado cercano a La Pulgosa, unos cuantos arbustos, no muy altos, pero repletos de rojos fructus crataegi.
Los frutos de este árbol o arbusto caducifolio son consumidos desde tiempos prehistóricos y la fructificación otoñal atrae innumerables especies de pájaros. Como el saúco, es planta de gentes celtas, ya que el majuelo representa el hogar de las hadas y es una puerta al mundo de los espíritus. Los frutos, que maduran en septiembre, permanecen en las ramas durante todo el invierno, y se les conoce como "majuelas" o "manzanitas de pastor". El espino albar o majuelo crece en laderas con herbazales anuales, formando setos intrincados en los claros y lindes de bosques, hasta los 1800 m de altitud. Gusta de los suelos frescos y arcillosos, nutritivos, aunque tolera los pobres y pedregosos. 
Folium crataegi
En la Península Ibérica contamos con varias especies de Crataegus, como C. acerolus, el acerolo, originario de Creta y cultivado desde tiempos remotos, también se cultiva en algunas zonas. En el sureste peninsular también aparece C. laciniata, de vellosas hojas; C. oxyacantha aparece en el  País Vasco y se hibrida con C. monogyna.
El espino albar es conocido por sus poderes curativos, regula la tensión arterial y se utilizan las flores para tratamientos del aparato circulatorio. Las hojas tiernas y las flores antes de abrirse son comestibles en una buena ensalada. Es antiespasmódico y tranquilizante y eficaz en caso de insomnio de origen nervioso. Los frutos se pueden tomar en infusión (no recuerdo si también se puede hacer mermelada con ellos, pero creo que sí) y tienen un elevado contenido en vitamina C.

martes, 1 de noviembre de 2011

El otoño en el pinar

Una pequeña seta crece en el claro del bosque,
guarecida al lado de una gran piedra en la
ladera de una colina.
En el bosque mediterráneo, y especialmente en aquel formado principalmente por pinos y coscojares, el Otoño pasa como una sombra sin que los humanos lo noten a simple vista. Al contrario que en los hayedos, robledales y otros bosques de árboles de hoja plana de la mitad norte de la Península, los pinos no cambian de color. No se les caen las hojas, obviamente. Por eso, para el ojo no acostumbrado a los pequeños cambios de la Naturaleza, el pinar otoñal no supone un espectáculo visual. Para vislumbrar la capa marrón del Otoño en el pinar, hay que mirar el suelo y los arbustos...

No hay nada mejor para un próspero Otoño que una buena lluvia en Septiembre. Por desgracia, no la ha habido, así que tenemos que conformarnos con los chaparrones de Octubre y Noviembre, algo tardíos, si bien las últimas tormentas han cargado las plantas del matorral mediterráneo y el bosque luce esplendoroso, como si los árboles se encontrasen henchidos de líquido vital. Se dice en mi zona que esas lluvias de finales de Verano reviven los hongos que abrazan la tierra, y por eso las setas crecen abundantes en los Otoños verdaderos.

    A lo que iba: como en el pinar es difícil ver cambios importantes a simple vista, hemos de observar el suelo para darnos cuenta de en qué época del año estamos. Aunque las lluvias de las que os he hablado no lleguen a tiempo, el frío y la humedad propias del Otoño empujarán la fuerza del bosque y alguna seta que otra aparecerá. Algunos brotes de Lithodora fruticosa sobresalen en los roquedos cubiertos de agujas de pino. La humedad hace que los musgos reverdezcan y parezcan esponjas de elfo, incluso las rocas que sobresalen en las cumbres parecen de otro color. Hay una niebla siniestra entre las copas de los árboles y las aves migratorias que todavía llegan de Centroeuropa se instalan en los ramajes del pino carrasco. El colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros) es una de estas aves. El otro día, en la salida en la que se inspira esta entrada, estuve con unos colirrojos que me deleitaron con sus revoloteos alegres, se elevaban a toda velocidad, agitando las alas, hacia arriba, y hacían giros bruscos para posarse en una roca cercana. Había tres individuos: un macho y dos hembras. El macho tiene la cara y el pecho negro tizón, y la cola, pardorrojiza. Las hembras son más pardogrisáceas. Originariamente, el colirrojo tizón vivía en roquedos y zonas con peñascos y laderas, pero en la actualidad también se le encuentra en parques y jardines y en muros, en lugares cercanos al hombre.
Carbonero garrapinos (Parus ater)
    En mi pueblo, desde la ventana, a veces veo ejemplares solitarios tomando el sol en el viejo tejado de la casa de enfrente. Mientras las hembras jugueteaban en aquella ladera repleta de tomillo, el macho nos observaba (a ellas y a mí) desde la roca, con ojo sabio. De repente, un pajarillo nos sobrevoló a toda velocidad, hasta posarse en la punta de un pino carrasco cercano. Era un precioso carbonero garrapinos (Parus ater), que se detuvo a picotear las yemas del árbol, en busca de pequeños insectos. Nunca había visto uno. Vi correr un conejo de tiesas orejas a esconderse en su madriguera. La zona donde observé todos estos seres no era muy extensa, pero, sin duda, un simple bosquecillo reforestado puede mostrar un nivel natural de cierta calidad sin necesidad de utilizar artefactos caros. Gracias a la poca experiencia que he conseguido hasta ahora, me he dado cuenta de que, sentándome en una gran roca, bajo un árbol, a la espera de ver qué aparece, es un pasatiempo natural de lo más entretenido. Dependiendo de qué momento del día estemos hablando aparecerán unos animales y desaparecerán otros. Es como una muestra de los seres más típicos y fácilmente observables del bosque.
Los musgos yacen henchidos de humedad. Quizá debería haber algún que otro sombrerete de Suillus por ahí...

