jueves, 26 de julio de 2012

La búsqueda fallida del búho real

XIX/VI/MMXII. Son las seis de la mañana y salto de la cama justo cuando empieza a sonar la alarma del móvil. Un desayuno rápido y me echo al monte. Se nota que el día anterior ha estado lloviendo, hay charcos en todos los rincones de Chinchilla y la humedad lo envuelve todo. Todavía no ha salido el sol, pero una luz grisácea, mortecina, como de día de playa pasado por agua, lo envuelve todo. Una vergonzosa golondrina canta en un cable de mi calle.
    Mi objetivo es encontrar un búho real (Bubo bubo) que acude a reposar en ocasiones a un alto pino de tronco retorcido de algún lugar de la Sierra de Chinchilla. Descubrí que aquel era su posadero gracias a unos amigos que vinieron de visita y vieron en aquella zona algunas egagrópilas grandes y pálidas amontonadas. Mi idea inicial era deleitarme con la simple visión del Gran Duque, pero conforme me acerco por el sendero al lugar en cuestión, decenas de preguntas empiezan a formarse en mi cerebro. ¿Qué comerá? ¿Adónde irá por la noche? ¿Será una hembra, un macho, un individuo joven? ¿Qué edad tendrá? ¿Qué cosas habrá visto? ¿Qué animales serán aquí parte de su dieta?
    El pinar, henchido de alegría por la lluvia del día anterior, observa con ojos llorosos el cielo gris que amenaza tormenta, porque, por si no lo sabéis, esta es la mañana del día en que cayó una tormenta de dimensiones épicas en la ciudad de Albacete, a menos de 15 km de donde se desarrolla este paseo. Hace un frío de tormenta algo molesto y me arrepiento de no haber cogido más abrigo. Según mi móvil, la temperatura en Albacete no llega a los 13ºC. Y yo estoy a una altitud de casi 950 metros (Albacete está a 600).
    Los madrugadores pájaros del bosque me reciben con sus tenues cantos, parece como si quisieran elevar su canto a los cielos, pidiendo lluvia, porque como todo el mundo sabe, una lluvia a tiempo siempre es buena para el bosque mediterráneo. El agateador (Certhia brachydactyla), para variar, no cesa de emitir su agudo y repetitivo canto. Los pinzones vulgares (Fringilla coelebs), dueños del lugar, acompañados los machos por sus discretas hembras, aparecen y desaparecen, desvaneciéndose su canto tras las copas de los pinos carrascos. El campo rezuma vida y olores variados que me invitan a seguir en busca del Gran Duque.
    Para llegar al pino donde, supongo, está el Búho, mi camino debe atravesar un espartal con especies florísticas interesantes, y después un pequeñísimo campo de alto cereal, justo al lado del pino del Gran Duque. A un lado, hacia el Sur, termina el espartal y queda el pinar de nuevo; detrás de mí, el espartal, y más atrás el pinar nuevamente. A mi izquierda, el páramo se extiende hasta donde alcanza la vista (se divisan algunas reforestaciones, ¡variadas, menos mal!) hacia el Noreste. Casi todo son colinas bajas cubiertas de espartos (Stipa tenacissima), tomillos (Thymus), genistas, candileras (Phlomis lychnitis) y algunas matas secas de Asphodelus.
    Miro el reloj, las siete y cuarto de la mañana. He tardado casi una hora en llegar (y eso que he intentado detenerme lo más mínimo, pero ya se sabe, aparece una planta interesante, un insecto que corre a esconderse y vas a ver qué es, que si qué canto ha sido ese, que si he oído un aleteo...). Me dispongo a atravesar con cuidado el campo de cereal cuando me doy cuenta, con cierta sorpresa, de que una avispa negra, larguirucha y reluciente, está enganchada con sus mandíbulas a una espiga. Detrás de ella, dos ejemplares más hacen lo mismo. Vale. Genial. A pesar de la cara de pocos amigos de los guardianes del bancal, lo atravieso con cuidado, sin perder de vista el pino que empieza a parecerme algo siniestro.

Pardillo común (Carduelis cannabina)
    El cielo grisáceo parece no poder contener la lluvia en el horizonte, que cada vez está más oscuro, y el aire empuja las espigas de los espartos con una fuerza tremenda. Incluso los pardillos comunes no pueden casi sujetarse a ellas con sus delgadas patas. Observo un grupo pequeño de estos fringílidos que se entremezcla con otro grupo de jilgueros, un macho de pardillo extrae semillas de una espiga de esparto no sin cierto esfuerzo, mientras el viento lo bambolea de un lado hacia otro.



