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15 agosto 2017

Las Islas Cíes

    Este es el cuarto día de mi estancia en Galicia, el 28 de julio de 2017. Desde Cangas salió un catamarán blanco que atravesó la Ría de Vigo, paró unos minutos en el muelle de Vigo, donde recogió a un grupo de personas, y se encaminó a las Islas Cíes, a la isla de Monteagudo. En ese catamarán íbamos mi amigo Alfonso y yo. Las Islas Cíes son tres y se extienden alargadas, de norte a sur, a las puertas de la Ría de Vigo, como guardianes del lugar. Las Islas Cíes son tres, y de Norte a Sur, se llaman: Isla de Monteagudo, Isla del Faro (Illa do Faro) e Isla de San Martín (Illa de San Martiño). Forman parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia. El catamarán dejaba ondas blancas no mar de Vigo, y detrás, venían los golfiños, de color oscuro, con sus aletas inconfundibles, surcando el oleaje que dejaba el barco. ¡Qué emoción! ¡Delfines! Nos siguieron durante unos minutos y luego desaparecieron entre la espuma. Llegamos pronto para lo que sería un día espléndido en "la mejor playa del mundo", aunque nosotros nos internamos por los senderos marcados que recorren las Islas de Monteagudo y del Faro, conectadas por una acumulación de arena, la playa de Rodas.