Y en la mañana grisácea sólo se oía el susurro de los pinos que sonaba.

viernes, 21 de octubre de 2011

Un año & agradecimientos

Hoy ha hecho un año desde que comenzase a escribir entradas en este blog. Os contaré: yo venía de un planeta llamado WordPress, donde tenía mi blog sobre Naturaleza, en el que solía escribir simplemente por placer, aunque no solía recibir comentarios (al contrario que aquí; y esta fue una de las razones de que me pasase a Blogger). Sin embargo, un día se me torcieron las neuronas y me desperté queriendo hacerle un cambio de cara a la página. Así nació "El Saúco v1.1". Pero no. Cavilando sobre qué cambios innovadores podría realizar, empecé a buscar otros blogs de otros planetas y vi que había todo un mundo ahí afuera, con gente (del tipo de las que siempre he querido conocer) que entendía  la Naturaleza, que veía más allá de una simple hoja, de cualquier matorral, de cualquier montaña. Así nació "El Saúco v2.0". Me costó muchísimo buscarle un nombre, así que le puse el mío, y cayó la suerte de que me llegó el apellido de un arbusto con propiedades casi arcanas y olvidadas, pero que vive en nuestros bosques, con sus propiedades de siempre, pero olvidadas por el Homo incompetente. El otro blog ahí se quedó, en la versión 1.1. Publiqué una o dos cosas después. Ya no más. Lo mejor de haberme cambiado, aparte de las aplicaciones que ofrece Blogger (y esto es algo secundario), son las personas que he conocido. Si tuviera que enumerar a todas esas increíbles personas... no acabaría, por eso no lo haré, cada uno, me imagino, sabe quién es. Sólo quería agradeceros a todos lo que hacéis en Internet, lo embellecéis con magníficas fotografías, con estudios ejemplares sobre comportamientos de animales que escapan a nuestra razón, pero que ahí están... Gracias por comentar mis entradas, uno hace lo que puede y suele gustarme el resultado, pero vuestros comentarios son el marco perfecto. Gracias.

sábado, 24 de septiembre de 2011

A la orilla del Júcar

El Otoño. El Otoño obliga al bosque a entregar lo mejor de sí mismo: aparecen los frutos rojos, las moras, los anaranjados escaramujos; crecen tesoros en forma de hongos, caen las hojas como de pergamino, las aves migradoras sobrevuelan la Península y se van y, sin embargo, otras vienen a descansar, a invernar. El Verano, por su parte, todavía descansa en las herbáceas orillas del Júcar, donde los chopos y las higueras mecen sus ramas al son del borboteo del agua cristalina que allana La Manchuela.
Aunque no lo parezca... es Albacete.
En la orilla, algunos pececillos relucientes (¡¡¡GAMBUSIAS INVASORAS!!!) se agrupan curiosos ante mi presencia, inquietos, mientras una culebra viperina (Natrix maura) de un color marrón pajizo ondea hacia ellos. Es una culebrilla delgada que nada con estilo. Nunca había visto una culebra viperina. ¡Qué ilusión me hace verla ondear sobre el lecho de guijarros! ¡Qué arte para nadar! ¡Qué estilo! ¡Cómo baila! El ofidio se desliza ante mis ojos y se esconde entre unos carrizos, junto a los peces, nada entre ellos en armonía y desaparece bajo la hierba. Los pájaros, como los papamoscas cerrojillos que se esconden en los ramajes de una higuera cercana, llenan el aire todavía frío de la mañana con sus cantos. El agua fluye sin cesar, reluciente.
-Pic. Pic. Wic, wic, wic, wic. Pic. Pic. -dice el papamoscas a lo lejos.
-Currrrruc. -le contesta una polla de agua que no consigo descubrir. El graznido resuena a través del túnel del río.
La margen del río es el reino de las hierbas y los insectos. Muchos caballitos del diablo, de color azul iridiscente, encuentran pareja sobre el bullir del agua. Diviso varias especies, algunos parecen agujas celestes y frágiles, como de cristal de Murano.
Sobre unas hojas de enredadera, unas jóvenes chinches pirrocóridas se apretujan. 
Sobre una alta hierba, dos ejemplares de langosta egipcia (Anacridium aegyptiacum) calientan sus membranosos cuerpos a la luz del sol mañanero que ilumina el recodo, y una oruga peluda se estira hacia el cielo.
En el camino que baja a la ribera, hay un rosal silvestre repleto de escaramujos grandes y relucientes, hinchados y naranjas.
Las mariposas de la col siguen añadiendo su pálida presencia a nuestros campos. Con las alas rotas, incluso una frágil mariposa es capaz de volar.