    Cada vez estoy más cerca del pino y de él no sale volando ningún búho, como ocurrió la primera vez que lo vi (claro que yo no sabía que el búho estaría, si bien conocía su presencia debido a las egagrópilas que había a los pies del árbol que ya he comentado antes). Miro desde los pies del pino y en los altos ramajes del árbol no encuentro ningún estrígido alojado. Pena. De todas maneras, si el animal hubiera estado, ¿habría salido volando? En mi mente sonó un SÍ rotundo, con lo cual me sentí algo culpable en caso de que hubiera estado y hubiera salido volando hacia el infinito, molestado por mi presencia, y encima con la lluvia tremenda que se avecinaba.
    Miro el reloj y ya son casi las ocho de la mañana. Decido esperar sentado en el suelo, bajo la espesura, mirando con atención el pino y el campo abierto que se extiende ante él. Tal vez el Búho venga al rato, pienso. Pasan los minutos. De repente, se oye sobre mí el zumbido de veintiún pares de alas agitándose, y por entre las copas de los pinos diviso una bandada de gaviotas reidoras (Chroicocephalus ridibundus). ¿En medio de la estepa albaceteña? Sí, hijo, sí. Y no es la primera vez que veo bandos así, incluso ejemplares solitarios. El suceso tiene su explicación. En esta zona de La Mancha hay muchas lagunas (la mayor y más conocida, la laguna salada de Pétrola, a pesar de encontrarse a varios kilómetros de aquí) y las gaviotas, claro está, van de una a otra, con lo cual pasan por planicies y bosques; nada fuera de lo común, a pesar de lo que mucha gente pueda pensar, ya que algunas especies de gaviota visitan también aguas interiores, como es el caso.
Gaviotas reidoras (Chroicocephalus ridibundus)

    Un conejo pasea con sus típicos andares a unos veinte metros detrás de mí y dos torcaces luchan armando un escándalo tremendo. Empiezo a aburrirme, sobre todo porque no se oye casi ningún canto de pájaro (totovías y pinzones) así que, mientras “viene” el Búho, decido ir a explorar. Primero, salgo del pinar, atravieso otro bancal mayor que el de las avispas y me dirijo hacia unas encinas solitarias. Un enorme bando de estorninos monea por allí y una pareja de gangas (Pterocles alchata) sobrevuela el lugar, emitiendo el macho su característico grito (que me recuerda al de un cuervo afónico). Hasta este año nunca había visto tantas gangas; de hecho, en lo que llevamos he visto dos bandadas, esta pareja que ahora pasa, y he oído su gritito en otras llanuras de al rededor de Chinchilla.
Ganga ibérica (Pterocles alchata)
La ganga, la reina de las estepas manchegas (la emperatriz sigue siendo la avutarda). Otras aves que me encuentro son algunos abejarucos (Merops apiaster) que permanecen sentados sobre rocas sin inmutarse del griterío de los estorninos. Se oyen a lo lejos también terreras y las totovías (Lullula arborea) no se alejan del borde del bosque. Jilgueros, pinzones, aláudidos y pardillos parlotean y revolotean por la zona. Nunca había visto tantas especies de fringílidos seguidas. A pesar del viento, las aves cantan, lo cual sirve de ayuda, pues sin verlos ya sé que están.


    Vuelvo al pino y el búho no ha llegado. En el suelo, un montón de enormes egagrópilas grisáceas se acumula. Se me ocurre que puedo recolectarlas para analizar el contenido y así conocer la alimentación de mi perseguido Gran Duque. Empieza a chispear, así que decido irme a casa, no sin antes detenerme en la observación de una araña lobo (Hogna radiata).

    El rey de la noche, el señor de la oscuridad de los bosques ibéricos, no se ha presentado a la cita. Hoy no ha habido suerte, pero guardo en mi mochila un puñado de egagrópilas que me ayudarán a saber qué mamíferos (y adelanto, insectos, pues he visto en una de ellas una pata de saltamontes) forman parte de la dieta de este tímido individuo de Gran Duque.  

sábado, 7 de julio de 2012

lunes, 25 de junio de 2012

De todas las cosas que puedan suceder en un patio de La Mancha (II)

    Tras el arañerío del otro día (y creedme, lo que más hay son dípteros e himenópteros, pero son muy difíciles de pillar; de hecho, lo que se oye aparte del canto de los pájaros y el ladrido de algún que otro perro de la calle, son los zumbidos ininterrumpidos de todos los insectos que se acercan a beber agua), os presento ahora a los vertebrados. La fauna vertebrada de este patio chinchillano es la que uno se encontraría fácilmente en cualquier pueblo ibérico.
    Hace unos cuatro años, tuve la suerte de recibir la visita de una pareja de golondrinas (Hirundo rustica) que decidió asentarse bajo una vieja viga y desde entonces, todas las primaveras y veranos, reforman el viejo nido y llegan a tener hasta dos puestas, una en abril-mayo y otra en julio. El año pasado cambiaron el nido de lugar, pero no les gustó y volvieron al sitio de siempre.
Pollada de Julio de 2011.
    Al poco de amanecer, los padres ya andan buscando alimento para los polluelos. Al llegar al nido los padres con la comida, los pequeños levantan las ciegas cabezas con el blando y amarillento pico abierto de par en par. Los jóvenes se desarrollan rápidamente y de las vocecitas de recibimiento de la comida pasan a un griterío general algo incordiante (¡me despiertan siempre chillando a las siete de la mañana!). A las dos semanas y media aproximadamente, son capaces de hacer pequeños viajes desde el nido a posaderos cercanos. De hecho, resulta que justo hace unos días han empezado a salir ya y los pequeños se posan en las vigas, los capiteles, se esconden detrás de las macetas, suben, bajan, revolotean, se estampan, chillan, llaman, revolotean otra vez, etc. Con curiosidad observan a los habitantes de la casa, que miran a las pequeñas golondrinas posadas en la barandilla del balcón con igual gesto de curiosidad.
Aish, que voy a durar poco aquí enganchá...

El desaliño de esta joven golondrina tiene explicación. Como su vuelo todavía no es muy preciso, intentan
agarrarse a las paredes en vez de posarse en salientes o alféizares, con lo cual, resbalan y acaban en
esquinas donde sólo las arañas se atreven a aventurarse, rincones oscuros que acumulan polvo y telarañas.
Tras descansar unos minutos, las pequeñas vuelven a las andadas y consiguen emprender el vuelo, hasta
acertar con algún posadero más fácil que una pared completamente vertical.