    Nada más llegar a la Isla de Monteagudo, bajamos al muelle y miramos hacia las transparentes aguas de la playa. Allí había un cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis) buceando y emergiendo delante de todo el mundo como si no le importase nada la presencia humana. Había incluso gente tomando el sol en la orilla y bañándose.
Cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis).
    Le dije a mi amigo Alfonso si es que había bosques sobre las islas. "Eso parece", me dijo. "Espero que no sean eucaliptos", dije. Efectivamente, lo eran. No solo había eucaliptos sino también acacias a tutiplén. Había también laureles, robles, pinos marítimos (y algún piñonero) y acebos. Al bajar del barco, llegamos a una playa arenosa vallada donde crecían diversas plantas dunares que ya vimos en Corrubedo.
Alhelí de mar (Malcolmia littorea).
Praia de Rodas.
    En seguida nos internamos por el camiño do Faro de Cíes, entre pinos y eucaliptos, y nos cruzábamos con muchísima gente que había venido a visitar las mejores playas del mundo. Se podían ver muchos pinzones vulgares (Fringilla coelebs) en busca de migajas bajo algunos bancos.
Pinzón vulgar (Fringilla coelebs).
Gaviota patiamarilla (Larus michahellis) sobre un pino. Al fondo el Lago dos Nenos.
    Cuando llegamos al Lago dos Nenos, me sentí muy feliz de observar, desde tan cerca, algunas especies de peces en libertad. Este pequeño lago se forma entre las dos islas y el agua se acumula y se remansa tras las rocas.
Múgil (Mugil cephalus).
Gobio (Gobius sp.).
Dorada (Sparus aurata), junto a un serránido, creo, y una julia (Coris julis).
    Los transeúntes también se fijaban en los peces que nadaban en el Lago dos Nenos. Había dos agujas (Belone belone) que no pude fotografiar correctamente para mostrarlas en el blog, pero pudimos admirarlas bien a traves de la turbia agua. Seguimos caminando hacia el sur, por el sendero, subiendo y bajando, internándonos en los bosques de las islas. Pasamos junto al antiguo y pequeño monasterio de la Isla del Faro, que perteneció a monjes franciscanos.
El madroño (Arbutus unedo) es una especie común en muchas zonas de Galicia.
Bosque en Cíes.
Ninfa de Tettigonidae, posiblemente Phaneroptera.
    La caminata se nos hizo bastante larga en algunos tramos, pero cada vez estábamos más cerca de un observatorio de aves al que queríamos llegar. Finalmente, tras mucho subir y bajar laderas bajo un sol de justicia, entre secarrales y pinos, llegamos. Valió la pena el sufrimiento...
Gaviota patiamarilla (Larus michahellis).
Gaviota patiamarilla descansando.
Y otra.
Islas Cíes.
    Tras observar cientos de gaviotas patiamarillas (no se veía ninguna otra especie, excepto unos cormoranes que descansaban junto a las olas), decidimos continuar el camino y llegar hasta uno de los faros. No sabíamos lo que nos esperaba. Fijaos en la subida al faro, en la foto inferior.
Uno de los faros de las Cíes.
    Igualmente, como nos gustan los retos y somos jóvenes y valientes, continuamos caminando y subimos hasta arriba del todo, bajo un sol nada gallego. En las paredes de rocas corrían lagartijas y a los lados del camino nacían unas flores amarillas de cardo. Finalmente, cuando hicimos cumbre, nos sentamos a la sombra de una pared, abrimos los macutos y nos dispusimos a devorar con fruición la comida que llevábamos a cuestas. Descansamos un rato y seguimos explorando. Las vistas a los alrededores del faro eran impresionantes. A lo lejos, se veía un gran barco de vela anclado. Las gaviotas seguían volando y entonando sus característicos graznidos en torno a las islas.
Pudimos observar otra vez al carraspique (Iberis procumbens),
que crece aquí disperso entre las rocas que sujetan el faro.
Vistas impresionantes.
    Bajamos a toda velocidad del faro, recorrimos el sendero de vuelta y volvimos al Lago dos Nenos, donde habían salido a alimentarse un grupo de cangrejos corredores (Pachygrapsus marmoratus). Volvimos a ver lisas, gobios y agujas, pero la dorada se había esfumado.
Cangrejo corredor (Pachygrapsus marmoratus).