El agua sigue fluyendo, las mariposas sobrevuelan las últimas flores del verano y los pájaros llenan el cielo valdeanguero de cantos forestales.

viernes, 16 de septiembre de 2011

El búho que quería aprender

No hace muchos días, en Albacete, me encontré con una profesora de mi (ex)instituto, donde me he formado durante estos dos últimos años. Ella me dio la noticia: un búho/lechuza se había instalado en uno de los plátanos que, como dos centinelas, vigilan la entrada de los profesores, y allí se pasaba el día durmiendo. Lo habían descubierto, se conoce, gracias a las egagrópilas que había esparcidas por el suelo. Supongo que sabréis qué es una egagrópila, pero para quien no lo sepa, lo explicaré: una egagrópila es una bolita de restos indigeribles (como huesos, pelos, espinas, etc.) que algunas aves regurgitan. Sin embargo, cuando yo he llegado, esta tarde, junto a uno de los dos árboles que tantas veces llegué a admirar mientras observaba la calle desde la clase de Francés, no había ninguna egagrópila. Una lástima, me habría gustado analizar alguna.
Ahí, entre las hojas del árbol de la izquierda...
Al animal, se conoce, le ha gustado el lugar. El pobre quería entrar al instituto para aprender, pero al ver el revuelo que se ha montado con los recortes y las añadiduras de horas, ha preferido quedarse en las puertas del centro. En fin, fuera bromas. Cuando he intentado vislumbrarlo, me han indicado el sitio donde se supone que utiliza de posadero durante el día, y allí... parecía que... ah no, era sólo un montón de hojas secas. ¡Espera! ¡Ahí está! En efecto, un búho chico (Asio otus) (me habían dicho que podría ser un búho real (Bubo bubo), pero lo dudé mucho, más normal era un búho chico, ¿no?) me miraba con ojos vidriosos. Me he puesto debajo de él y me ha seguido con la mirada... ese búho mágico que ha tenido la buena idea de instalarse en ese árbol justo el año en que yo me voy del instituto, del bachillerato, de la ciudad. Era un ave maravillosa y extraña, y aunque conocía su presencia gracias a plumas que he encontrado en algunos sitios, nunca había llegado a verlo en libertad. Porque es este un estrígido que ha querido intentar aprender y se ha quedado a las puertas de la enseñanza. Al comentarles que hay un búho tan cerca de nosotros, algunos se sorprenden: "¡Pensaba que vivían más en bosques y campos que en ciudades!". Yo también. Pero ahí está la prueba. Hay jardines y parques cerca, quizás busque ahí su comida, o incluso puede que haya micromamíferos más cerca, en el patio. Estos son los ciudadanos invisibles, los ciudadanos sin voz, que sufren el ruido y la contaminación tanto o más que nosotros. Siempre digo que tenemos más de lo que vemos, y que no sabemos lo que tenemos porque no sabemos verlo, miramos sin ver y a veces, la Naturaleza nos sorprende con imágenes como éstas, que podemos encontrar si sabemos mirar y escuchar con atención:




domingo, 11 de septiembre de 2011

El bosque completo

Siguiendo con el tema del que hablé en la entrada anterior, mostraré aquí una foto del bosque tipo del Parque Natural de los Calares del Río Mundo y de la Sima (Albacete), donde pasé el día ayer. Es este un bosque auténtico, hay algunas repoblaciones, de pino laricio y carrasco; si bien una zona que sufrió un incendio comienza a recuperarse, y los pinos ya crecen fuertes y sanos.  En mi crítica a las repoblaciones de la segunda mitad del siglo XX, diré lo siguiente: estoy a favor en parte, ya que estoy de acuerdo con que los bosques en general ofrecen refugio a decenas de animales, pero ¿acaso no sería mejor si esas reforestaciones tuviesen un sotobosque estable y bien formado, que ofreciese no sólo refugio, sino también alimento a las criaturas que viven en la floresta? El hombre, con su poder regenerador (cuando quiere, y aunque deba, no quiere), puede volver a plantar los arbustos endémicos de las zonas en las que faltan. Nuestra misión en el mundo, como humanos y guardianes de la Tierra, es la de mantener la biodiversidad, la estabilidad natural; pero algo falla y parece que no hacemos los deberes. 
En la fotografía de este 'bosque tipo', observamos el típico perfil del bosque mediterráneo:
1. Encina (Quercus ilex)
2. Enebro de la miera (Juniperus oxycedrus)
3. Pino salgareño, negral o laricio (Pinus nigra)
4. Quejigo (Quercus faginea)
5. Hierbas primaverales y estivales, gramíneas
6. Romero (Rosmarinus officinalis)
7. Cardos (Eryngium campestre)
A pesar de que en la foto no encontramos una amplia muestra, es más que suficiente. En otras zonas también encontramos rosales silvestres, espinos albares, zarzaparillas, zarzamoras, fresnos, nogales y vides, esenciales para alimentar a los mamíferos y a las aves que componen la unidad del bosque. En el Cerro de San Cristóbal, al tratarse de un bosque bastante mal gestionado, no encontramos encinas, quejigos, ni romeros, aunque aparecen enebros de forma demasiado dispersa.
En las laderas cercanas al río Tus, pude observar arrendajos, infinidad de especies de pájaros, gran variedad de insectos, plantas, flores, etc. En las altas laderas rocosas, se veían los restos blanquecinos de excrementos que, como cascadas, caían desde los nidos de las rapaces.
Quisiéramos gestionar bien los bosques que una vez intentamos recuperar, y para ello debemos tomar ejemplo de los bosques naturales, de los bosques salvajes. No pretendo que creemos un bosque perfecto perfectísimo, sino que animo a la especie humana a repoblar el mundo de forma que ayudemos a la Naturaleza para que, llegado un determinado momento, pueda regenerarse a sí misma.
Magnífica encina en la zona cercana a Tus
Quejigo (Quercus faginea)
Río Tus

viernes, 26 de agosto de 2011

Piso arbustivo not found (Actualizado)

Aviso: esta entrada se me ha descolocado un poco, no sé cómo arreglarlo, pero intentaré hacerlo lo antes posible. Recomiendo no leerla xD


Durante la segunda mitad del siglo XX, son conocidos los intentos repoblacionales de bosques de coníferas en la mayor parte de España. La provincia de Albacete no se quedaría atrás: en las estribaciones del sur de la Cordillera de Montearagón, al lado de Chinchilla, hicieron una replantación con cientos de pinos carrascos (Pinus halepensis). Esta repoblación ocupa las zonas comprendidas entre el Cerro de San Cristóbal y El Morrón, pasando también por el Alto de la Almazara y extendiéndose hacia el Norte. El pino carrasco es un pino mediterráneo muy resistente a las sequías y a las heladas (cuando se acostumbran, claro está) que se adapta en seguida y que tiene muchas propiedades: su corteza se utiliza para curtir pieles, la resina se utiliza para hacer aceites y la madera, aun siendo de baja calidad, se utiliza para construir muebles.
Antes de la replantación, el cerro debió ser un erial pedregoso, tal y como demuestran varios grabados antiguos, pero se supone que en una época muy antigua, debió estar cubierta por masas boscosas, aunque la memoria del hombre lo haya olvidado. Si observamos el siguiente grabado del siglo XIX, que representa una "vista en Real segun el Plan Geometrico dela Ciudad y Castillo de Chinchilla por la parte del Mediodia" y "por la parte del Norte", y hacemos caso al dibujante decimonónico, tampoco habría arboledas hace más de cien años en el Cerro de San Cristóbal:
30 de Mayo de 1811

 
La zona de la que hablamos en esta entrada, en una fotografía de antes de 1975 (teniendo en cuenta que la antena no está) desde Chinchilla.
La antena, recién construida en 1975, sobe el Cerro de San Cristóbal. Nótese el tamaño de los pinos.

Vista aérea de la zona en la actualidad. Se observa parte de Chinchilla en la parte inferior de la foto, que corresponde a la zona oeste. A los pies del cerro (parte inferior de la foto), se observa el destrozo de la Rambla del Cañaveral.


Vista actual del Alto de Almazara desde el castillo.

El Cerro de San Cristóbal, en Invierno (antes del destrozo de la Rambla del Cañaveral). Foto obtenida del Rincón Manchego