Las golondrinas nos dejan en la migración otoñal. Un día, simplemente, dejan de oírse sus gorjeos y resulta que ese día cae en sábado y me levanto tarde por la mañana porque no me han despertado sus chillidos al poco de amanecer. Se marchan muy al Sur, más allá del Sáhara, y el patio vuelve a quedar en silencio, frío y polvoriento, hasta la primavera siguiente.
    Algunas aves que se han adaptado recientemente a los núcleos urbanos pueden llegar a aparecer. No en mi patio, pero sí en el de la casa de al lado, abandonada desde hace pocos años, y derruida en algunas zonas (¡ahí sí que tiene que haber nidos de golondrina a tutiplén!) ha anidado esta primavera una pareja de colirrojos tizones. La hembra se podía ver todavía hace unos días alimentando a la volantona, que ya estaba bastante grande. Al poco tiempo, la volantona ya se ponía a cantar en los tejados de alrededor del patio y podíamos oír su canto, como arrugado, en los tejados, aleteando nerviosa.
Curiosa, me miraba escondida tras el canalón. Cerca estaba el viejo nido y de vez en cuando venía
 la madre a alimentarla.

A la sombra a mediodía, que hace mucho sol... sin alejarse mucho del canalón.

        Durante el paso de invernantes, es fácil ver colirrojos curiosos que bajan al suelo a observar y a buscar alimento. En otras ocasiones, los mirlos, que anidan en un parque cercano, también bajan y curiosean bajo el saúco, supongo que es lo que más atrae del patio, por ser un arbusto grande, en busca del alguna baya, pero no encuentran ninguna casi nunca. El ciprés, alto y un poco inclinado en su punta, ha albergado hordas de gorriones ruidosísimos y picoteadores de macetas.
    Lo mejor es colocar cajas nido para atraer más aves, colocar comederos y platos con agua en épocas de carestía.
    Los vencejos sobrevuelan todas las mañanas y todos los atardeceres el pueblo, y a veces algún inexperto jovenzuelo cae sin remedio al suelo del patio... Suerte que siempre llega alguien a tiempo para lanzarlo de nuevo al aire, porque, como sabéis, cuando un vencejo cae al suelo no puede despegar de nuevo...
    Al atardecer, ya comienzan a salir las omnipresentes salamanquesas (Tarentola mauritanica) de grietas, agujeros, tejas rotas... 
    Se pasan las noches de verano trepando por tapias y rocas en busca de insectos atraídos por la luz de las farolas. De hecho, no niego que alguna vez haya encendido la luz del patio a propósito, para verlas devorar polillas y mosquitos...
    De pequeño, me fijé en que algunas de ellas tenían puntos rojos entre los dedos. Buscando sobre ese tema, descubrí que hay ácaros del género Geckobia que acostumbran a parasitar estos gecos, normalmente se enganchan en dedos, tímpano y pabellos auditivos:
Aunque no se aprecia muy bien, y señalado queda con la flechaca, tiene alrededor del ojo un pequeño
parásito (tal vez Geckobia latastei). Estos ácaros se parecen algo a los famosos ácaros de terciopelo (Trombidium).
 Como veis, la fauna de un patio no es la misma (ni en variedad ni cantidad) que la que habitaría en un gran jardín, un bosque o cualquier otro ecosistema; sin embargo, entre todos podemos hacer que nuestros balcones, calles, plazas y nuestras ciudades y pueblos en general supongan un buen lugar para que la fauna urbana que convive con nosotros cada día (aunque no nos demos cuenta) encuentre refugio, alimento y "bienestar"...
    Si os interesa conocer los entresijos de un jardín, os recomiendo visitar el blog de Jesús Dorda, donde cuenta las peripecias de la naturaleza de su jardín en plena Sierra de Guadarrama.

lunes, 18 de junio de 2012

De todas las cosas que puedan suceder en un patio de La Mancha (I)

    El naturalista que tenga la suerte de tener un jardín, un patio grande (como es mi caso) o una azotea con jardineras, conocerá de primera mano las idas y venidas de todos los seres que acuden a nuestro pequeño oasis para repostar, cazar, dormir, anidar o alimentarse. Y quien no cuente con un jardín o un patio, siempre podrá contar con las terrazas, los balcones y las ventanas, y petarlas de macetas con flores olorosas que atraigan mariposas de la zona...
    Algo tan simple como sentarse y esperar a ver qué animales aparecen es una ocupación de lo más interesante. Bueno, no hace falta sentarse... de hecho si te paseas un poco, ves más cosas.
    Conforme el sol se alza, van apareciendo decenas de especies interesantes. Los saltícidos, también conocidos como "arañas saltadoras", son abundantes. El otro día precisamente, apareció en el brocal del pozo un saltícido macho de Philaeus jugatus. El abdomen (opistosoma) llama mucho la atención en este género, es de color rojo en los machos, surcado por una mancha negra en forma de almendra que se extiende hasta el extremo posterior, y en la parte anterior aparecen dos marcas blancas, mientras que el tórax o prosoma es de color negro con pequeños pelos blancos y dos manchas blancas alargadas a los lados. La hembra es menos vistosa pero más robusta, su prosoma es pardusco, nada que ver con el escarlata del macho.
Hubo un momento, desde que la encontré hasta que volví con la cámara, que desapareció entre unas hierbecillas.
Menudo susto, pensé que no podría tenerla conmigo para siempre en forma de fotografía y jamás volvería
a encontrarla. Por suerte, al rato salió, con ese andar característico de los saltícidos, a posar para mí.