    Alfonso y yo estábamos deshidratados, somnolientos y muy cansados, así que nos sentamos en un escalón del centro de información, a hablar y descansar un poco. No quería levantarme del cansancio y la sed, pero era inevitable sentir en nuestro interior esa fuerza sobrenatural que nos ayudó a seguir caminando en busca de nuevas observaciones naturalísticas. Bebimos agua y seguimos.
Eucaliptos plantados con fruición y sotobosque de fentos.
Araña de la familia Gnaphosidae.
Planta de la familia Asteraceae. Sin id.
    Seguimos caminando, caminando... hasta que llegamos a otro acantilado, donde Alfonso se detuvo con tranquilidad a fotografiar una gaviota patiamarilla que no se asustaba de los caminantes.
Las formaciones geológicas de las Islas Cíes son muy curiosas.
Gaviota patiamarilla (Larus michahellis).
Islas Cíes.
    Finalmente, subimos al mirador, donde se veía a la perfección la isla del sur, y luego bajamos por el camino por el que habíamos venido, en dirección hacia otra parte de la isla, donde se podían ver cormoranes. Por el camino nos íbamos parando con todo lo que nos parecía interesante.
Exosoma lusitanicum.
Lagartija lusitana (Podarcis guadarramae lusitanicus).
Vanessa atalanta.
    Nos encaminamos hacia unas playas muy escarpadas al este de la isla, desde las cuales podíamos ver la ría de Vigo. El terraplén bajaba salvajemente y el camino se hacía muy empinado a tramos. Donde rompían las olas había cormoranes moñudos que se asoleaban tranquilamente.
Cormoranes moñudos (Phalacrocorax aristotelis).
    A unos metros de la empinada costa de la isla, crecían torviscos (Daphne gnidium) y sus flores atraían lepidópteros diversos:
Náyade (Celastrina argiolus).
Sátiro (Hipparchia statilinus).
      El sol, el calor y el cansancio nos obligaban, poco a poco, a ir cada vez más lento y a fijarnos en menos cosas. Sin embargo, estaba siendo una jornada maravillosa, habíamos visto paisajes sorprendentes y teníamos las tarjetas de memoria (y nuestras propias memorias) repletas de imágenes irrepetibles. Volviendo con tranquilidad hacia el muelle, alejándonos de la escarpada ladera, vimos un cadáver de gaviota. A Alfonso y a mí nos dio por mirarlo, sin darnos cuenta durante unos segundos, de que justo encima del animal muerto, había otro vivito y coleando: un juvenil de lagarto ocelado (Timon lepidus). Dos mujeres pasaron por allí y se nos quedaron mirando, intentando ver lo que veíamos nosotros. Desde donde estaban ellas, no se veía el lagarto, con sus ocelos multicolores. Ahora caigo en que tendría que haberles dicho lo que estábamos viendo; en su lugar, mi amigo y yo quedamos como un par de locos que van por ahí fotografiando cadáveres de gaviota...
Lagarto ocelado (Timon lepidus).
    Nuestro catamarán volvía a Cangas a las siete de la tarde y una hora antes ya habíamos explorado todos los senderos de las Cíes. Fuimos a descansar a la sombra del edificio del bar, sentados en el suelo estuvimos mirando un rato las fotos que habíamos hecho... ¡¡pero incluso en esos momentos, no podíamos dejar de bichear!! Nos levantamos para caminar hacia una pequeña playa arenosa cercana.
Calliptamus cf italicus.
Pollos de gaviota patiamarilla.
Pinos dibujables.
Oruga de la maravillosa Brithys crini, la polilla de la azucena de mar.
    Y con esta última foto, mi cámara decidió descansar, ya que llevaba todo el día haciendo fotos y vídeos, más que ningún otro... Por suerte, no vimos mucho más, excepto una planta muy interesante: la camarina o camariña (Corema album), de la familia de las ericáceas y considerada "En peligro crítico de extinción" por la UICN.
Camariña (Corema album).
    Finalmente, el catamarán nos recogió y nos llevó de vuelta a Cangas. El sol se ponía tras la bruma y yo intentaba grabar a fuego en mi mente todas las vivencias del día. Permanecimos en silencio, mirando a las Islas Cíes, durante varios minutos. Quedé embelesado mirando as ondas no mar de Vigo, intentando divisar alguna aleta de cetáceo, pero no hubo suerte esta vez. Fue una vuelta agradable, demasiado corta tal vez, con un deje de morriña por las islas. Pero seguíamos en Galicia, aún quedaban muchas aventuras que vivir. Al día siguiente iríamos a La Coruña, a San Andrés de Teixido, ni más ni menos, así que necesitábamos descansar para la aventura suprema, para la promesa que yo me había hecho a mí mismo... ¡Adiós, Cíes, hasta pronto!
Adiós, Cíes, hasta pronto.