Un amigo del pueblo me mostró, hace unos meses, un gran enebro de la miera (Juniperus oxycedrus) con sus característicos frutos globosos de color rojo oscuro, en una zona alta del cerro, casi en la cumbre, escondido en un roquedo anaranjado. Este gran enebro, algo achaparrado, es el Enebro número 1. No sabemos cómo llegó allí, tal vez ya estaba antes de la replantación de pinos, o quizás fuese un sobreviviente de la época en que había más árboles en la zona, cientos de años atrás.    Como en muchos de los bosques replantados con coníferas en el siglo XX, tampoco en este cerro se ocuparon de añadir un piso arbustivo que completase el ecosistema, lo cual generaría alimento para gran variedad de seres, en especial aves. Hoy, existen hierbas primaverales y otoñales, y hasta hace poco tiempo no encontrábamos otra especie arbórea que el pino carrasco. No se plantaron encinas, tan típicas de la zona; los olmos, muy abundantes en los llanos, no han conseguido conquistar las alturas, que, en el punto más alto de la zona, llegan a los 900 m.; y nada de romeros ni retamas. Por el contrario, hay tomillos, espliego, hierbas como el té de roca (Jasonia glutinosa), de pegajosas hojas y aromáticos tallos; semiarbustos, como el Phlomis lychnitis, de velludas hojillas alargadas, y muchos cardos (Onopordum acanthum, Eryngium campestre). Sin embargo, en algunas laderas oscuras crecen coscojas (Quercus coccifera) muy pegadas a los troncos de algunos pinos. Todavía no producen bellotas y tienen una altura de un metro y medio aproximadamente todas ellas. La primera vez que las vi, me llamó la atención lo pegadas que estaban a los ahumados troncos de los pinos.

Gálbulos de enebro de la miera (Juniperus oxycedrus)
A partir de ahí, encontré otros enebros, mucho más pequeños y que aún no han alcanzado la edad suficiente para empezar a fructificar. Observando con más calma, al inicio de uno de los senderos más transitados por los paseantes, descubrí un pequeño enebro a los pies de un delgado pino. Es el primero que se divisa al entrar al bosque y el más fácil de ver, mide unos 30 centímetros de altura. A este pequeño enebro lo llamé Enebro número 2. Es muy difícil hacer que brote un enebro de las semillas, que se encuentran en los frutos, pero siempre puede intentarse. Los frutos se recolectan preferiblemente entre junio y octubre, aunque en realidad la época no importa: los frutos deben estar del color rojo característico. Primero se extraen las semillas del fruto, para lo cual se retira la cubierta externa, y después se puede proceder a plantarlas. Se pueden almacenar en un lugar frío durante unos meses, aunque también podemos plantar las semillas directamente tras su extracción del fruto: se hunden en una mezcla de turba y arena de río durante el otoño. La semilla puede tardar entre cinco meses y dos o tres años, así que no desesperéis. Yo lo estoy intentando para repoblar el bosque un poco. Con esto llegamos al Enebro número 3, de un tamaño entremedias del Enebro número 1 y el Enebro número 2. Como veis, nombré a los enebros por orden de "descubrimiento". Este nuevo enebro, que encontré este año, está también a los pies de otro pino carrasco cercano a un amplio pedregal y dentro de muy pocos años, imagino, será capaz de producir gálbulos, que son los frutos del enebro. No muy lejos de este último Juniperus, encontré al Enebro número 4, pequeño y achaparrado. El total de enebros localizados suma cuatro, pero están demasiado dispersos entre ellos como para formar un piso arbustivo uniforme, y dudo que haya más, aunque nunca se sabe los secretos que ofrece un bosque, aunque sea replantado. Me llamó la atención que, al igual que las coscojas, los enebros estaban a los pies de algún pino; no crecían en medio del bosque. Tal vez algún animal tenga algo que ver.
Enebro número 2

Enebro número 3
Enebro número 4
Últimamente pienso en lo importante que es un bosque cuando hay vegetales de determinado tipo en cada piso. El piso herbáceo ofrece la mayor parte de alimento a insectos como los saltamontes y demás presas potenciales de pajarillos, reptiles y otros insectos depredadores, además de anfibios como el sapo corredor (Epidalea calamita), el más común en la zona, y el sapo partero (Alytes obstetricans). El piso arbustivo, por su parte, también ofrece alimento a muchos insectos, pero también proporciona frutos para aves y mamíferos. Muchos micromamíferos, como el lirón careto (Eliomys quercinus) o el ratón de campo (Apodemus sylvaticus), precisan bayas y otras golosinas para guardar en sus despensas subterráneas y así pasar los duros inviernos y los secos veranos ibéricos. En todo el cerro, únicamente he encontrado una zarza, y está plantada intencionadamente, ya que está rodeada por una muralla de pequeñas piedras que alguien colocó para protegerla y cerca hay otras plantas dispuestas de similar manera. Como signo de aprobación, coloqué unas piñas alrededor, espero que la persona que las "cuida" se haya dado cuenta. En el piso arbóreo se ofrece refugio a aves y ardillas, y muchas especies desarrollan frutos "aptos para consumo animal".
Al llegar a un claro del bosque, mi mente se vacía de lirones, ratones, sapos y pajaruelos. El sol ilumina la alfombra de agujas de pino, porque no hay otra cosa que iluminar. Sólo algunos grupos dispersos de esparto (Stipa tenacissima) decoran la soledad del suelo silvano.