Philaeus jugatus
   Tras permanecer un rato al lado de este bello macho, lo dejé seguir por su camino. Al cabo de unos minutos ya se hallaba en la parte más alta del muro, donde he visto a otros saltícidos, como el de la foto inferior (Menemerus sp.), capturar pequeños dípteros.
¡ÑAM! Pa' mí.
    La librea de esta arañita, muy útil para camuflarse, no la salva, sin embargo, de las avispas alfareras, que introducen en sus nidos decenas de estas arañas, inmóviles gracias al veneno de la madre, para alimentar a la voraz larva. Más de una vez he visto un nido roto por mi madre, y las arañas, paralizadas por el veneno en un principio, consiguen alejarse tras unas horas angustiosas. A mi madre no le gustan los nidos de avispa alfarera, como habréis observado, porque precisamente aparecen en los sitios más insospechados.
En los arbustos aparecen arañas de jardín (Araneidae). El año pasado estuvo paseándose por el saúco una Araneus sp (la típica araña de jardín) en miniatura, pero no llegué a verla tejer su tela de captura.
Soy una Araneus  que se paseó por un saúco manchego en julio de 2011.
Este año, por suerte, el saúco cuenta con otro huésped, también de la familia Araneidae, la Araniella cucurbitina. Se instaló hace unas semanas con su red en una hoja del saúco, a 1,60 m. del suelo y allí lleva varios días. Debe de gustarle, más que nada, porque cada mañana le echo una hormiguita que encuentro por el suelo, y se la come con una alegría increíble. La A. cucurbitina construye una red en linderos de bosque y en zonas sin vegetación, pero como ésta es muy chula, ha venido a mi patio a quedarse. Tiene el prosoma de color anaranjado, el opistosoma de verde amarillento y en la parte posterior, detrás de las hileras (por donde echa la seda), una mancha rojiza. Cada vez está mas gorda. Espero que encuentre un macho y que pronto realice la puesta, porque es una bella araña que adorna el foliolo del saúco con microalegría natural inigualable. Por lo que le he visto hacer, esta especie inyecta un veneno que disuelve a la presa por dentro. Cuando se da la vuelta (la de mi patio está boca arriba y siempre se le ve la parte inferior, a no ser que llueva o haga viento, en ese caso se guarece en alguna zona hasta que amaine el temporal y luego vuelve a tejer su tela) se camufla perfectamente con el verde de la hoja.
En las flores, especialmente en las de lavanda y budleya, tienen las arañas cangrejo sus cotos de caza. Pertenecen a la familia de los tomísidos, y tienen los dos primeros pares de patas más robustos y largos que los otros dos. Muchas veces se las encuentra en flores con colores muy vivos, a la espera de la llegada de una mariposa o abeja, con las patas extendidas, como si fueran a dar un abrazo. Muchas son de colores variables y vivos y son capaces de cambiar de color. Entre los claveles apareció una vez una gorda hembra blanca de Misumena vatia, con su característico abdomen ovalado. Desde hace poco tiempo es más común, sin embargo, la Thomisus onustus.
Otras especies de arácnidos que aparecen esporádicamente, son Pholcus phalangioide y Scytodes, pero esas suelen ser más normales dentro de casa, en pasillos y esquinas oscuras. Las arañas son muy variadas y tienen costumbres bastante interesantes, y las que entran en casa no suelen ser muy peligrosas. Las flores olorosas (rosas, budleyas, saúcos, madreselvas, lantanas...) atraen muchas especies de dípteros, himenópteros y lepidópteros. La budleya, también llamada "arbusto de las mariposas", atrae infinidad de seres, aparte de los tomísidos como ya he dicho antes, aparecen mariposas de vivos colores por la mañana.
Lasiommata megera

Papilio machaon
Otras mariposas que se acercan a libar las flores del balcón: la de arriba es Cynthia cardui, un ninfálido
migrador. Suelen aparecer en la Península Ibérica a partir de marzo, y en zonas de calor agradecen los charcos
que se forman del goteo de las mangueras y las fuentes. La de abajo a la izquierda es
Maniola jurtina hispulla,, un satírido bastante común en Albacete. La de la derecha es Melitaea phoebe occitanica, otro ninfálido muy variable geográfica, estacional y altitudinalmente en su librea.  Estos ejemplares están tan deteriorados porque los recogí ya muertos del suelo.
    Además de estos hermosos ropalóceros, de vez en cuando se acercan esfinges colibrí (Macroglossum stellatarum), muy comunes en España, muchas veces aparecen en balcones de grandes ciudades libando las flores que cuelgan por los aleros. 