"Ondiñas veñen,
ondiñas veñen,
ondiñas veñen e van,
non te embarques, rianxeira,
que te vas a marear."

08 agosto 2017

Avispones asiáticos en O Porriño y la gran duna de Corrubedo

    Alfonso me llevó el tercer día, el 27 de julio, a las Gándaras de Budiño, en O Porriño. Atravesamos un pequeño camino flanqueado por altas matas de hinojo en plena floración que atraían himenópteros y chinches rayadas (Graphosoma sp.). Entre los himenópteros, había decenas de avispas asiáticas (Vespa velutina). Llegando a la zona del humedal, que aparentemente estaba sin agua, veíamos ortópteros y otros pequeños animales. Los intervalos nubosos cubrían el cielo de vez en cuando, pero el sol calentaba con fuerza nuestras pieles.
Avispa asiática (Vespa velutina).
    Había oido que la avispa asiática es una especie agresiva. Lo cierto es que nosotros nos acercamos mucho a ellas y no parecían inmutarse, así que comprendí que son agresivas con otros insectos. Avispas asiáticas de varios tamaños libaban las umbelas de los hinojos con parsimonia de aquí para allá.
Oruga de macaón (Papilio machaon).
Bosquecillo en O Porriño.
    También pudimos ver un saltamontes que hacía tiempo que quería ver, aunque en realidad desconocía su nombre, Ruspolia nitidula, identificado amablemente por mi amigo Miguel Domenech. Es una especie relativamente común en el sur de Europa. Le gustan los pastizales algo húmedos con hierbas altas, zarzales, bosques... El ejemplar que vimos era una hembra y esto lo supe por su largo oviscapto.
Ruspolia nitidula.
Ruspolia nitidula.
    Varias horas después, nos encontrábamos en otro lugar bien distinto: el Parque Natural de las Dunas de Corrubedo, en la provincia de La Coruña. La bruma entraba desde la costa, cubriendo la duna móvil, y no se veía el horizonte con claridad. En lo que se refiere a fauna o flora, tampoco se veía u oía mucho, aparte de algunas especies botánicas típicas de los arenales costeros de Europa: Pancratium maritimum, la azucena de mar, estaba en plena floración, igual que en Alicante una semana antes. También había indicios de la parásita Cuscuta epithymum, ya seca. Dispersos, crecían laureles y sauces o salgueiros, siemprevivas y cannabinas (Eupatorium cannabinum).
Pulicaria dysenterica.
Puede apreciarse en el horizonte la famosa duna móvil.
Vegetación tras la duna.
Carraspique atlántico (Iberis procumbens subsp. procumbens), endemismo iberoatlántico.
    En este lugar, está prohibido caminar más allá del camino de maderos, cosa que entiendo y defiendo, para evitar molestias ambientales. Una vez se llega al final del mismo, donde encontramos un pequeño punto informativo, hay que dar la vuelta. Alfonso y yo continuamos por otro sendero, esta vez, internándonos en un bosquete en el que crecían pinos, laureles, robles... Se oía algún petirrojo de vez en cuando, así como pardillos, pero en general, el silencio imperaba. Poco a poco, fuimos dejando atrás los árboles, para encontrarnos en medio de una llanura arenosa cubierta de juncos, gramíneas de diversas especies, azucenas de mar y torviscos. Se veía alguna tarabilla europea, pero como digo, la escasez de fauna nos permitía caminar a paso rápido, hasta llegar a una pequeña playa redondeada por las tranquilas aguas limpias. A unos pocos metros de la misma orilla del mar, crecían lechetreznas de las dunas (Euphorbia paralias), cardos marinos (Eryngium maritimum), campanillas dunares (Calystegia soldanella) y la humilde oruga de mar (Cakile maritima).
Inflorescencia en ciatio de Euphorbia paralias.
Calystegia soldanella.
El agua estaba tan tranquila que uno podía acercarse al borde mismo sin mojarse por el ligero oleaje.
En el agua nadaban pequeños peces en bancos y en la arena se acumulaban ramitas y conchas.
Poco a poco, la bruma fue disipándose.
La isla del fondo parecía mayor cuando la bruma no se había disipado.
Unos minutos después, vimos que no era tan grande.
Más allá del agua, había otra playa de arena donde dormitaban decenas de gaviotas.
El que os escribe, en Corrubedo, en la playa mágica.
     Finalmente, dimos la vuelta y dejamos atrás la "playa de ensueño", siguiendo un grupo de pardillos y tarabillas que volaban de aquí para allá. En estos arenales vimos también algunas matas de espino albar (Crataegus monogyna), el único sitio donde lo vi en mi viaje a Galicia, lo cual me sorprendió mucho, pues pensaba que sería una especie mucho más común en esta región. Nos dimos prisa en volver, ya que necesitábamos estar bien descansados para la aventura del día siguiente: visitaríamos las islas Cíes, del Parque Nacional de las Islas Atlánticas. No sabíamos lo que nos esperaba allí...
Pino resinero (Pinus pinaster).