    Sin embargo, cuando me interno de nuevo en la "espesura" (por llamarlo de alguna manera) para llegar al final del bosque, observo los amplios campos que recuerdan a los de Pelennor. Unos tubos negros de rejilla sobresalen de las hiebras secas y amarillas: replantaciones. Me acerco a mirar. En el primer tubo no hay nada, solamente telarañas. En el segundo, hierbas del año. En el tercero, un pino de agujas ligeramente diferentes a las del pino carrasco asoma tímidamente por el borde del plástico. En el cuarto y en los siguientes, encuentro encinas y arbustos aromáticos como el romero. Algo es algo, el hombre blanco ya empieza a darse cuenta de la importancia de la variedad floral en nuestros campos para que la variedad faunística sea mayor. La biodiversidad de una zona debería ser motivo de orgullo para sus habitantes, pero en La Mancha algo falla.
La soledad del paisaje sin árboles. El límite del bosque que se extiende sobre el Cerro de San Cristobal termina aquí, en las Muelas y Corredores ibéricos de la Serranía de Montearagón. Se trata de vastas praderas cubiertas por esparto (Stipa tenacissima) y arbustos muy espinosos cuyo nombre desconozco, pero un pinchazo en el dedo es aviso suficiente para no tocarlos. No faltan los cardos (Onopordum nervosum & Eryngium campestre) y abundan las perdices y los conejos.

Estoy más a favor que nadie de las replantaciones con árboles autóctonos. Estoy de acuerdo (y lo sé de primera mano) con que ofrecen refugio a bastantes animales. Pero no creo que la manera que el hombre ha tenido de replantar nuestros campos sea la adecuada. Cuando uno mira un bosque, no debe ver los árboles como un ejército: no hay cosa más artificial que un bosque con todos los árboles en fila india. Un bosque no es un parque ni un bulevar. En una ocasión, el gran Félix dijo: "El bosque auténtico son los árboles tal y como Dios les puso: desordenadamente ordenados, mezclados con arbustos, rodeados de los cadáveres de los gigantes que abatió el rayo, dando sombra a su vez a los pequeños hijos de estos árboles que buscan la luz y que quieren perpetuarse en esa unidad fantástica, maravillosa, que se llama el bosque de hoja caduca, el bosque caducifolio". Albacete no es tierra de bosques de árboles caducifolios: es más de encinares, enebrales y pinares; pero se puede, de igual manera, adecuar estas importantes palabras a nuestros bosques sudorientales. Regenerar un bosque son palabras importantes. Las mismas gentes del lugar deberían impregnarse de la alegría de crear un nuevo superorganismo que da alegría y verdor a una tierra llana, seca pero con potencial. ¿Y si diésemos diez bellotas de encina y varios plantones de diferentes especies autóctonas y se les encargase plantarlas en una zona determinada, habiéndose informado antes de las cualidades de cada planta? ¿Y si, en vez de terminar de destrozar la Rambla del Cañaveral, se repoblase con encinas, pinos, almendros, retamas, enebros, sabinas y olmos y álamos la zona destruida? ¿Y si los políticos hiciesen algo? Está claro que hace falta un cambio de mentalidad. El bosque necesita ser repoblado con diferentes especies (siempre de aquí, no lo olvidéis) que puedan generar belleza y alegría a nuestros campos. Una vez, hace mucho tiempo, el hombre destruyó los campos que le vieron encender y controlar el primer fuego. Nosotros, como descendientes de esos primeros hombres, tenemos el deber de regenerar la vida perdida.
Actualizado: en tres últimos paseos, he encontrado varios enebros, demasiado pequeños todavía para producir gálbulas. El total de enebros observados supera la decena, pero están demasiado alejados los unos de los otros como para formar un sotobosque general. Algunos se encuentran en lomas desnudas cercanas a replantaciones (no cuento los replantados) de otras plantas. En otra zona, bastante alejada del bosque del que hablo (muy a las afueras, en dirección a El Rincón, hacia el este) en un campo de cultivo abandonado, he encontrado, esta misma mañana (31/8/11), un enebro de más de medio metro de altura, pero sin ninguna gálbula. Ya no tiene sentido seguir llamándolos "enebro 5", "enebro 6"... Cerca del enebro, había varias encinas, dos de ellas repletas de bellotas, todavía verdes; y alguna que otra coscoja, con bellotas de poco tiempo, también verdes. Más adelante iré a recolectar bellotas de encina y coscoja, para plantarlas en zonas más cercanas al pueblo. Como digo, todo está demasiado pequeño y "repartido" por la zona como para formar una masa boscosa uniforme, con piso arbustivo de buen nivel. Otro pequeño enebro, cercano a estas encinas, también crece lentamente a la sombra de un pino, y tiene pocas gálbulas verdosas.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Al-karawan

"¿Tú? Tú tienes ojos amarillos como los alcaravanes; te llamaré Alfanhuí, porque este es el nombre con que los alcaravanes se gritan los unos a los otros... al-fan-huí, al-fan-huí"
Industrias y andanzas de Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio


No pude evitar pensar, al ver un pequeño grupo de alcaravanes revoloteando el otro día en unas tierras de cultivo cercanas a La Felipa, en lo que le dijo el maestro de Alfanhuí al conocerlo. Era una de esas tardes de agosto en que el cielo está cubierto por una capa impenetrable para el sol de nubes de todos los tonos posibles de gris. El calor reinaba aquel día y la humedad lo envolvía todo. La característica tierra rojiza de La Mancha absorbía con deseo el agua que, a intervalos, caía de las nubes. Vi un zorro muerto en la carretera, tenía los dientes fuera y los ojos cerrados como con fuerza; es el segundo que veo este año. Cerca de él, y esto me llamó la atención, había un alcaudón común (Lanius senator) al que pude fotografiar sin que se espantase. Los alcaudones, según he observado en dos especies (L. senator & L. meridionalis) en la misma zona, son pájaros confiados que permiten que los humanos se acerquen (aunque siempre con una prudente distancia). No muy lejos de donde estaba el zorrillo muerto, un cernícalo inmaduro y anillado descansaba en un poste de alta tensión. Acaso ambas aves estuvieron alimentándose del cadáver antes que yo llegara, quién sabe. Los cernícalos vulgares son rapaces generalmente comunes en esta zona de Albacete; a veces se les observa cirniéndose y mirando hacia el suelo en medio de los campos recién segados, quietos en el aire, con espasmos en las alas; nosotros no podemos verlo, pero quizá haya un ratón o un topillo que ha movido una pata en la inmensidad del campo, y el cernícalo lo ha visto... 
Más adelante, a las afueras de la pedanía chinchillana, un aleteo llamóme la atención. Estaban lejos, cerca de unos húmedos almendros. Al principio pensé que se trataba de un grupo de sisones (Tetrax tetrax), porque vi que parte de las alas eran blancas como la nieve, pero no. Los sisones, pequeñas avutardas comunes aquí, tienen las alas blancas completamente, con manchas negras muy dispersas. Éstas aves, aparte de ser más delgaduchas, tenían la parte superior de las alas mimética con la tierras en barbecho. De repente, dejaron de volar todas excepto una, y parecieron desaparecer en la tierra. Sin duda el plumaje las camuflaba. Aguzando la vista, divisé al último ejemplar en el aire, que se precipitó al suelo y se quedó de pie, expectante ante mi presencia, que ya la habían notado. Al posarse, también desapareció, pero en un último intento de avistar al animal con el zoom de la cámara, conseguí localizarlo. En la pantalla de la cámara apareció un ave zancuda de plumaje castaño y cabeza fea, con el ojo amarillo como una moneda de oro y un bigote negro. Era un alcaraván (Burhinus oedicnemus). Caminó unos pasos y me hizo gracia su forma de hacerlo, con la cabeza gacha hacia delante. No me lo podía creer, siempre había deseado ver uno, y yo sabía que por aquí hay, porque el hábitat es el apropiado, ¡y por fin..! Sólo pude hacerle dos fotos que, aunque de pésima calidad, me hacen recordar el momento; pero preferí hacer un dibujo. Estaba ilusionadísimo y la alegría me dura hasta hoy. 