    Entre las flores de un Trachelospermum que abraza una columna, apareció el otro día una mosca zángano o Eristalis tenax como la conocen los expertos entomólogos. A pesar de estar tan relacionado con las moscas domésticas, la mosca zángano guarda su belleza (hay que buscársela si uno no está acostumbrado a tratar con dípteros). De adulto, se limita a ir de flor en flor; lo interesante del ciclo vital de este insecto es la larva. Esta suele vivir en zonas encharcadas con agua eutrófica o podrida, y físicamente es el típico gusarapo blanco y de aspecto desvalido. En su parte posterior tiene un largo tubo extensible que conecta la larva con la superficie del agua y así puede respirar. Para pupar, se esconde en el barro o bajo una piedra.
Eristalis tenax
    Los moscardones son muy comunes también, vienen a beber agua y a la sombra de las hojas de los arbustos. Las avispas papeleras llenan el aire durante todo el día de sus zumbidos aburridos y pesados. Y aquí dejo la entrada de hoy, pero no todo ha terminado, ya os hablaré de los vertebrados. ¡Esos sí que tienen juerga! 

domingo, 27 de mayo de 2012

Animales del hogar I: la escutígera

    El verano pasado, dormía una noche tranquilamente en mi pueblo cuando sentí la extrema necesidad de calmar la sed a altas horas de la noche. Cuando atravesaba el salón, notando en mis pies descalzos el frío de las baldosas, vi una criatura semitransparente corriendo a toda velocidad, a unos centímetros de mi pie izquierdo (menos mal que llevaba las gafas puestas, si no...). Me dio la impresión de que se trataba de una de esas pelusas atletas que entran de la calle, cuando se paró en seco. Me agaché y lo miré con detenimiento. Sin duda se trataba de una escutígera (Scutigera coleoptrata), también llamada ciempiés casero o doméstico. Con quince pares de patas desmesuradamente largas, larguísimas antenas de unos 300 pequeños anillos y dos enormes ojos formados por la yuxtaposición de cientos de ocelos, este quilópodo es un campeón de la velocidad que devora moscas, pececillos de plata, pequeñas arañas y otros animalillos que se encuentra en sus expediciones nocturnas por nuestros hogares y calles. Su cuerpo es entre amarillo grisáceo y verdoso anaranjado y posee tres líneas oscuras que lo recorren longitudinalmente.
Esta escutígera ha sido descubierta por mi madre en un rincón del salón, la pobre soporta sin ninguna
queja las visitas de estos inquilinos tan indeseados para tantas personas.
    Como curiosidad, os diré que si cogéis una, aparte de llevaros algún que otro mordisco bastante desagradable, os quedaréis con varias de sus patas. En siguientes mudas, el animal las regenerará... Pero no os preocupéis, la escutígera, al igual que animales como arañas y salamanquesas que se guarecen en nuestros edificios, es un  eco-insecticida óptimo para acabar con los molestos mosquitos nocturnos que buscan alimentarse de la rica sangre humana, cada día más tóxica. Su velocidad extrema les ayuda en la  captura de moscas y mosquitos en techos y paredes, así que ya sabéis, cuando veáis una escutígera, acordaos de lo bueno que tiene. Sentíos orgullosos al saber que una escutígera ha elegido un rincón oscuro de vuestro salón para pasar el día, una grieta en el techo o una tubería oxidada, y tened en cuenta que son más fáciles de ver en primavera y otoño, si bien en verano continúan sus correrías nocturnas por mesas, paredes, techos, armarios, en busca de alimento; así que no hay que sufrirlas siempre. No atacarán  mientras sigáis por vuestro camino y ellas por el suyo, claro está.
    Originaria de la región mediterránea, la escutígera se ha extendido por varias regiones del mundo durante el último siglo. Las hembras cuidan con tesón y cariño de su puesta, igual que las escolopendras, lamiendo con ternura la superficie de los huevos para eliminar hongos y bacterias que pudieran dañar a los pequeños ciempiés.
    Afortunadamente para ellas, las escutígeras pasan desapercibidas la mayoría de las veces, de hecho, os confesaré que la de la foto es el tercer ejemplar que veo en mi vida. No temáis, tantas patas y que pique no son excusas suficientes para echarlas de casa. ¡Al menos no roba ni vive a expensas de vosotros, tampoco hace promesas falsas ni derrocha!

Otro más

    Llevaba meses con esta entrada en los borradores del blog y hoy haré que vea la luz. Más que nada porque la dejé abandonada ya que ese día Blogger no funcionaba como siempre. 
    La foto inferior es dura. No hay sangre, no. Pero tampoco hay vida. No quiero ni imaginar cómo ocurrió. Me puse poético con lo del zorro. Ya sabéis, los que me soléis leer, que a veces veo la Naturaleza con un toque algo lírico (a veces extremadamente empalagoso). Hoy, no habrá poesía. Poesía es para cosas bellas, para momentos tristes que esconden alegría o pena, aunque sea pena bella. Pero ya me cansé de escribir cosas bonitas sobre animales que mueren en nuestras carreteras.
Chotacabras cuellirrojo. R. I. P.
¿Cómo debe organizar el hombre sus carreteras para evitar esto? ¿Somos capaces de aislar hábitats y fragmentar bosques, llanuras, selvas (cosa que ya estamos haciendo, pero buéh) para evitar más muertes indeseadas de animales salvajes? Ya me diréis todos qué soluciones podemos plantear para estas historias que no paran de repetirse en todas las carreteras del mundo y que a mí, personalmente, me tienen harto.

jueves, 17 de mayo de 2012

De los corredores saharianos que aparecieron en Albacete

La historia empieza así.

El martes, voy a ir a ver a Russian Red en concierto en Albacete, en plan suicida, con mis amigos. Miro mi horario y veo que sólo tengo una clase teórica, así que me la puedo saltar... total, si en clase van a decir lo mismo que lo que aparece en las diapositivas. No pasa nada, me estudio las diapositivas y ya está. Pero entonces no podemos ir porque mis amigos tienen prácticas, y todo el mundo sabe que las prácticas son sagradas. Lo entiendo, esperaremos a que Russian Red venga a Alicante, entonces sí iremos a verla, y seguro que con menos estrés encima. Todavía podremos imitarla, al atardecer, mientras atravesamos l'Autovia de la Mediterrània y nos dejamos llevar por el momento.

***
La historia empieza así.

El martes, nos vamos Guille y yo al Maigmó a hacer un censo de aves; nada serio, yo le espero en una ladera plagada de himenópteros y se me ocurre que puedo llenar la pared soleada de mi patio de Sedum sediforme, que también crece en algunas zonas de Chinchilla, así que se supone que no pasa nada, y el Sedum del Maigmó tiene buena pinta. Ya me imagino el contraste de las soleadas paredes del patio llenos de Sedum, con la húmeda sombra, donde el saúco va ganando terreno, en verano. Sólo faltaría un taray en una esquina soleada... Cojo unos cuantos esquejes de Sedum y volvemos a Sanvi. Por el camino vemos un lagarto ocelado cruzando la carretera. Al llegar a Sanvi, leemos la noticia: acaban de avistar dos corredores saharianos en Albacete. ¡¡Ah!! ¡¡Ahhh!! ¡¡Ahhhhhh!! ¡¡AAAAAAAAAAAAAHHH!!

    El corredor sahariano (Cursorius cursor), es un ave esteparia común en el Norte de África, desde las Islas de Cabo Verde, pasando por las Canarias, hasta Oriente Próximo y Sur de Turquía. En el territorio peninsular ibérico es una divagante rara. En la imagen inferior se muestran los lugares donde se han avistado corredores entre 2006 y 2012 (Reservoir Birds).
Cataluña: avistamientos en Segrià (Lérida), Parque Natural del Delta del Ebro (Tarragona), Delta del
Llobregat (Barcelona); Navarra: alrededores de Trona, cerca de Lindus (Francia);
 Extremadura: Trujillo (Cáceres); Castilla-La Mancha: Alpera (Albacete); Andalucía: sin duda la región
donde más avistamientos ha habido en este intervalo de tiempo, en 2001 se constó la nidificación del
corredor en el Desierto de Tabernas(Almería), (Junta de Andalucía).. 
En las Islas Canarias encontramos unas 200 parejas, es común en Fuerteventura pero escaso en Lanzarote. Probablemente extinguido en Gran Canaria; aquí se le considera en peligro (de Juana, 2005). Residente y en ocasiones migrador parcial, los individuos divagantes se encuentran en ocasiones en bandos de chorlito carambolo (Charadrius morinellus). Como curiosidad, se ha citado en las Islas Británicas y en Finlandia.
    El corredor sahariano es una limícola distintiva de las zonas secas en que habita. De aspecto largo, esbelto y erguido, tiene un vuelo lento y como espasmódico. Camina velozmente (por eso lo de "corredor" xD). El plumaje del adulto es en general color arena pálido, con una lista superciliar blanca y otra lista negra, y píleo gris. Su pico curvado y fino le permite alimentarse de pequeños animales que encuentra en el suelo.

Corredores y alcaraván.
    Bueno, estas cosas pasan cada bastante tiempo, así que, en un momento, llegamos el sábado a la zona en concreto, guiándonos por las indicaciones de Rafa Torralba (podéis ver el seguimiento de los corredores en su blog, con buenas fotos). Los animales habían aparecido en el Área Esteparia del Este de Albacete, entre Bonete y Alpera, zona de gran importancia ornitológica, ya que destaca por sus poblaciones de aves esteparias, como sisones, avutardas, alcaravanes, ortegas... Por esa zona es donde encontramos lagunas de origen endorreico, la mayor, la laguna de Pétrola. Tras un rato de observación bajo un sol bastante (sólo bastante) abrasador, apareció un... ¡¡¡AHHH!!! Supongo que muchos observadores de aves estaréis acostumbrados a buscar un bicho y que aparezca otro en el campo de visión de los prismáticos y penséis que lo que ha aparecido es lo que estáis buscando. Durante un microsegundo tu corazón se llena de alegría y efusividad, pero luego te das cuenta de que ese pájaro alargado que te mira con atención no es un corredor sahariano sino un alcaraván, que está bien, pero no es lo que has venido a buscar; al fin y al cabo, alcaravanes hay siempre. Poco tiempo después, Jana pudo observar, tal y como declaró días más tarde, el display nupcial de dos piedras esteparias del bancal: "¡Qué danzas! ¡Qué cortejo! Estaban quietas y... entonces... ¡¡Seguían quietas! Fue increíble, un momento único en la vida". Al cabo de un rato de observación, la alegría nos inunda a todos cuando Julio descubre un corredor a lo lejos, en el límite de lo borroso. En efecto, ahí estaba el primer corredor sahariano. Es como te lo imaginas. Bastante huidizo, corrió tras una inclinación del terreno y a los pocos minutos, lo perdimos. El alcaraván seguía ahí, no quería moverse, con esa mirada amarilla que me llama tanto la atención. Más de dos veces lo confundimos con un corredor, pero el bicho no se movía. Por suerte, pasados unos minutos volvimos a encontrar el otro corredor, con su compañero, y caminaron en la dirección en que nosotros estábamos, incluso uno de ellos se sentó, lo cual nos hizo pensar que podrían estar incubando (ilusos, muajaja!). A pesar de todo, estos últimos días no han sido observados, así que es posible que ya se hayan ido.
   Esta observación fue realizada por Alex Alamán, Jana Marco, Guille Mayor, Julio Merayo y Guillermo Gacía-Saúco.
En esta horrible foto del infierno se (eso se intenta) aprecia el primer corredor sahariano de la jornada, avistado
por Julio Merayo. No me peguéis por esta foto, la hice con el móvil en plan intento de 
digiscoping.
Vale, en esta se ven mejor. La foto es de Fernando Pereiras (gracias, Rafa).