domingo, 7 de agosto de 2011

Un paseo

Cuando a la caída de la tarde subo la cuesta que lleva al monte y observo las hierbas estivales, ya secas, me invade una extraña sensación. Los hipéricos ya no son amarillos, son pardo-rojizos; el té de roca ya florece, las siemprevivas estiran sus flores amarillas al cielo y las demás hierbas del año ya decaen. Antes de ver las sombras del bosque, antes de avistar un pino, antes de llegar a la curva que lleva a los senderos del bosque, ya me llega el aroma de los pinos carrascos combinado con el del tomillo y el musgo. En la curva de la garita, el gran pino espera mi llegada, como alentándome en la ardua subida de la rampa. Ya llego, ya. A mi derecha, todos los pinos aplauden mi subida agitando sus ramas con el viento, y se oye una sinfonía natural cuando toca sus agujas verdes, doradas a esa hora por el sol. Sigo caminando... la carretera sigue hacia arriba tras la curva, pero yo empiezo a internarme en el bosque por uno de los senderos que, como afluentes de un gran río, desembocan en el asfalto. El sol, que al rato tocará la línea del horizonte manchego, alarga las sombras y parece que la noche comienza a extender su ejército. La caminata me lleva hasta un pino caído que permanece unido a la tierra madre con la mitad de sus raíces, mientras que la otra mitad se levanta arqueada hacia la bóveda celeste, creando un agujero entre la base del árbol y la tierra, un agujero como de vergüenza, como de algo íntimo y vergonzoso que no debe ser visto... La copa crea una pared frondosa que me oculta de la severa mirada solar durante un momento. Al llegar al enorme cortafuegos, una enorme avenida terrosa que baja desde la cumbre hasta los riscos naranjas, me detengo a observar los altos cardos, que ya están secos y sólo les cabe esperar que una lluvia, una ráfaga de viento o una nevada los arranque de cuajo. Miro hacia el pueblo y el sol me da de frente. Las plantas, los mosquitos del aire, los árboles, todo tiene una aureola de luz que les da un aspecto como de algo que se acaba, como de un verano que prepara su retirada. Hay libélulas rojas que me rodean y se posan en las pinchudas hojas y me observan, y las lagartijas se retiran a dormir. Todo se apaga en el bosque y los insectos se esconden, a pesar de que al caminar por entre las secas hierbas, decenas de saltamontes saltan para evitar que los aplaste, porque esta es la época de los saltamontes. Sigo el sendero y vuelvo a entrar al bosque; bajo los pinos ya reina lo oscuro, y no hay sombras, porque no hay luz que ensombrezca, y se muestran los árboles tal y como son, con sus negros cuerpos elevándose para captar los últimos destellos y con sus conversaciones sencillas. En un recodo, me encuentro entre el espliego, y doy a mi alma a oler las albas hojas del matorral, donde las lagartijas se esconden. Un último rayo de sol me avisa de que he de irme, pero si por mí fuera, sería una roca negra, caliza, de las que se ensanchan en los tomillares, cubiertas de líquenes y blando musgo como pelo de rata, bajo la que se guarecen sapos, escorpiones, hormigas, lagartijas y miles de extraordinarios seres ignorados, y sería feliz porque formaría parte de la unidad del bosque. Aún no he dejado mis árboles y ya los echo de menos, las agujas del pino caído, que me acarician, sin pinchar, mi cálida mano sienten mi despedida, y yo más la siento. He dejado el bosque, pero volveré, y hasta entonces no puedo dejar de pensar... ¿cuándo sera? ¿Cuándo aspiraré el aroma de los pinos, la roca blanca, el musgo, el espliego, y todos los olores que caracterizan al bosque mediterráneo?

martes, 2 de agosto de 2011

El reptil costero

La salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus) es un gecónido ampliamente distribuido por la región mediterránea. Con esta me encontré hace unas semanas en Alicante, bajo una gran piedra, y acompañada de decenas de cochinillas de la humedad. Son animales rápidos que saltan si se ven en peligro, y se dice que viven más ligados al hombre que la salamanquesa común (Tarentola mauritanica). Me costó mucho fotografiarla, ya que corría a esconderse cuando se veía descubierta, hasta que, al final, lo conseguí; al acercarse la hora del crepúsculo, la luz no era buena, pero apta para que este pequeño reptil comenzase su actividad. En la foto inferior se puede observar un ejemplo de hábitat de la salamanquesa rosada, y aunque normalmente viven cercanas a edificios, también ocupan tomillares y pedregales.
Soy de los que acudían a salvar, en el colegio, una salamanquesa a punto de morir bajo el escobazo de una monja ignorante de las costumbres reptilianas, que tanto nos favorecen sin que nos demos cuenta. Más de una vez pude salvar salamanquesas, que soltaba en lugares más seguros. Aquellas salamanquesas no eran como ésta, porque aquí es más normal observar a la mauritanica. Todas las noches calurosas, las farolas se cubren de gecos en busca de mosquitillos y polillas que comer.


jueves, 28 de julio de 2011

Ratón de campo


Pude fotografiar el otro día a este ratón de campo (Apodemus sylvaticus) del Cerro de San Cristóbal, en Chinchilla. Se dice que es el mamífero más abundante en nuestros campos e incluso parece ser que la población de este micromamífero en un lugar determina su salud ambiental. Es una especie muy cosmopolita, y lo mismo ocupa bosques de coníferas de pino carrasco (como éste de la foto) o terrenos semiáridos y húmedos e incluso habita en la fría Islandia. Es una criatura nocturna, aunque las hembras en período reproductor a veces pueden ser vistas a la luz del día. Se alimentan de semillas, hongos, bellotas, hierbas e insectos pequeños. De movimientos rápidos, el ratón de campo puede desplazarse saltando a toda velocidad cuando se encuentra en peligro, aunque gracias a sus enormes pabellones auditivos, seguro que nos oye antes de que consigamos acercarnos lo suficiente; cuesta verlo. Vive en galerías subterráneas y agujeros, y no llegan a los tres años de longevidad.
Bellota roída por un ratón de campo.


domingo, 3 de julio de 2011

Flamencos en Horna

Estos flamencos rosas (Phoenicopterus roseus) se codeaban con fochas, cigüeñuelas, anátidas e incluso con una malvasía cabeciblanca (Oxyura leucocephala) algo tímida, que se escondía entre los carrizos. La laguna está en Horna, Chinchilla de Montearagón, lugar conocido por los aficionados a la ornitología. Dicen que hay tarros blancos, pero yo, con haber visto una malvasía cabeciblanca, me siento realizado. Una lástima (o no) que sean tan tímidas, porque en cuanto se sintió observada, se sumergió.