domingo, 29 de abril de 2012

La única jara blanca de Chinchilla de Montearagón

Amigos, la flor que veis en la foto es una jara blanca (Cistus albidus) y es el único ejemplar que hay en toda Chinchilla de Montearagón, cuando debería haber más. Es un endemismo mediterráneo y es una de las especies que pienso reproducir para añadir al bosque. Sus hojas son de color gris verdoso o blanquecino y en ocasiones se han utilizado como medicinal. Se dice que son digestivas si se toman en infusión e incluso se han utilizado para fumar en algunas regiones ibéricas. Crece en zonas de suelo pobre y degradado hasta los 1000 metros de altitud y resiste la sequía, pero no le gusta la humedad.
Esta jara está al borde de un barranco, subiendo al Cerro de San Cristóbal. Es genial comprobar que sólo hay un romero y una jara en todo el monte (nótese la ironía), al menos los enebros (Juniperus oxycedrus) ya están colonizando el piso arbustivo; sin embargo, todavía se necesita un empujoncito para conseguir un bosque mediterráneo como dios manda y no cesaré en mi empeño de ayudar a la Naturaleza.
La palabra 'jara' viene del árabe xara, que significa 'matorral'.

domingo, 22 de abril de 2012

Los escondidos... hoy, hace viento.

    Sopla viento en Iberia, y en el bosque de Chinchilla, los pinos retuercen sus ramas y hacen brillar sus acículas bajo las plateadas nubes.
    Pocas aves cantan hoy en el monte, en determinadas ocasiones en que el viento reduce el ímpetu de sus soplidos, se pueden llegar a oir los cantos tenues de los vergonzosos paros y agateadores. Sin embargo, si prestamos atención conseguiremos ver a los pequeños agateadores comunes (Certhia brachydactyla). En el fondo son fáciles de ver si oímos por casualidad su canto rechinante y agudo, y lo seguimos. Sí, es aquel pequeño animal que trepa por los troncos de los árboles, casi del mismo color que la corteza del pino sobre el que está posado.
Si buscas, me encontrarás.
    Me he fijado en que, al menos aquí en Chinchilla, los agateadores suelen ir acompañados de otros pájaros, como mitos y carboneros, sobre todo en invierno. Aunque son sedentarios, no dudan en hacer desplazamientos a otras zonas boscosas si escasea el alimento o el clima se vuelve demasiado frío en invierno. Crc... tcrac... crc... crrrc... Puedo oír desde aquí el crujido de la corteza del pino cuando las largas uñas del agateador la  rozan. Al caminar por el silencioso sendero del bosque, no poco transitado, es difícil pensar que hay toda una comunidad de seres que viven completamente aparte del bullicio innecesario de la ciudad, pero sin embargo, ahí están. El conjunto de criaturas que no utilizan palabras para comunicarse, y que sólo responden a la voz de lo salvaje, la voz que podremos entender sólo si la escuchamos, tiene un futuro poco halagüeño aunque algo estabilizado de momento. Porque, en nuestra sociedad de mentiras, corrupción y poco amor por las cosas que importan, ¿quién puede interesarse por las criaturas de las que os hablo? ¿Quién va a comprender la importancia de que todavía queden supervivientes que canten, gruñan, silben, arañen, aúllen o píen en los últimos parajes naturales de España?
  Una larga risotada me distrae de los pensamientos semiapocalípticos para avisarme de que he llegado al territorio del pito real (Picus sharpei), un gran pájaro carpintero verde cuya voz imitan insistentemente los estorninos del pueblo. Allí, una lagartija colilarga (Psammodromus algirus) corre a esconderse en un esparto, pero primero me deja hacerle una foto.
Lagartija colilarga (Psammodromus algirus)
   Es gracioso verlas correr, como movidas por descargas eléctricas, esquivando rocas, troncos, comiendo aquella pequeña araña tan deliciosa, observando con ojos vidriosos su pequeño mundo. En Chinchilla he podido observar varias especies de lacértidos, la más común es la lagartija ibérica (o a saber, porque esta especie varía muchísimo de una zona a otra), que puede observarse casi en cualquier lugar; la lagartija colilarga oriental, con sus amarillas carreras longitudinales, y el lagarto ocelado (Timon lepidus), a quien sólo he visto dos veces, la primera de ellas me pegué un susto de muerte. Andaba yo embelesado por la luz de un atardecer de agosto, cuando llegué a una zona desarbolada. El silencio lo envolvía todo. De repente, a pocos metros de mí, un enorme bicho verde salió escopetado de una gran roca en la que se supone que había estado regulando su temperatura, armando un estruendo que a mí me pareció increíblemente ensordecedor, arrastrando piedras, troncos y cortezas. Estoy seguro de que él se asustó más que yo.
  Me acerco a la charca de los sapos. Es triste. Este año, sólo hay renacuajos de sapo corredor (Epidalea calamita), los sapos parteros que encontrara hace dos años ya no están. Sus enormes renacuajos no nadan entre los negros renacuajos del corredor. Por un momento, en mi mente resuenan las siguientes palabras: "El silencio de la charca". Si queréis saber más, pinchad aquí. Es un programa de "El Escarabajo verde" que recomiendo a todo el mundo. Habla de la rápida desaparición de muchos anfibios en nuestro territorio.
  Las últimas lluvias han servido para hacer florecer los tomillos, los Helianthemum y los Muscari o nazarenos, como los llaman en Chinchilla, en un espartal sin árboles. El aroma que abraza los pies del caminante al caminar por el espartal es inolvidable, días después, todavía mis guantes y botas huelen al tomillo salvaje.
Thymus en flor, en un espartal.
¡Menudo ir y venir se llevan los abejorros, las abejas y los moscardones! ¡Qué trajín! Se posan en aquella Lithodora, en otro tomillo, sobrevuelan unos Helianthemum amarillos, vuelven, giran, se van, vienen. El zumbido de toda esa gente alada me acompaña hasta que dejo atrás el espartal y me interno nuevamente en la espesura. Antes de entrar al bosque... ¡ah! ¿qué es aquello que vuela? Un grupo de unas siete gaviotas reidoras ha sobrevolado los árboles. Para la gente de a pie, ver gaviotas por Chinchilla es raro. A mí me lo parecía al principio, hasta que me di cuenta de que buscan y sobrevuelan muchos sitios, y si aparecen en aguas continentales, como en Pétrola, tendrán que atravesar primero lugares sin agua.
    El silencio reina de nuevo. En la linde del bosque, bajo un gran pino bitroncado, se acumulan egagrópilas blanquecinas de búho real y huesecillos de roedores y conejos. Algún día me esconderé en un hide y lo observaré en acción. Hasta entonces, me entretengo buscando a los animales que se esconden bajo rocas y troncos. Se presenta ante mí la reina de los miriápodos, la escolopendra (Scolopendra cingulata), un temible quilópodo depredador de cualquier animalillo que se encuentre en su camino por la noche. Durante el día, la escolopendra se esconde en las tinieblas, pero cuando éstas gobiernan el mundo, sus veintiún pares de patas la desplazan fuera de su escondrijo, llevándola a todos los lugares. Ningún recoveco queda sin explorar, la escolopendra tiene hambre y no dudará en atacar ni siquiera a la Lycosa tarentula, muy a mi pesar, porque esta última es más amiga mía que la escolopendra. Bajo otras rocas, descubro otros miriápodos, que consigo fotografiar para vosotros y os presento más abajo.
¡Co***es! ¿Quién se atreve a despertar a la reina de las tinieblas? Con lo poco que me gusta la luz...

Recuerdo haber tenido uno de éstos cuando era pequeño. Le daba de comer pequeños insectos, y el animalillo
acudía corriendo con las forcípulas abiertas de par en par, zampándose en el acto a la pobre presa. Yo tenía 
en mente que esto era alguna suerte de Scolopendra que se había quedado roja y pequeña sin explicación
alguna. Más tarde llegué a la conclusión de que debía de tratarse de alguien perteneciente al género
 Lithobius.

Mmmh... si mi experiencia campera (que no es mucha) no me falla, diría que esto es un Haplophilus subterraneus,
gran amante de las lombrices al jugo, nocturno animal depredador de anélidos que se guarece bajo húmedas rocas. Bajo una roca he llegado a encontrar cuatro de éstos, enrollados y somnolientos.
    Estos miriápodos, junto a otros, como el Ommatoiulus rutilans, un milpiés rechoncho y tranquilo que camina distraídamente entre la hojarasca, como de paseo, son generalmente nocturnos. El O. rutilans vive en regiones cálidas y calcáreas y es muy frecuente en el área mediterránea, incluso al lado del mar. A este, sin embargo, no me lo cruzo en este día tan ventoso.
    Los días en que hace tanto viento, el bosque parece detenerse, incluso parece que las plantas dejan de crecer. Las semillas aladas del pino carrasco aprovechan para conquistar nuevas tierras, pero los animales sólo tienen ganas de pegarse al tronco de un árbol, cerrar los ojos, y esperar a que pase el temporal. A mí, sinceramente, me entran ganas de volverme un poco autillo y estirarme junto a un tronco y hacer como que yo también soy parte del grueso árbol.
   Vuelvo a casa, las genistas floridas se enganchan en mi chaqueta como diciendo: "¡Quédate!", y contemplo el paisaje destruido de Chinchilla de Montearagón, surcado por rampas, carreteras sin transitar... Qué pena, pienso, que a la gente le interese más el dinero, la construcción, las ganancias excesivas e innecesarias, que contemplar la manera en que se solapan los bosques de pino piñonero en la llanura, con los del pino carrasco en las zonas altas del Cerro de San Cristóbal; qué pena que no sepan reconocer el canto del carbonero garrapinos o de la totovía en Otoño; qué pena que nadie se haya dado cuenta de que en los olivares cercanos al pueblo hay críalos (Clamator glandarius) que han llegado hace poco, y qué pena que hayan venido cabras montesas a nuestro humilde monte sin arbustos, pues no saben el peligro que corren esas siete madres y sus dos cabritillos.
  La verdad es que yo siempre he tenido la esperanza de que la gente se dé cuenta de ese tipo de cosas. Tal vez pida demasiado, como cuando pido demasiado al creer que la silueta que he visto volar entre los árboles es un azor, en vez de una perdiz asustada.